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Baracoenses se pelean por la comida, claman por más ayuda


Como en el resto de Cuba, en Baracoa el huracán Matthew no mató a nadie. Pero la situación en la ciudad es catastrófica y los suministros de emergencia no son suficientes. Los baracoenses se preguntan por qué Raúl Castro no los ha visitado.

El huracán Matthew redujo gran parte de la población cubana de Baracoa a escombros, levantando olas gigantescas que demolían los edificios de mampostería, y vientos que arrancaban los techos. Pero una cosa no hizo Matthew: cobrar vidas.

En gran medida gracias a un riguroso sistema de evacuación, Cuba logró librarse del destino de la vecina Haití, donde se han reportado cerca de 900 muertes hasta el momento en la estela de la tormenta más fuerte en golpear el Caribe en casi un decenio.

"Si nos hubiéramos quedado aquí, nos habría matado", dice Arístides Hernández, de 76 años, quien abandonó su apartamento con vista al mar en un primer piso para irse a casa de un amigo en el interior.

"El mar entró por el frente y salió por la parte de atrás, y se llevó todo con él", señala.

Al regresar a su casa, encontró que las olas habían arrancado el balcón de mampostería y arrasado con lo que había. También se llevaron las puertas, ventanas y la escalera de madera del edificio.

Hernández dice que los voluntarios de la defensa civil en la ciudad, situada en el al extremo oriental de Cuba, iban de puerta en puerta, urgiendo a los residentes a evacuarse.

La televisión estatal cubana transmitió numerosos avisos sobre la tormenta y funcionarios hacían advertencias desde vehículos con altavoces.

"La defensa civil no descansó ... Gracias a eso, nadie murió", dice Hernández.

Los lugareños tratan de rescatar las pocas pertenencias que han podido encontrar, y las ponen a secar en la calle. El paseo del Malecón ha estado tapizado de prendas de ropa sujetadas con piedras para que no se vuelen, y también de colchones, sillas y mesas.

"Lo hemos perdido todo", dice Osvaldo Neira, de 57 años, hurgando por los alrededores en busca de materiales para construirles un corral a los tres pollos que le quedaron de 32 que tenía. En su casa de dos pisos sólo queda en pie una habitación.

"Hasta tuve que pedir prestada esta camiseta", dice. "Nos las vamos arreglando, pero con dolor en el corazón”.

Otros arrastran escombros desde sus casas hasta la calle para que los camiones se los lleven. Las ratas corren a través de la ciudad, que aún carece de servicios de agua corriente y teléfono.

La ayuda no alcanza

Muchos en el sureste de Cuba han elogiado los planes de evacuación y los refugios del gobierno, donde tantos aún permanecen. Las autoridades pasan en caravanas, evaluando los daños.

Pero en Baracoa, donde el huracán fue aún más devastador de lo que se esperaba, algunos se quejan de que el gobierno no está haciendo lo suficiente. Los alimentos y el agua son escasos en los refugios, que continúan atendiendo a gran parte de la población.

"Tenemos que pelearnos por la comida”, dice Sara Maceo, de 57 años, cuya casa quedó destruida. La mitad de un televisor, ventiladores desvencijados y pedazos de los muebles estaban esparcidos entre lo que quedaba de las paredes de mampostería.

"Estamos esperando que llegue la ayuda", dice.

Algunos en la ciudad más antigua de Cuba se sienten defraudados porque el gobernante Raúl Castro aún no los ha visitado.

"Todos queremos saber dónde está el presidente y por qué no nos visita", dice Henri Valles, de 25 años, mientras una caravana de jeeps que los locales especularon transportaba a Castro aceleraba, sin detenerse junto a sus casas destruidas.

Aunque muchos tenían la esperanza de que el gobierno entregaría pronto la ayuda necesaria, ahora que se ha despejado la carretera a Baracoa, otros se muestran escépticos acerca de si el gobierno tendrá dinero para eso.

La economía de Cuba está sufriendo el impacto de la crisis de su principal aliado, Venezuela, así como los bajos precios de las materias primas a nivel mundial. Estados Unidos ha hecho a los países asolados por Matthew, incluida Cuba, una oferta de ayuda que comprendería carpas, frazadas, alimentos, productos de higiene, agua embotellada, medicinas y equipos de purificación de agua.

"Vamos a necesitar ayuda del exterior porque este país ya tiene problemas”, dice, deambulando entre los escombros, Tamara Llorentes, de 50 años. "Esto no parecía un huracán, parecía un monstruo que vino a devorarnos”.

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