Poco después de que una operación militar estadounidense resultara este 3 de enero en la captura del jefe del narcoterrorista Cártel de los Soles, Nicolás Maduro, el gobierno de Cuba la calificó como "terrorismo de Estado", y el gobernante Miguel Díaz-Canel la condenó, llamó a la comunidad internacional a reaccionar, y convocó una nueva marcha “antiimperialista” en La Habana.
Y es que la relación entre Nicolás Maduro y Cuba no es circunstancial ni reciente. Se trata de un vínculo político, ideológico y estratégico vital para ambas partes, que se remonta a los años de formación del venezolano y que se ha profundizado de manera sistemática hasta convertirse en uno de los ejes centrales del poder en Venezuela y en el principal sostén del régimen parásito castrista.
Los viajes de Maduro a la isla, oficiales y no, se cuentan por docenas y sus primeros vínculos con Cuba se remontan a la década de 1980, cuando, siendo un joven dirigente sindical del Metro de Caracas, viajó a La Habana para recibir formación política.
Como joven militante de la radical Liga Socialista, tomó un curso entre 1986 y 1987 en la Escuela Nacional de Cuadros Julio Antonio Mella, antes conocida como Ñico López. Esta institución, vinculada al Partido Comunista Cubano, imparte cursos en filosofía marxista, economía política y estrategias revolucionarias. Patrocinado por su partido, Maduro completó ese año de estudios que cimentaron su ideología y sus lazos con el castrismo. Fuentes indican que esta experiencia lo marcó como un "elegido de Cuba", diferenciándolo de otros líderes chavistas.
Esta capacitación en la isla fue su principal formación política, influenciada directamente por el modelo cubano. Al igual que otros cuadros latinoamericanos seducidos por la leyenda castrista, Maduro fue expuesto al pensamiento marxista-leninista y a la visión estratégica del castrismo, centrada en la confrontación con el “imperialismo” estadounidense y en el férreo control del poder mediante estructuras políticas, sociales y represivas altamente centralizadas. Estas experiencias moldearon su concepción del Estado, del liderazgo y del papel de las fuerzas armadas en la vida política.
Con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, apoyada pública y secretamente por Fidel Castro, Cuba encontró en Venezuela un aliado estratégico de enorme valor económico y geopolítico. Chávez, un rendido admirador de Castro, estableció una alianza sin precedentes que incluyó inicialmente el suministro de petróleo subsidiado a cambio de servicios cubanos en áreas como salud, educación y deportes que beneficiarían a su gobierno populista, así como en la seguridad del gobernante.
En este contexto, Nicolás Maduro se convirtió en una figura clave. Primero como presidente de la Asamblea Nacional y luego, a partir de 2006, como ministro de Relaciones Exteriores, Maduro fue uno de los principales arquitectos y ejecutores de la política de integración con Cuba, que en algún momento proclamó a ambos países como uno solo.
Durante su período como canciller, se distinguió por una defensa férrea de la alianza con La Habana en foros internacionales. Su discurso replicaba con fidelidad las posiciones cubanas en temas como derechos humanos, soberanía y confrontación con Estados Unidos.
Más allá de la retórica, su rol fue crucial para profundizar los acuerdos bilaterales, muchos de ellos poco transparentes, que ampliaron la presencia de asesores cubanos en la estructura del Estado venezolano. En 2007 se firmaron acuerdos militares secretos que abrieron las puertas de Venezuela a miles de militares cubanos, incluidos altos oficiales de seguridad, contrainteligencia y de las fuerzas armadas para transformar al estilo castrista los correspondientes organismos venezolanos y eventualmente controlarlos.
La enfermedad y posterior muerte de Chávez marcaron un punto de inflexión. Antes de fallecer, Chávez ungió a Maduro como su sucesor, una decisión que contó con el beneplácito explícito de los Castro, que veían en el cuadro formado en la Ñico López una figura más predecible y dependiente que otros posibles herederos del chavismo.
En las elecciones de abril de 2013, Maduro ganó por estrecho margen contra Henrique Capriles. Esta victoria fue controvertida, con acusaciones de fraude, pero marcó el comienzo de una era donde la influencia cubana se intensificó. Maduro heredó no solo el poder, sino también un sistema ya profundamente influenciado por Cuba y una economía en deterioro acelerado, producto de la corrupción de sus propios colaboradores, la malversación del erario público y la represión contra las empresas privadas.
