Para José Alejandro Rodríguez, el 11 de julio de 2021 marcó un antes y un después. Aquel día decidió unirse a las manifestaciones que sacudieron Cuba convencido de que era un acto de conciencia y libertad. Unirse a la protesta de Jovellanos, Matanzas, le costó más de cuatro años de prisión.
"Decidí salir a manifestarme nunca incitado por ningún agente externo, sólo por mi conciencia", recuerda. Fue condenado a cinco años de privación de libertad, y salió de prisión el 17 de noviembre de 2025. Sin embargo, asegura que salir de la cárcel no significó dejar atrás el sufrimiento.
Rodríguez afirma que las secuelas de la cárcel siguen presentes en su vida cotidiana. Las pesadillas son frecuentes y los recuerdos de aquellos años continúan persiguiéndolo.
Dice que la mayor tortura no fueron los golpes, sino la imposibilidad de despedirse de sus abuelos cuando ambos fallecieron durante su encarcelamiento. Según relata, las autoridades le negaron el permiso reglamentario para asistir a los velorios.
"Me hicieron mucho daño. No me golpearon, no era necesario. Para mí esa fue la mayor tortura que ellos me hicieron", afirma.
Para él, esa experiencia dejó una marca emocional que todavía no logra superar.
De estudiante universitario a preso político
Antes de las históricas protestas, José Alejandro cursaba el segundo año de la carrera de Español-Literatura en la Universidad de Matanzas y soñaba con convertirse en profesor.
Sus opiniones políticas ya le habían generado dificultades dentro del sistema, aunque fue una enfermedad la que interrumpió sus estudios. Poco después llegó el estallido social del 11 de julio y, con él, un giro definitivo en su vida.
El joven sostiene que ejercer la oposición en Cuba implica enfrentar un aparato de vigilancia y persecución consolidado durante décadas.
"Es duro ser opositor en Cuba. No tienes seguro de vida, no tienes estabilidad, no tienes nada", asegura al describir el ambiente que enfrentan quienes expresan públicamente posiciones críticas hacia el régimen.
"Valió la pena para mí"
Tras cumplir más de cuatro años de prisión, Rodríguez pudo reencontrarse con su familia. Sin embargo, afirma que la vigilancia y la presión no terminaron con su excarcelación. Cuando le preguntamos si volvería a salir a protestar, responde sin dudarlo.
"Personalmente para mí valió la pena", dice. Explica que la prisión fortaleció sus convicciones, consolidó sus ideas y le permitió descubrir la escritura como una forma de resistencia. Durante esos años escribió artículos, poemas y cuentos.
No obstante, reconoce que el sacrificio personal y familiar fue enorme. "Fue una escuela de vida. Fue una escuela difícil de atravesar", afirma.
Al evaluar el impacto de las protestas en el país, su respuesta es más cautelosa. "No sé para Cuba. No creo que haya valido la pena para Cuba, porque hoy la situación está diez veces peor que el 11 de julio", sostiene.
Aun así, considera que el cambio dependerá de los propios cubanos. "Tenemos que perder el miedo. El cubano tiene que asumir la rienda de su propia vida, no esperar por ningún agente externo y luchar por la libertad."
José Alejandro reconoce que la prisión le arrebató años de juventud y cambió para siempre su proyecto de vida. Sin embargo, insiste en que no logró destruir sus sueños.
Su mayor aspiración es recuperar el tiempo perdido y vivir en una Cuba donde nadie vuelva a ser encarcelado por expresar sus ideas. "Sí, creo que pronto veremos la luz al final del túnel", concluye.
Como José Alejandro Rodríguez, cientos de cubanos fueron condenados por participar en las manifestaciones del 11 de julio de 2021, consideradas las mayores protestas antigubernamentales registradas en la isla en décadas.
Mientras algunos ya recuperaron la libertad tras cumplir sus condenas, otros continúan encarcelados. Cinco años después, las secuelas físicas y emocionales de aquellos acontecimientos siguen marcando la vida de quienes decidieron salir a las calles.
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