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Fidel, ¿Por qué no te callas?


Basta con mirar el panorama que ofrece la Isla hoy para entender a qué se avienen nueve horas de comparecencia pública de Castro tras meses de silencio.

La vieja argucia no ha funcionado esta vez. Los tiempos no están para estrategias gastadas. Revivir a Fidel Castro como un Cid Campeador que luego de muerto es amarrado a su corcel de guerra y lanzado al campo de batalla para elevar la moral de las tropas, ha sido la más inoperante maniobra de un régimen que gobierna al borde del ataque de nervios.

Han jugado su carta más desesperada, y han perdido la mano.

¿Por qué? Pues porque el cadáver del Cid Campeador no se puso a sí mismo en ridículo desde su caballo. Fidel Castro sí. El símbolo fulgurante del establishment cubano no ha hecho más que provocar carcajadas e indiferencia en sus detractores, y lástima en sus fieles partidarios.

Para entender a qué se avienen nueve horas de comparecencia pública tras meses de silencio, qué sentido tiene televisar para Cuba y el mundo a esta persona desquiciada y apocalíptica en que se ha convertido el peor dictador del hemisferio occidental, basta mirar el panorama que ofrece la Isla hoy.

Se trata de una escena surrealista donde ya ningún poderoso se siente seguro como antaño, donde todo puede pasar, donde hay ruina económica y ruina moral, ambas filmadas y fotografiadas por un ejército de teléfonos celulares; donde los presos de conciencia se cierran las gargantas y no tragan hasta morir por su libertad; una escena compuesta por mujeres que no temen a las palizas ordenadas y siguen marchando con sus gladiolos por escudos, y donde una visita inminente del Sumo Pontífice podría ser el temido escenario donde se amplificaran los reclamos más auténticos de un pueblo agotado.

Y como las dictaduras unipersonales jamás consiguen clonar a sus iconos, solo echando mano al Máximo Líder, desempolvando al orador que cuatro décadas antes hechizaba y henchía a sus súbditos con horas de bravuconadas bien pronunciadas, algo se podría intentar.

Ese fue el razonamiento original. Y ahí estuvo el gran error. Fidel no es el Ave Fénix. Fidel es hoy, por fortuna, un personaje jurásico cuyas palabras a nadie atemorizan, a nadie ilustran, y en resumen: a nadie importan. Alguno de sus pajes debería susurrárselo en un arrebato de honestidad: “Comandante, usted ya no existe en la escena mundial”.

A pesar de ello, el martirio se extiende por todo el país: la televisión cubana transmite hora tras hora lo que dice el déspota, sin importar su avanzada senilidad y menos aun, sin importar los intereses de millones de cubanos que desprovistos de Internet o televisión por cable no pueden decidir qué desean consumir y qué no.

Televisar a este símbolo totalitario en sus tiempos de ocaso es una forma de decirles a los de adentro: “No, los cambios no empiezan aún. No canten victoria. Aquí está la prueba de que la Revolución permanece vigorosa: Fidel sigue en pie”. De espejismos viven los regímenes divorciados de la democracia y de la realidad del pueblo que esclaviza.

Por eso, después de las carcajadas ante los desatinos de un dictador agotado, un hombre que no termina una sola idea válida, que confunde nombres, datos históricos, que ríe sin que venga a cuento, que lanza amenazas con voz temblorosa, valdría la pena formularle la pregunta que desde el 2007, en aquella Cumbre Iberoamericana de Chile, acecha a todos los tiranuelos de verbo incontinente: “¿Por qué no te callas?”

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