Hace hoy doscientos cincuenta años, en un edificio de ladrillo en Filadelfia, nuestros antepasados declararon su independencia del imperio más poderoso de la Tierra.
No eran insensatos. Sabían exactamente lo que significarían las palabras plasmadas en aquel pergamino. Sabían que, en ese instante, se estaban condenando por traición a los ojos de su madre patria, y que la pena por traición era la muerte.
Así pues, al pie de aquel documento, bajo las sublimes palabras sobre verdades evidentes por sí mismas y los derechos del hombre, escribieron una última frase: «Con una firme confianza en la protección de la divina Providencia, empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor».
Sus vidas, sus fortunas y su honor: todo lo que tenían y todo lo que eran. Todo ello estaba en juego.
Pensemos en la clase de hombres de los que hablamos. Es fácil olvidarlo: no eran indigentes ni miserables sin nada que perder. Eran algunos de los hombres más exitosos y prósperos de su época. Abogados, comerciantes, hacendados y terratenientes adinerados; hombres con familias, con granjas y con fortunas.
El sentido común dictaría que ellos serían los últimos en encabezar una revolución, y mucho menos en arriesgarlo todo —incluidas sus vidas— para llevarla a cabo.
Pero lo hicieron de todos modos.
Y lo hicieron contra todo pronóstico.
Por un lado estaba el Imperio británico: la potencia más formidable que el mundo había conocido jamás. Por el otro, un conjunto disperso de colonias en el confín del mundo conocido, con una pequeña economía agrícola y una fuerza improvisada de agricultores y milicianos mal entrenados; aquello que un general británico de la época calificó con desdén como «un desfile absurdo» y «una chusma en armas».
Muy pocas personas en 1776 creían que aquellos rebeldes estadounidenses tuvieran alguna posibilidad de éxito. Al otro lado del Atlántico, las élites de Gran Bretaña los consideraban una molestia menor, y nada más.
El ministro responsable de la Marina Real declaró que «el mero sonido de un cañón los haría huir... tan rápido como sus pies pudieran llevarlos». El general James Grant —exgobernador real de Florida Oriental— se jactaba ante la Cámara de los Comunes de conocer muy bien a los estadounidenses y afirmaba que «jamás se atreverían a enfrentarse a un ejército inglés». El propio rey Jorge predijo que, «una vez que esos rebeldes reciban un golpe contundente, se someterán».
Los primeros meses de la guerra parecieron darles la razón. El ejército de George Washington era valiente, pero pasaba hambre, carecía de instrucción y estaba mal abastecido. Sus hombres habían abandonado sus granjas, comercios y asentamientos fronterizos para luchar por su país, solo para verse arrastrados de una derrota a otra, cada cual más devastadora.
Para diciembre de 1776, la Revolución estaba al borde del colapso. El Ejército Continental había sido expulsado de Nueva York, obligado a cruzar Nueva Jersey y a refugiarse en Pensilvania; estaban derrotados y ateridos de frío en el gélido invierno del noreste. El ejército mismo se reducía rápidamente. Ese mes, George Washington escribió a su hermano: «Creo que esto está prácticamente acabado». Si nada cambiaba, la causa de la independencia moriría, la rebelión sería aplastada y los hombres que lo habían arriesgado todo para liderarla serían ahorcados como traidores a la Corona.
Pero no se rindieron. Eso no es lo que hacen los estadounidenses.
La noche de Navidad, Washington reunió lo que quedaba de su ejército y cruzó el helado río Delaware al amparo de la oscuridad. Sus hombres marcharon durante la noche con el calzado destrozado y harapos envolviéndoles los pies, dejando un rastro de sangre en la nieve. En Trenton, lanzaron un ataque. Pocos días después, en Princeton, volvieron a atacar.
Dos victorias rotundas; y el aura de una victoria británica inevitable comenzó a resquebrajarse.