Ya como presidente, enfrentó una creciente crisis de legitimidad, protestas masivas y fracturas internas. En ese contexto, la relación con Cuba adquirió un carácter aún más estratégico. Expertos y exfuncionarios venezolanos han señalado que el gobierno cubano reforzó su presencia en áreas críticas como la seguridad presidencial, la contrainteligencia civil (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, SEBIN), y militar (Dirección General de Contrainteligencia Militar, DGCIM), y los mecanismos de control social como el CESSPA, encargado de monitorear las comunicaciones telefónicas y digitales.
Estos cuerpos de seguridad han sido señalados, incluso por una misión independiente del Consejo de Derechos Humanos como espacios donde la presencia cubana ha sido denunciada, desde las torturas en el SEBIN y la DGCIM hasta la brutal represión de las protestas masivas de 2014, 2017 y 2019 que dejaron cientos de muertos y miles de detenidos.
En el ámbito militar, aunque las fuerzas armadas venezolanas conservan formalmente su estructura y mando, oficiales disidentes de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana coinciden en que la doctrina militar y los sistemas de contrainteligencia interna han sido convenientemente retorcidos por los cubanos. Su influencia ha determinado el soborno de altos mandos militares, resultante en su alineamiento con el proyecto chavista, y a la represión contra los inconformes, todo lo cual redujo las posibilidades de una ruptura interna.
Cuba y el Cartel de los Soles
Recientemente, el exjefe de inteligencia de Chávez y Maduro, Hugo "El Pollo" Carvajal, realizó acusaciones directas sobre el rol de Cuba en el narcotráfico impulsado por Venezuela en una carta enviada desde su prisión en Estados Unidos al presidente Donald Trump, que fue publicada por el medio The Dallas Express.
En su misiva Carvajal afirma: “Fui testigo directo de cómo el Gobierno de Hugo Chávez se convirtió en una organización criminal que hoy dirigen Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y otros altos funcionarios del régimen. El objetivo de esta organización, hoy conocida como el Cartel de los Soles, es usar las drogas como un arma contra Estados Unidos”.
“Este plan fue sugerido por el régimen cubano a Chávez a mediados de la década de 2000 y se ha ejecutado con éxito con ayuda de las FARC, el ELN, operadores cubanos y Hezbolá. El Gobierno venezolano proporcionó armas, pasaportes e impunidad a estas organizaciones terroristas para operar libremente desde Venezuela”.
La Habana no solo concibió la estrategia, sino que proporcionó apoyo operativo: armas, documentos falsos, cobertura de inteligencia y asistencia para estructurar redes narcoterroristas que operaban desde territorio venezolano y en la zona fronteriza con Colombia.
Cuba también desempeñó un papel en el reclutamiento de criminales para defender al chavismo. La creación de los grupos paramilitares llamados Colectivos y la posterior exportación a Estados Unidos de miembros del Tren de Aragua, ambos bajo el gobierno de Maduro, tienen un claro antecedente en el envío a EEUU vía Mariel, por parte de Fidel Castro de decenas de miles de criminales sacados de las cárceles cubanas. También es un método represivo habitual de la Seguridad del Estado el reclutamiento de sicarios entre los presos comunes para hostigar a los presos políticos.
En síntesis, el vínculo entre Nicolás Maduro y Cuba es el resultado de décadas de afinidad ideológica, intereses compartidos y dependencia mutua. Para el régimen cubano, Venezuela ha sido un salvavidas económico y un aliado geopolítico clave; para Maduro, Cuba ha representado un sostén fundamental para conservar el poder en medio de una profunda crisis económica, social y política. Esta relación, lejos de debilitarse, se había consolidado con el tiempo. Sin embargo, con la captura de Maduro, su futuro parece más que incierto, marcando posiblemente el fin de una era en las dinámicas hemisféricas.
Nicolás Maduro Moros, nacido en Caracas en 1962, ha mantenido una relación profunda y multifacética con Cuba a lo largo de su carrera política. Esta alianza, forjada en ideales revolucionarios compartidos, se remonta a sus años formativos en la isla caribeña y se ha extendido hasta el presente, influyendo en la seguridad, las fuerzas armadas y la inteligencia venezolana.
Desde su rol como canciller bajo Hugo Chávez hasta su controvertida presidencia, Maduro ha consolidado a Cuba como un pilar indispensable para su régimen, incluso en medio de crisis económicas y políticas. Hasta enero de 2026, esta conexión ha sido clave para su supervivencia política, aunque eventos recientes, como la operación militar estadounidense que resultó en su captura, han puesto en jaque esta dinámica.
