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El escritor está acusado hoy de violación, robo, e intento de asesinato a su ex esposa, cargos que en total ascienden a más de 50 años de privación de libertad.

¿Cómo puede convertirse un admirado escritor en un presunto y perseguido antisocial? ¿Cómo puede pasar un soñador de ficciones, premiado, leído, respetado, citado, a formar parte de las lacras sociales a las que, según la autoridad todopoderosa, es necesario extirpar sin piedad?

La respuesta es muy simple: viviendo en Cuba. Y marcando distancia del poder.

Cuando conocí a Ángel Santiesteban, unos siete años atrás, aún no había leído una sola de sus historias. Lo lamentaría después, al asomarme al volumen de cuentos más sobrecogedor de la literatura cubana reciente: Los hijos que nadie quiso, esa suerte de basurero pestilente del que un narrador fenomenal saca cuentos de presidiarios, matarifes de reses, jineteras, balseros y veteranos de guerras enloquecidas.

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Incluso antes de que una amistad de hierro nos enlazara a ambos, una realidad en torno a su obra me parecía indudable: con apenas dos libros de cuentos conocidos por el público cubano –publicados contra la voluntad de la industria editorial: Los hijos que nadie quiso por merecer el Premio “Alejo Carpentier”; Dichosos los que lloran por llevarse el “Casa de las Américas” a casa- Ángel Santiesteban se convirtió en un autor ferozmente perseguido por los lectores de la Isla.

Mientras las obras de cadavéricos Premios Nacionales de Literatura se engrosan de polvo en las estanterías, los libros de Santiesteban son fantasmas indetectables: no hay uno solo en ninguna librería. Todos han sido comprados o robados de las bibliotecas.

Pienso en esto ahora que el nombre de Ángel Santiesteban es una mala palabra para los temblorosos círculos literarios cubanos; ahora que ha sido despojado del status social que a fuerza de mérito y pulmón se erigió alguna vez. Pienso en esto ahora que los desvelos de un autor con demasiados deseos de gritar encontraron liberación en un blog personal, y ahora que una condena de 15 años de prisión le acechan con más peligro cada vez.

¿Imaginó que esto llegaría algún día, que la distancia insalvable entre él y el gobierno dictatorial que rige los destinos de su Isla lo convertirían en un escritor y un ciudadano maldito?

“Alguien me advirtió, antes de comenzar el blog, que podrían sucederme muchas adversidades” – me confiesa-. “Pensé que serían en el orden de la censura, relegado en los medios culturales, a lo que ya estaba familiarizado. Pero jamás pensé que manipularían a personas cercanas, que inventarían un guión tan largo y perverso para desacreditarme y lograr que me dejaran solo.”

Alimentando rencores de una antigua relación matrimonial, la Seguridad del Estado dio muestras de una imaginación casi tan fértil como la del escritor: Ángel Santiesteban está acusado hoy de violación, robo, e intento de asesinato a su ex esposa, cargos que en total ascienden a más de 50 años de privación de libertad.

“Han sido indulgentes conmigo”, apunta Ángel con sarcasmo, “me han propuesto que si acepto no serían más de 15 años tras las rejas”.

Construyeron su historia sin pruebas, sin testigos, sin hechos definitorios: eso es lo de menos. En el mismo país donde antes se fusiló por convicción; donde luego se dictaron penas de hasta 30 años por teclear máquinas de escribir; hoy es posible sin sustento acusar de asesino, violador y ladrón a un valiosísimo literato. Y lo más terrible: hacerle pagar por ello.

“La última vez que como escritor con méritos fui invitado a una Feria del Libro fue en 2008” – me dice Ángel y mis recuerdos surgen, inevitables: durante esos encuentros lo tuve en mi ciudad más de una vez-. “Cuando llevaba tres días en Morón, Ciego de Ávila, al regresar de las actividades literarias una noche al hotel, me informaron que mi reservación había sido cancelada por los organizadores de la Feria. Esa noche dormí en la casa del taxista que me transportaba, y al amanecer me fui de regreso a La Habana.”

Lo peor, sin embargo, no es eso. Lo peor no es pasar de ídolo a paria. Lo peor no es perder las llamadas de cualquier institución de Cuba, interesada en sus lecturas de cuentos, en sus conferencias sobre narrativa contemporánea, en sus charlas con lectores. Lo peor no puede ser eso.

¿Cómo han dañado su obra? ¿Cómo es posible sobrevivir en un país hostil y aún así mantener el ritmo creativo, mantener tu obra saludable y coherente?

“De alguna forma ha tenido un aspecto positivo” –admite Ángel- “porque me han ayudado a cambiar un poco mi estilo, he escrito un libro de cuentos sobre el absurdo. Pero por otro lado, a veces paso muchos días sin crear. Lo han logrado, no sería humano si no me sucediera, y aceptarlo no me avergüenza. No sólo por la angustia constante de la difamación, ni siquiera la golpiza donde me fracturaron el brazo. Eso no tiene comparación con la terrible realidad de que hace dos años que no me dejan ver a mi hijo. Ese sí es mi verdadero martirio. Aunque al final, sin remedio, termino refugiándome en la literatura.”

La mayor parte de sus amigos se han alejado. Olvidaron su número telefónico, olvidaron su apartamento y su calle. “No querrían suicidarse culturalmente hablando”, dice Ángel, y sin que él lo sepa, algo parecido a la culpa y al remordimiento me sacude porque sé que yo, como los escritores Amir Valle, Alberto Garrido, Jorge Luis Arzola, como tantos otros que lo queremos y lo admiramos, lo hemos dejado un poco solo también, desperdigados por Estados Unidos, por Dominicana, por Alemania, en busca de una felicidad y un sosiego que tampoco sabremos si podremos encontrar.

Me gusta pensar a Ángel Santiesteban como nuestro Alexandr Solzhenitsyn. Demasiadas coincidencias existen entre este habanero tropical y aquel disidente ruso que con un par de libros (Un día en la vida de Iván Denísovich y Archipiélago GULAG) no solo se agenció el Premio Nobel y la inmortalidad, sino que se ganó el respeto eterno de los adoradores de la libertad.

El día en que esta tormenta gris llegue a su final, y surjan los recuentos y los reencuentros; el día en que podamos empezar de cero a construir un mejor país para nuestros hijos, los dichosos como Ángel Santiesteban, que tanto han escrito y tanto han llorado, serán nuestra guía intelectual y nuestra memoria escrita para no equivocarnos nunca más.

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