Sin embargo, un solo milagro no bastaba para llevar a los patriotas a la victoria. La guerra se prolongó. Al año siguiente, los británicos capturaron Filadelfia y el Congreso Continental se vio obligado a huir. El ejército de Washington llegó tambaleándose a sus cuarteles de invierno en Valley Forge: hambrientos, congelados y apenas vestidos, dormían en chozas que ellos mismos habían construido. Allí, en medio de aquel invierno brutal, sucedió algo extraordinario. El Ejército Continental no se desmoronó. Se transformó en una fuerza de combate disciplinada, curtida y profesional: instruidos por oficiales prusianos y unidos por un sacrificio compartido, los estadounidenses surgieron —contra todo pronóstico— como un ejército capaz de derribar un imperio, impulsado por una fe inquebrantable en el país que estaban haciendo nacer. Todo estadounidense sabe lo que sucedió después.
Desde el principio, los estadounidenses han hecho lo imposible. Es lo que somos. Corre por la sangre de nuestra gente.
Es el rasgo más profundo y fundamental del alma estadounidense, que se remonta a mucho antes de la Revolución. Lo vimos en los fuertes de madera de Jamestown, en las primeras colonias de Plymouth, en las cubiertas de la Niña, la Pinta y la Santa María que llevaron a Cristóbal Colón a través del Atlántico hasta las costas de un nuevo mundo. Es un espíritu que desafía las limitaciones, que anhela nuevas fronteras; una ambición sin límites de hacer lo que otros no pueden, de ir adonde otros no han llegado, aventurarse en la oscuridad y descubrir qué hay más allá del horizonte.
Estados Unidos no supuso una ruptura total con el pasado, sino la culminación de una historia antigua que comenzó hace milenios.
Debemos gran parte de nuestra identidad al mismo país contra el que nuestros Padres Fundadores fueron a la guerra hace 250 años: como dijo el presidente Trump a principios de este año, «esta tierra fue poblada y forjada por hombres en cuyas venas corría el valor anglosajón»; hombres cuyo idioma, cultura y feroz amor por la libertad constituían una «herencia majestuosa» de sus antepasados allende los mares.
Nuestro destino se gestó, a lo largo de los siglos, en los reinos e imperios de Europa, antes de irrumpir en este continente para construir un nuevo mundo a su imagen y semejanza. Sus semillas fueron plantadas por los filósofos de Atenas, la majestad imperial de Roma y los monjes y reyes de la cristiandad medieval: siglos de exploración, ciencia, fe y una ambición inagotable que, finalmente, se liberaron de toda restricción en la frontera americana, vasta e ilimitada.
Estados Unidos fue el destino de toda una civilización. Fue aquí, en nuestro país, donde miles de años de historia dieron sus frutos y plasmaron la plenitud de su promesa sobre el lienzo en blanco de un nuevo mundo.
Y miren lo que eso ha logrado.
En apenas dos siglos y medio —un abrir y cerrar de ojos ante la inmensidad de la historia—, los estadounidenses hemos superado con creces cualquier precedente anterior. Desde los microchips y los átomos hasta los ferrocarriles y los cohetes, pasando por cada nueva frontera y ámbito del progreso humano, no solo transformamos una tierra salvaje e inexplorada en la nación más poderosa de la Tierra, sino que llevamos a toda la humanidad a una nueva era histórica.
No hicimos estas cosas porque estuviéramos obligados a ello. Las hicimos porque podíamos. Porque nadie más las había hecho antes. Porque los estadounidenses siempre hemos sido pioneros: hijos e hijas de la frontera. No hay lugar al que no podamos llegar. No hay nada que no podamos hacer.
Y, para nosotros, la frontera nunca se ha cerrado. Cuando se nos acabó la tierra en el extremo occidental de este continente, empezamos a construir hacia arriba: aviones y rascacielos que desafiaban el horizonte. Cuando se nos acabó el cielo, fuimos aún más lejos y construimos máquinas capaces de llevarnos a la Luna. Nos encontramos ahora en los albores de una nueva era, repleta de fronteras y posibilidades que nuestros antepasados apenas habrían podido imaginar. Y, tal como lo hemos hecho en cada etapa anterior, los estadounidenses lideraremos también esta.
Los estadounidenses somos un pueblo creador: el espíritu de la historia universal reside aquí, en esta tierra, en nuestras manos.
Así somos. Durante 250 años, esta ha sido una tierra de milagros, donde hombres de talla excepcional han realizado hazañas extraordinarias. Esta noche, renovamos nuestro compromiso con el país y con el sagrado deber de garantizar que el futuro de Estados Unidos sea tan glorioso como su pasado.
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