Sumario
- La Guerra del Ogadén enfrentó a regímenes que se proclamaban socialistas y reforzó los sistemas autoritarios.
- Fidel Castro apoyó políticamente al régimen etíope de Mengistu, legitimando una de las dictaduras marxistas más violentas de África.
- Somalia, tras su derrota, sufrió aislamiento internacional, conflictos internos y el colapso estatal en 1991.
La Guerra del Ogadén solía presentarse como una victoria del socialismo en África, del "internacionalismo proletario cubano". En realidad, evidenció cómo regímenes que se proclamaban socialistas podían enfrentarse entre sí y, al mismo tiempo, reforzar sistemas profundamente autoritarios, con consecuencias humanas devastadoras.
Lee también La Guerra del Ogadén, el conflicto entre marxistas africanos que puso a prueba las "lealtades" de CastroBajo el mando del general Arnaldo Ochoa, las tropas cubanas participaron en combates de alta intensidad. Las cifras oficiales de bajas nunca fueron publicadas, pero estimaciones independientes apuntan a más de 2.000 cubanos fallecidos. La mayoría de los historiadores sitúa en el número entre 1.000 y 1.200 muertos, además de varios miles de heridos. Muchas muertes no ocurrieron en combate directo, sino por enfermedades, accidentes y condiciones ambientales severas, costos que nunca han sido reconocidos por la narrativa oficial.
Castro, los generales y la dictadura etíope
Mientras los generales cubanos dirigían las operaciones militares y los asesores soviéticos definían la estrategia, Fidel Castro brindó respaldo político pleno al régimen de Mengistu.
La Habana presentó al Derg en los foros, tanto comunistas o del Tercer Mundo, como un gobierno socialista legítimo, incluso cuando la represión interna se intensificaba. Este apoyo político complementó la estructura militar y contribuyó a legitimar a una de las dictaduras marxistas más violentas de África.
El conflicto también alteró el equilibrio occidental. Estados Unidos, que había respaldado históricamente a Etiopía, cambió de posición.
El presidente Jimmy Carter, alarmado por el despliegue soviético-cubano, retiró su apoyo a Addis Abeba y pasó a respaldar a Somalia.
Sin embargo, pese a presiones internas, Carter rechazó enviar una fuerza naval para confrontar directamente a soviéticos y cubanos, dejando el terreno libre al bloque socialista.
Fidel Castro y Haile Marian
Etiopía tras la victoria: el Terror Rojo
La derrota de Somalia permitió al Derg sobrevivir a su momento de mayor vulnerabilidad y consolidar el poder.
Entre 1977 y 1978, Etiopía vivió el llamado Terror Rojo, con decenas de miles de ejecuciones extrajudiciales, arrestos masivos y desapariciones por todo el país y el uso sistemático del terror para eliminar a la oposición política.
Aunque las fuerzas cubanas no dirigieron esta represión, su intervención militar fue decisiva para hacerla posible, al garantizar la supervivencia del régimen.
Etiopía ya no promueve las bondades del socialismo; es formalmente una república parlamentaria federal, pero en la práctica funciona como un régimen autoritario. El poder ejecutivo está concentrado en el Primer Ministro y en el partido gobernante, el Partido de la Prosperidad. Aunque se celebran elecciones y existen varios partidos, el poder real sigue centralizado y dominado por la élite gobernante.
La oposición política enfrenta fuertes restricciones: partidos opositores, periodistas y organizaciones civiles sufren acoso, detenciones y limitaciones de acceso a los medios, lo que debilita el debate público y la competencia política. Las elecciones suelen ser criticadas por no ser plenamente libres ni justas.
Además, las violaciones de derechos humanos son graves, incluyendo detenciones arbitrarias, restricciones a la libertad de expresión y reunión, y abusos en zonas de conflicto como desplazamientos forzados y violencia, reforzando el carácter autoritario del país.
Fidel Castro en Adis Abeba.
Somalia: del socialismo derrotado al colapso del Estado
La derrota marcó el inicio del fin del experimento socialista de Somalia, provocando un aislamiento internacional creciente, una espiral de radicalización de los conflictos internos y un colapso total del Estado en 1991. Vencida militarmente, aislada diplomáticamente y debilitada internamente, Somalia entró en una lenta descomposición que culminó en 1991 con el colapso total del Estado.
Tras la derrota en la guerra del Ogadén, cayó en un conflicto interno prolongado con enfrentamientos entre clanes y guerras civiles en los años noventa.
Hoy es formalmente una república federal, pero funciona como un Estado frágil con rasgos autoritarios. El poder se concentra en el presidente, el primer ministro y las élites clan-políticas, mientras que las instituciones estatales son débiles y dependen del apoyo internacional.
La oposición política es limitada, las elecciones son indirectas y los actores armados, especialmente Al-Shabaab, restringen el espacio político y la libertad de expresión. Los derechos humanos siguen siendo gravemente vulnerados: asesinatos selectivos, detenciones arbitrarias, abusos por fuerzas estatales y grupos armados, desplazamientos forzados y alta impunidad.
Castro en Adis Abeba.
En cuanto a la división territorial, Somalia está organizada en estados miembros federales bajo un Gobierno Federal en Mogadiscio. La división es frágil y disputada: Somalilandia se considera independiente de facto y ahora de jure tras el reconocimiento de Israel, mientras que Puntlandia, en el noreste, mantiene autonomía y relativa estabilidad, aunque persisten tensiones políticas y disputas territoriales con el gobierno federal.
Herencia autoritaria y estados fracasados
La guerra entre dos gobiernos socialistas terminó destruyendo a uno y endureciendo al otro, que al fin también fracasó y Mengistu salió al exilio. El balance final más llamativo es que la Guerra del Ogadén expuso las contradicciones del llamado internacionalismo donde la solidaridad socialista cedió ante el cálculo geopolítico y las ambiciones de determinados grupos. Soldados cubanos murieron combatiendo contra otro ejército socialista y la ideología sirvió como justificación, no como freno.
La Guerra del Ogadén fue dirigida por generales de ejércitos socialistas, librada por ejércitos socialistas y justificada en nombre del socialismo. Era una guerra entre aliados ideológicos, miles de muertos y la consolidación de dictaduras.
Al identificar a los responsables militares —el general cubano Arnaldo Ochoa y el asesor soviético Petrov— el conflicto se revela con mayor claridad como una confrontación de la Guerra Fría donde el poder pesó más que los principios.
Lo irónico fue que los militares cubanos al igual que los somalíes habían sido educados en la doctrina militar soviética, graduados de las mismas escuelas y academias en la URSS y luchaban usando los mismo métodos y estrategias.
Ninguno de los tres países —Somalia, Cuba y Etiopía— ha logrado consolidar un modelo de democracia funcional, concordia cívica, respeto pleno a las libertades civiles, prosperidad económica o protección efectiva de los derechos humanos. Tres fracasos, en Africa y América Latina.