El 24 de febrero de 2022, Rusia inició una invasión a gran escala contra la vecina Ucrania con un objetivo explícito: provocar el colapso político en Kyiv en cuestión de días, controlar el país y reconfigurar el equilibrio de seguridad en Europa oriental.
La historiografía soviética y la rusa tienen como mito político el periodo de la Segunda Guerra Mundial, cuando pasaron de aliado a Hitler a rival, que denominan Gran Guerra Patria (21 de junio de 1941 a 9 de mayo de 1945). La invasión de Rusia contra Ucrania ha excedido ese período sin una victoria decisiva para Moscú.
Cuatro años después, la guerra no solo no ha cumplido ese propósito, sino que ya supera en duración aquella guerra de la Unión Soviética contra la Alemania nazi, que duró aproximadamente tres años y diez meses en el frente oriental.
Del “blitzkrieg” fallido a la guerra de desgaste
La fase inicial fue concebida como una guerra relámpago. En las primeras semanas, fuerzas rusas avanzaron sobre la capital ucraniana desde Bielorrusia y el este del país, esperando Moscú una rápida capitulación. Sin embargo, los hechos marcaron otra realidad. Los ucranianos decidieron hacerle frente al invasor, las autoridades no abandonaron el país, como le aconsejaban desde Occidente y apostaron por la batalla frontal contra el invasor ruso; tenían una motivación, de la que carecen los soldados y mercenarios del Kremlin.
En los primeros días, una columna militar rusa de más de 60 kilómetros al norte de Kyiv quedó inmovilizada por problemas logísticos y ataques ucranianos. En marzo y abril Rusia se vio obligada a retirarse de los alrededores de Kyiv tras no lograr cercar la capital. Para septiembre de ese año, Ucrania recuperó miles de kilómetros cuadrados en la región de Járkov mediante una contraofensiva rápida. En noviembre de 2022, Moscú abandonó Jersón, la única capital regional que había logrado ocupar.
Desde el comienzo de la invasión se evidenció una superioridad táctica ucraniana en maniobra, el apoyo militar occidental —sistemas HIMARS, defensa aérea e inteligencia— y serios problemas de mando y moral en las fuerzas rusas. Aunque Rusia consolidó posiciones en partes del Donbás, perdió la iniciativa estratégica. Ya a partir del 2023, el conflicto derivó en una guerra de desgaste, con combates prolongados como la batalla de Bajmut, donde ambos bandos sufrieron pérdidas masivas por avances territoriales mínimos. El uso intensivo de drones, artillería y minas convirtió amplias zonas del Donbás en un frente de atrición permanente.
Cuatro años después, el conflicto evolucionó hacia una guerra de trincheras, cuyas características principales han sido altísimas bajas humanas en ambos bandos, la necesidad de Rusia de recurrir a una movilización parcial ante el déficit de tropas y la imposición de sanciones económicas occidentales que aislaron al país de mercados financieros y tecnológicos.
Se habla de los avances de Rusia en territorios del este ucraniano, siempre en los predios del Donbás, donde se han afincado desde marzo del 2014, pero es a un costo desproporcionado en recursos y reputación internacional. Las fuerzas rusas recurren al uso indiscriminado de drones contra la población civil, la infraestructura energética e instalaciones civiles, desde guarderías infantiles hasta estaciones de trenes y ómnibus.
El costo social y económico de la invasión rusa
Las pérdidas humanas rusas —según estimaciones occidentales— superan ampliamente el centenar de miles entre muertos y heridos. En un país que ya enfrentaba envejecimiento poblacional y baja natalidad, el impacto es estructural. Regiones periféricas como Buriatia y Daguestán registraron tasas de reclutamiento y bajas desproporcionadamente altas.
Tras la movilización parcial anunciada en septiembre de 2022, los vuelos hacia Georgia, Armenia y Turquía se agotaron en cuestión de horas. Empresas tecnológicas reportaron escasez de ingenieros y programadores debido al éxodo de jóvenes profesionales.
Fuerzas rusas recurren al uso indiscriminado de drones contra la población civil
La legislación rusa que penaliza “desacreditar al ejército” derivó en miles de procesos judiciales y administrativos. Medios independientes fueron cerrados o forzados al exilio. La palabra guerra fue objeto de revisión en la prensa rusa, en los medios digitales y cualquier referencia de ella al tema ucraniano era objeto de sanciones y sentencias. Un ruso fue detenido por exhibir sobre sus hombres el libro “La guerra y la paz” de León Tolstoi, una chica integrante de un grupo musical fue detenida en San Petersburgo por cantar sobre un futuro mejor para su país.
En el plano económico, Rusia ha evitado el colapso inmediato, pero bajo condiciones cada vez más restrictivas. Más de 300.000 millones de dólares en reservas internacionales fueron congelados por países occidentales. Grandes empresas occidentales —desde cadenas de comida rápida hasta automotrices— abandonaron el mercado ruso en 2022. El presupuesto federal de 2024 destinó un porcentaje récord al gasto en defensa. El rublo sufrió episodios de depreciación significativa, obligando al Banco Central a elevar las tasas de interés.