Los orígenes de esta relación se remontan a la década de 1980. Maduro, un joven militante de la Liga Socialista, viajó a La Habana entre 1986 y 1987 para recibir formación política en la Escuela Nacional de Cuadros Julio Antonio Mella, conocida como Escuela Ñico López. Esta institución, vinculada al Partido Comunista Cubano, impartía cursos en filosofía marxista, economía política y estrategias revolucionarias. Patrocinado por su partido, Maduro completó un año de estudios que cimentaron su ideología y sus lazos con el castrismo.
Fuentes indican que esta experiencia lo marcó como un "elegido de Cuba", diferenciándolo de otros líderes chavistas con menor respaldo internacional. Aunque Maduro no completó estudios universitarios formales, esta capacitación en la isla fue su principal formación política, influenciada directamente por el modelo cubano de control estatal y resistencia antiimperialista.
Al regresar a Venezuela, Maduro se involucró en el sindicalismo como conductor del Metro de Caracas y dirigente de la Liga Socialista. Su ascenso político se aceleró con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999. Maduro fue uno de los fundadores del Movimiento Quinta República y ocupó cargos clave, como diputado y presidente de la Asamblea Nacional. En 2006, Chávez lo nombró Ministro de Relaciones Exteriores, un puesto que ocupó hasta 2013.
Como canciller, Maduro profundizó los lazos con Cuba, impulsando acuerdos de cooperación en salud, educación y seguridad. Estos pactos, basados en el Convenio Integral de Cooperación firmado en 2000 por Chávez y Fidel Castro, incluyeron el intercambio de petróleo venezolano por servicios médicos y asesoría cubana.
Maduro se convirtió en un nexo clave entre Caracas y La Habana, fortaleciendo la alianza estratégica que Chávez había iniciado. Durante el cáncer de Chávez en 2011, Maduro gestionó los viajes del presidente a Cuba para tratamientos, consolidando su rol como puente diplomático.
La transición de Maduro a la presidencia fue un momento pivotal. Tras la muerte de Chávez el 5 de marzo de 2013, Maduro asumió como presidente interino, según la línea de sucesión constitucional. Chávez lo había designado como sucesor en diciembre de 2012, pidiendo lealtad al chavismo.
Uno de los aspectos más controvertidos de su presidencia ha sido la cesión de control sobre la seguridad, las fuerzas armadas y la inteligencia a asesores cubanos. Desde 2008, acuerdos bilaterales permitieron a Cuba rediseñar el sector militar venezolano.
Bajo asesoría cubana, se reformuló la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), que ahora espía a las propias tropas, infundiendo miedo y sofocando disidencias. Se estima que miles de cubanos -hasta 30.000 en picos-han operado en Venezuela, incluyendo agentes de inteligencia del G2 cubano, que han penetrado ministerios, PDVSA y el Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN).
Esta influencia ha sido crucial para reprimir protestas, como en 2014 y 2017, y para prevenir golpes internos. Críticos, como el exgeneral Manuel Cristopher Figuera, afirman que los cubanos controlan comunicaciones militares y siembran desconfianza entre oficiales. A cambio, Venezuela ha proporcionado petróleo subsidiado, vital para la economía cubana.
Hasta 2026, las relaciones han permanecido sólidas, pese a sanciones internacionales y crisis. En 2025, Maduro reafirmó la alianza como base para la integración regional, celebrando 25 años del Convenio Integral. Sin embargo, el 3 de enero de 2026, una operación militar estadounidense resultó en la captura de Maduro, calificada por Cuba como "terrorismo de Estado". El presidente cubano Miguel Díaz-Canel condenó el acto y llamó a la comunidad internacional a reaccionar. Diosdado Cabello, figura clave del chavismo, lo describió como un "ataque criminal".
Esta intervención pone fin a 13 años de Maduro en el poder, pero resalta cómo Cuba ha sido su sostén hasta el último momento.
En resumen, los vínculos de Maduro con Cuba evolucionaron de una formación ideológica personal a una dependencia estructural que definió su régimen. Esta alianza, forjada en la solidaridad revolucionaria, ha enfrentado críticas por erosionar la soberanía venezolana, pero también ha sido vista como un baluarte contra intervenciones externas. Con la captura de Maduro, el futuro de esta relación queda incierto, marcando posiblemente el fin de una era en las dinámicas hemisféricas.
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