Crónica del hartazgo: Los cubanos de a pie ante el cerco a GAESA y las grietas en el poder

Vista del edificio de GAESA, el principal conglomerado empresarial estatal de Cuba, estrechamente vinculado al sector militar

Sumario

  • El debate actual en Cuba está cambiando de eje. Ya no se trata únicamente de fiscalizar los miles de millones que maneja GAESA mientras los hospitales colapsan.
  • Hay otra zona de la destrucción nacional que sufrió el mismo destino: el saqueo por parte de la burocracia civil, señalan expertos.

Las recientes presiones económicas internacionales contra el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA) y su red de testaferros han logrado algo innegable dentro de Cuba: romper el muro del silencio. Hoy, el entramado financiero de la élite militar es un secreto a voces y el acceso a la información ha desnudado los lazos favoritistas del poder.

Sin embargo, el conocimiento de la verdad no siempre se traduce en acción, coincidieron analistas en comentarios a Martí Noticias. En las calles de la isla, la percepción sobre estas sanciones y el destape de la corrupción corporativa militar choca contra un muro invisible pero implacable: el daño antropológico, el miedo al futuro y la doble moral como mecanismo de subsistencia.

La historiadora y antropóloga Jenny Pantoja Torres indicó que el panorama social, lejos de ser homogéneo, se fragmenta en tres grandes posturas psicológicas y políticas frente al colapso del sistema.

El primer gran bloque no pertenece a la cúpula militar ni a la élite que se enriquece en las oficinas de GAESA, sino al andamiaje que sostiene el día a día del país: profesionales, funcionarios de instituciones y trabajadores estatales.

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A pesar de tener acceso a la información y ser conscientes de que el modelo económico está quebrado, este sector ha optado por la doble moral. Para mantener un empleo, asegurar un cargo o permitir un mínimo crecimiento profesional en sus respectivas áreas, se ven obligados a hacer concesiones ideológicas cotidianas.

“Estas personas, aunque sepan esta información sobre GAESA, no la admiten por un sentimiento de empatía o de unión con el torturador que ha sido el Estado cubano”, señaló Pantoja.

De acuerdo con la historiadora habanera, el fenómeno va más allá del simple oportunismo; se trata de un mecanismo psicológico complejo. Aunque conocen el nivel de corrupción, muchos de estos profesionales evitan admitirlo abiertamente, desarrollando una especie de empatía o lazo de unión con el propio Estado que los asfixia.

En el extremo más crítico de la pirámide social se encuentran las personas más golpeadas por las políticas económicas fallidas del gobierno, que viven en condiciones de total vulnerabilidad y subsistencia mínima que son, a menudo, las más alejadas del debate sobre las sanciones a GAESA.

“Están enajenadas y no quieren saber nada tampoco. No se sienten con ese nivel de compromiso, de participar o de querer cambiar el estado de cosas porque la inseguridad es tanta que prefieren que todo se quede como está, porque, piensan, que si lo que viene es un capitalismo va a ser peor”, recalcó la activista e historiadora.

Finalmente, existe la clase de burócratas de nivel medio y alto que apuntalan directamente el poder. Su resistencia a cualquier apertura o fiscalización de GAESA no solo responde a defender sus privilegios actuales, sino a un miedo infundido por la narrativa oficial según la cual un cambio de sistema significaría el regreso automático de males históricos. Al agitar fantasmas del pasado, justifican su inmovilismo y se aferran al status quo como única garantía de protección.

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“No se quieren mover de ahí también por miedo. Los oyes en discursos que va a volver la discriminación de la mujer, la discriminación del negro y que van a volver cosas que ni siquiera son reales”, destacó Pantoja.

Pero, “en general, las personas conocen mucho más y tienen mucho más acceso a la información, pero las condiciones están difíciles y también los compromisos de cada quien”, lamentó Pantoja.

“Es un proceso social complicado. Y el daño antropológico es muy grande. Las personas no se sienten dueños de su vida, pero además están en un estado tan depauperado que no quieren ni saber cómo va a ser, porque el futuro, como se lo prometieron, cada vez ha sido peor y lo que vislumbran es un cambio peor”, agregó.

La realidad cubana actual demuestra que la asfixia financiera a GAESA y la pérdida de legitimidad del discurso gubernamental son insuficientes para provocar un vuelco social inmediato.

La académica matancera Alina Bárbara López Hernández, considera que el control de los militares cubanos sobre los sectores estratégicos de la isla nunca fue un secreto absoluto:

“Sabíamos ya el entramado económico y militar que existía, quizás no con lujo de detalles, pero se sabía incluso por la misma reticencia de las autoridades cubanas en autorizar de manera legal auditorías de la Contraloría Nacional, ya eso estaba más que claro”.

A esto se sumaba la absorción progresiva de cadenas turísticas civiles, como Gran Caribe, y el monopolio absoluto sobre las remesas.

Para López Hernández el verdadero impacto de las recientes revelaciones y sanciones radica en cómo han puesto al descubierto los negocios de los familiares de primera línea de la alta dirigencia política:

“Yo creo que las sanciones que más nos están enseñando ahora son las que se están ejerciendo contra familiares de primera cercanía de figuras políticas importantísimas aquí, por ejemplo, la presidenta actual de GAESA, la hija de Ulises Rosales del Toro y otros familiares que, más o menos, sobre una etapa después del 2021 fueron emigrando y enseguida levantaron negocios prósperos”.

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“Y eso indica que no solo la ramificación era en GAESA, había otro tipo de ramificación incluso dentro de los propios Estados Unidos”, apuntó.

A partir del escenario post-2021, marcado por las protestas masivas y el colapso definitivo del modelo estatal, se ha observado una oleada migratoria muy particular: la de los hijos y familiares de la élite y el levantamiento veloz de negocios en Estados Unidos y otros países.

“Hay que ver de dónde salió el dinero para esos negocios, porque no me atrevería a acusar a nadie, pero sí puedo pensar que, por ejemplo, Ulises Rosales fue el hombre que estuvo, como ministro del antiguo Ministerio del Azúcar, al frente del desmontaje de la industria azucarera, cuando se perdieron desde locomotoras hasta infraestructura de los centrales que se abandonó, que se desapareció”, subrayó López Hernández.

Este fenómeno demuestra que las redes clientelares y de protección económica no solo operaban dentro de las fronteras de la isla o en oscuros paraísos fiscales, sino que lograron penetrar y asentarse en el corazón del sistema financiero norteamericano.

Las fortunas exprés de los hijos de la élite en el extranjero funcionan como un espejo retrovisor. Muestran que el colapso de las termoeléctricas, el transporte y la agricultura en Cuba no es un accidente de la geografía ni el resultado inevitable de presiones externas, sino el producto de décadas de desfalcos imposible de auditar.

“Aquí hay mucho que dar cuentas de la corrupción y de los desfalcos y del abandono de la industria nacional, no solo lo que tiene que ver con GAESA. GAESA controla un enorme por ciento, pero hay una parte que no controla y que también fue abandonada, canibaleada y eso me llama la atención. ¿Cómo hijos de estas personas empiezan a irse de Cuba y con qué levantan esos negocios con tanta rapidez?”, cuestionó la intelectual matancera.