Las exportaciones energéticas se redirigieron hacia Asia, especialmente hacia China e India, con descuentos sustanciales. El crecimiento registrado en 2023 y 2024 estuvo impulsado en gran medida por la producción militar y el gasto estatal, no por inversión extranjera ni modernización tecnológica. Las restricciones al acceso a microchips, componentes electrónicos y tecnología avanzada afectan sectores estratégicos como la aviación civil y la industria automotriz.
Aislamiento del Kremlin en la arena internacional
En la Asamblea General de la ONU, más de 140 países respaldaron resoluciones que condenaron la invasión y exigieron la retirada rusa. Solo pocas naciones como Cuba, Bielorrusia, China, Irán, Eritrea, Sudán o Nicaragua, se han alineado a Moscú en las votaciones de esta organización. En las Naciones Unidas, por mayoría de voto, le han pedido a Putin, que devuelva a los niños ucranianos secuestrados, que abandone la central nuclear de Zaporiyia, que respete la integridad territorial de Ucrania, declarada ilegal la ocupación de Crimea, y condenado la agresión rusa. Nunca antes en la historia de la ONU, una nación con derecho al veto ha sido tan criticada y condenada en la Asamblea General en este siglo XXI.
En 2023 y 2024, Finlandia y Suecia pasaron a ser miembros plenos de la OTAN
Somos testigos de un hecho que en 2020 parecía improbable: la expansión de la OTAN precisamente hacia las fronteras rusas. En 2023 y 2024, Finlandia y Suecia pasaron a ser miembros plenos de la organización. Lejos de debilitar a la OTAN, la guerra impulsó su ampliación, en especial la frontera directa entre Rusia y la Alianza Atlántica. El presupuesto de la OTAN se ha robustecido, y los países miembros han aumentado sus gastos de presupuestos para la defensa a un 5 por ciento del Producto Interno Bruto, reclamo que se venía haciendo hace anos, para enfrentar la amenaza rusa.
En 2023, la Corte Penal Internacional emitió una orden de arresto contra Vladimir Putin, limitando sus desplazamientos internacionales y afectando la proyección diplomática rusa. Cada viaje de Putin al extranjero genera especulaciones sobre una posible detención y entrega a la corte de La Haya.
Paralelamente, la relación con China se volvió más asimétrica: Rusia incrementó sus exportaciones energéticas con descuentos y aumentó su dependencia de bienes industriales y tecnológicos chinos. Asimismo, crece su dependencia estratégica respecto a China e Irán.
Una guerra que redefinió Europa
Ucrania no fue neutralizada ni “desmilitarizada”. No hubo cambio de régimen en Kyiv; por el contrario, el país firmó acuerdos de seguridad bilaterales con varios Estados occidentales. La identidad nacional ucraniana se consolidó frente a la agresión externa y la arquitectura de seguridad europea se reorganizó alrededor de la contención de Rusia.
Lejos de colapsar el país se experimentó una movilización nacional sin precedentes desde su independencia en 1991. La ciudadanía, el sector privado y la diáspora articularon redes de apoyo logístico, tecnológico y financiero que reforzaron la cohesión interna. El renacer del espíritu ucraniano se manifestó en la consolidación de una identidad cívica más allá de diferencias lingüísticas o regionales, unificada por la defensa de la soberanía.
Más allá del campo de batalla, el balance estratégico muestra el fracaso del objetivo político central: Ucrania no fue neutralizada ni desmilitarizada. El orgullo de defender la patria frente al invasor extranjero ha reforzado la identidad nacional ucraniana. Ese resurgimiento también se reflejó en el plano cultural y diplomático. La bandera azul y amarilla se convirtió en un emblema global de resiliencia, mientras artistas, periodistas y líderes locales proyectaron una narrativa de dignidad y determinación frente a la agresión.
Ucrania transformó la agresión externa en un catalizador de afirmación nacional
Las fuerzas armadas modernizaron sus capacidades con rapidez, apoyadas por una sociedad civil activa y una red internacional de aliados. El ejército de esa nación ha desmoralizado a las fuerzas rusas, y lo que muchos consideraban la segunda potencia militar del planeta resultó ser un oso de barro, cuyas piernas y brazos son tronchadas por los ucranianos a diario.
Más que una simple respuesta defensiva, Ucrania transformó la agresión externa en un catalizador de afirmación nacional. En ese proceso, el país no solo defendió su territorio, sino que reafirmó su vocación europea y su compromiso con un orden internacional basado en reglas.
Desde una perspectiva estratégica, la invasión, concebida como operación rápida, terminó siendo una guerra prolongada que ya supera en duración la campaña soviética contra la Alemania nazi, núcleo central del relato histórico ruso.
Aún no se vislumbra un desenlace definitivo. Pero, hasta ahora, el balance para Moscú refleja un costo acumulativo —social, económico y político— que supera con creces los beneficios territoriales obtenidos.
La historia no mide solo kilómetros conquistados, sino la profundidad de las transformaciones estructurales. Y en esa dimensión, la guerra ha alterado más a Rusia de lo que Rusia logró alterar a Ucrania.
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