Enlaces de accesibilidad

Lejos de mi escritorio: El no tan rápido tren que atraviesa Cuba


Fotografía de archivo de un tren en Cuba

Continuando con nuestra serie sobre viajes inolvidables realizados por redactores del Telegraph, Michael Kerr evoca un viaje en un incómodo "tren especial" de La Habana a Santiago

Si de trenes se trata, españoles y cubanos no hablan el mismo idioma. Para un español, un tren rápido es aquel que cubre los 595 kilómetros de Madrid a Barcelona en dos horas y media. Los cubanos no son tan exigentes. El día que yo viajé en él, su tren de alta velocidad se tardó 18 horas entre La Habana y Santiago (unos 860 kilómetros).

Lo tomé por una mezcla de aventura y cobardía. Sería una oportunidad de ver la campiña, conocer al pueblo y aprender algunas frases en español. También era preferible a tomar vuelos internos en aviones cuyo desempeño en el aire se rumoraba era “cuestionable".

Yo había reservado con bastante anticipación. La empresa de turismo local hizo que –para protegerme a mí o a la seguridad nacional –su representante me acompañara en el taxi de mi hotel a la estación. Sorteamos el trayecto entre bicitaxis, motocicletas y carretillas, y luego zigzagueamos entre las cajas de cartón que sirven de maletas a muchos cubanos.

Poco después de las 4 p.m. abordé el tren. Debía partir a las 4:30. No se movió hasta casi las 6, que fue más o menos cuando vino a arrancar el aire acondicionado. Las luces, salvo una bombilla en cada extremo del coche, no se encendieron en absoluto.

La locomotora diesel y sus cinco vagones estaban tan mugrientos como cualquier tren de vapor. En el interior, sin embargo, las butacas de cuero rojo eran mullidas y me fijé que tenían palancas para reclinarlas. Los vidrios de las ventanas estaban opacos como papel encerado, pero de cualquier modo había muy poco que ver: camiones oxidados; vacas con las costillas a flor de piel; campos de arroz y caña de azúcar; chozas en ruinas, pero con una antena de televisión en el techo. Cuba era una llanura con esporádicas elevaciones: Norfolk con palmeras.

Mis compañeros de viaje eran: Kyrenia, una pequeña y bonita estudiante (no de inglés, por desgracia). Al otro lado del pasillo iba una mujer vestida con una camiseta desmangada de color rojo chillón, con labial rojo todavía más chillón, y que reía con facilidad y a menudo. Frente a ella viajaba un músico con gorra de béisbol y chaqueta de cuero, inseparable del estuche de su trombón; y, junto a él, un policía de bigote fino.

Los trenes de alta velocidad españoles ofrecen películas, auriculares, y una barra de café expresso con mucho estilo. Nosotros tuvimos cerveza al tiempo, visitas a un retrete que no descargaba, y palabrotas contra los mosquitos. De vez en cuando la Dama de Rojo y el músico se sacaban un zapato para aplastar a los chupópteros que habían encontrado una forma de entrar por donde ni el humo podía salir. Yo hice unos cuantos intentos con mi computadora portátil, pero no lograba acertarles. Kyrenia me miraba con desdén.

Enfrentándome virilmente al próximo mosquito, lancé al vuelo mi lata de cerveza. Dos minutos más tarde reapareció el policía, que había estado de visita en el siguiente coche. “¿Quién será el idiota que derramó cerveza al pie de mi asiento?”preguntó. "Fue el turista", me delató el músico. "Pero él sólo estaba tratando de matar mosquitos". Salí bien librado, con sólo una mirada de advertencia.

Luego aparecieron dos hombres empujando un carrito con un grifo. "Refresco, refresco" Este jugo de frutas aguado era justo lo que yo necesitaba, pero no tenía un vaso, y en Cuba no conocen la poliespuma. El músico, tal vez sintiéndose culpable por haberme vendido, me ofreció el suyo. También me dio su tarjeta. "Porfirio Mariol", leí en los desdibujados caracteres, "Director de Nuestra Orquesta Los Karachi."

Porfirio se autodesignó mi guía, golpeando con el dedo la ventana para mostrarme un camión lleno de pepinos, o decirme que “esas son auras tiñosas”. Pero su vocación de guía no tuvo que pasar una prueba demasiado larga. A las 7 p.m. ya estaba demasiado oscuro para ver el final del coche; y a las 8, Kyrenia roncaba suavemente. Traté de dormir, sólo para descubrir que mi asiento era el único en aquel vagón que no se reclinaba. Más aún, mi botella de agua estaba en mi maleta: encima de la cabeza del policía dormido...

Fue una noche interminable. No paramos en todas las estaciones del camino, pero dondequiera que parábamos, nos demorábamos. Los nombres de las estaciones eran casi indescifrables. Poco después de las 2 a.m., finalmente me quedé dormido.

Me desperté a las 5:50 de un gris amanecer en otro pueblo sin nombre. "Michael: el sol", me advirtió amablemente el músico, señalando el gran disco anaranjado a nuestra derecha. No había mucho más de qué comentar. Los mismos arrozales, la misma llanura, salpicada aquí y allá por algún vaquero a caballo.

Alrededor de las 9:30 un promontorio gris apareció a la derecha; luego otro y otro. Se fueron tornando más grandes y más verdes: eran las estribaciones de la Sierra Maestra, donde se escondieran una vez Fidel Castro y el Che Guevara. Pero yo estaba demasiado tieso y estropeado para disfrutar del contraste.

Cuando llegamos a Santiago era casi mediodía. Colgándose del hombro su trombón, el músico me dijo: "Ven a mi concierto; es el próximo sábado en el Teatro Heredia". Le di las gracias e hice algunas señas indicando que asistiría. No tenía ni el corazón ni la energía para explicarle que sólo me quedaría un par de noches, y que para el momento en que él subiera al escenario yo ya me habría ido.

Me abrí paso hasta un taxi, me desplomé en él y, al llegar a mi hotel, me encaminé directamente a la recepción para reservar el pasaje de regreso… por vía aérea. "Lo siento, señor," dijo la recepcionista. "Todos los vuelos están reservados para los próximos cuatro días. Pero si gusta, hay un tren...''.

• Michael Kerr es editor adjunto de viajes de The Daily Telegraph
XS
SM
MD
LG