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Castro despistado ante complicaciones de la economía cubana, alerta The Economist


El gobernante cubano Raúl Castro ha dicho que se retirará del poder en el 2018.

Con Venezuela peor que Cuba, la isla pisoteada por el huracán Irma, pendientes del endurecimiento de Trump y combatiendo la riqueza en lugar de la pobreza, el gobierno no sabe qué hacer, advierte la revista británica The Economist.

En un reportaje acerca del estado actual de la economía cubana la publicación identifica dos estratos económicos de cubanos: los que, como Gabriel, ganan de 20 a 30 dólares mensuales y pasan trabajos para comprar alimentos y otros artículos en tiendas por divisas cuando se acaba la cuota mínima del racionamiento; y los que, como Leo, han abierto pequeños negocios privados que producen miles de dólares mensuales, pero para importar los insumos tienen que viajar y traerlos disimulados en su equipaje como si fueran cocaína.

La publicación señala que facilitar las cosas a los emprendedores como Leo podría ayudar, con la creación de mejores empleos, a gente como Gabriel; pero el gobierno desconfía de los privados, porque su prosperidad despierta la envidia de cubanos más pobres y cree que su independencia podría convertirse en disidencia.

Cita como ejemplo la reciente congelación de populares categorías de trabajo por cuenta propia como las que permiten abrir y gestionar restaurantes o alquilar habitaciones y casas particulares

Raúl Castro arremetió recientemente contra las ilegalidades y otras irregularidades, incluyendo la "evasión fiscal cometida por cuentapropistas”, dice The Economist. “Sin embargo no admitió que las descabelladas restricciones gubernamentales las hacen inevitables. El gobierno ‘combate la riqueza, no la pobreza’, lamenta un empresario”.

Observa la revista que la contención al capitalismo viene en mal momento: en vísperas de una transición interna de poder y de restricciones del presidente Trump a los viajes a Cuba; en medio de tensiones con EE.UU. por misteriosos ataques contra sus diplomáticos en la isla; en la estela del huracán Irma que colapsó brevemente el sistema energético y cuyas labores de reconstrucción serán dificultadas por un déficit presupuestario que se espera alcance el 12 % del PIB.

Todo esto, mientras Venezuela, que subsidia la economía de la isla, está en peor situación que Cuba: The Economist expone que el comercio bilateral cayó de $8.500 millones en 2012 a $2,200 millones en 2016; Cuba ha tenido que comprar petróleo en el mercado mundial; y los ingresos por servicios profesionales cubanos prestados a Caracas han ido en declive desde 2013.

El turismo ha continuado creciendo, pero el paso de Irma provocó graves daños en los importantes resorts de la cayería norte central y una caída del 50 % en los arribos de visitantes en septiembre.

El huracán y una reducción de las importaciones cifrada para este año en $1500 millones por el ministro de Economía, Ricardo Cabrisas, condenan el crecimiento del PIB a otro mal año después de la contracción del 0,9 % en 2016, anticipa The Economist, y afirma que el gobierno no sabe qué hacer.

Una alternativa es fomentar la inversión extranjera, pero se insiste en sumir a los inversores en un lodazal burocrático en el que los funcionarios deciden cuántos litros de diésel se asigna a un camión y las ganancias no se pueden repatriar libremente. Resultado: desde marzo de 2014 hasta noviembre de 2016 Cuba atrajo alrededor de $1.300 millones de dólares en inversión extranjera, una cuarta parte de su meta.

Ante el estancamiento económico y la amenaza de escasez lo más atrevido que ha hecho el gobierno para atraer inversiones es permitir a las compañías alimentarias repatriar algunas ganancias.

Una ley que regule la presencia de pequeñas y medianas empresas domésticas ─aceptadas en teoría por la Asamblea Nacional─ al parecer no será aprobada a corto plazo, en opinión del defenestrado economista Omar Everleny Pérez.

Una crucial tarea pendiente, la reforma del sistema de doble moneda, que permitiría un funcionamiento normal de la economía, continúa en el limbo debido a que provocaría bancarrotas de empresas estatales, desempleo e hiperinflación. Además, Cuba no podría amortiguar los efectos recurriendo como otros países a la ayuda de organismos financieros multilaterales como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

La revista considera improbable que se busquen soluciones a estos problemas hasta que el sustituto de Raúl Castro haya asumido la presidencia.

El más probable, el primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel “había sido identificado por muchos observadores de Cuba como un liberal según los estándares cubanos. Pero eso fue antes de que en un video filtrado en agosto, en el que se dirige a militantes del Partido Comunista, acusara a Estados Unidos de conspirar para ‘conquistar política y económicamente’ a Cuba y criticara a medios de comunicación críticos del régimen. (…) Si esas fueran sus verdaderas opiniones, es una mala noticia para Leo y para Gabriel”, concluye The Economist.

(De un análisis de The Economist, reseñado por Rolando Cartaya)

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