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Ruinas y escombros en la mansión donde murió el general Máximo Gómez


Los escombros, las paredes desconchadas, un césped despoblado y una columnata de cemento crudo donde hace un tiempo se erigiera un busto macro-cefálico ya perdido, adornan los alrededores del espacio.

En la esquina de 5ta y D en el barrio del Vedado en La Habana, se ubica, en pésimas condiciones constructivas y de infraestructura, una casona víctima del descuido, desinterés y olvido de aquellos que pretenden contar la historia de Cuba a su manera. En ese sitio que brinda un pobrísimo espectáculo restaurativo, murió el 17 de junio de 1905 el general Máximo Gómez Báez, militar de la Guerra de los Diez Años y General en Jefe de las tropas cubanas en la Guerra del 95 y nacido en República Dominicana.

Dicho lugar hace algunos años sirvió como atelier del también en ruinas teatro Amadeo Roldán. La otrora casa del general mambí es poco conocida incluso por los vecinos de la zona. Así lo corroboró Pedro Rodríguez, quien desde hace 57 años reside por allí.

"Es una lástima que hayan dejado deteriorar esa casona con la memoria histórica que alberga. En este país hacen monumento nacional cualquier lugar, sin embargo, de la casa donde murió Gómez nadie se acuerda", comenta Rodríguez.

Los escombros, las paredes desconchadas, un césped despoblado y una columnata de cemento crudo donde hace un tiempo se erigiera un busto macro-cefálico ya perdido, adornan los alrededores del espacio. En horarios diurnos un agente de la seguridad custodia el lugar, muchas veces en los brazos de Morfeo.

"No hija no, hasta donde yo se aquí lo que había era un atelier. Además, a mi me pagan por cuidar no por saber de historia. Aquí hace cerca de un año escuché hablar de un proyecto de restauración, pero hasta la fecha no se ha hecho nada", respondió algo molesto el señor Rodríguez ante la pregunta: ¿usted sabe que aquí murió Máximo Gómez?

Alguna explicación debe existir para que Máximo Gómez tenga tan poco reconocimiento en la patria por la que tanto luchó. Su rectitud y sobriedad lo pagó caro. Ese calvario que fue su vida lo despojó poco a poco de todo lo que había ganado con sudor y sangre. Sin embargo, su osadía de aconsejarle al pueblo que no eligieran ministros ni administradores que alfombraran sus casas y usaran carrosas mientras las espigas no maduraran en los campos de la patria, lo han confinado a un breve espacio en los libros de Historia de Cuba, donde lo mencionan someramente.

"En las aulas no es suficiente lo que se habla de los héroes de la patria, los de verdad", comentó Lianet Cruz, periodista recién graduada, "a muchos como a Gómez los conocemos porque lo mencionan, pero no se profundiza en la obra tan importante que realizó para el proceso de liberación. Eso sí, de la generación del centenario se sabe todo al pie de la letra. Monumentos, bustos, tarjas, todo lo que se pueda hacer para engrandecerlos nunca va a ser suficiente. ¿Y los demás? ¿No forman parte de la misma historia?".

Al parecer Gómez vaticinó esa lucha póstuma que llevaría a cabo contra el olvido luego del transcurso de las décadas. Así se lo hizo saber a José Martí cuando éste reclamó sus esfuerzos para iniciar la guerra del 95; “No tengo más remuneración que ofrecerle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.

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