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Cuba: Un año con Donald Trump


Una cubana sigue el discurso de Trump el 16 de junio de 2017.

LA HABANA, Cuba.- El triunfo de Donald Trump el 8 de noviembre del 2016 resultó para muchos una gran sorpresa, para otros un desenlace esperado y deseado.

Las violaciones de derechos humanos en Cuba vivían una apoteosis mientras el régimen recibía más y más recompensas. Hillary Clinton había prometido que de ganar la presidencia su política daría continuidad a la de Obama y uno de sus objetivos sería el levantamiento total del embargo. Trump, en cambio, representaba un giro potencial a la indolente agenda de su predecesor hacia la Isla.

Su visita a Miami durante su campaña electoral lanzó señales. Repitió en varios mítines que apoyaría al pueblo cubano. Su declaración al morir Fidel Castro contrastó con la del todavía presidente Barack Obama. Trump llamó dictador brutal a ese ser despreciable y mencionó sus abusos y desmanes. El régimen hizo un silencio nada habitual.

El comienzo del mandato de Trump el 20 de enero puso un freno a la dirección y ritmo del llamado deshielo. Tan solo con sus primeras declaraciones se limitaron las visitas de políticos, hombres de negocios, artistas y otros que llenaban pasarelas. Se hicieron menos frecuentes los intercambios entre el oficialismo del régimen y el gobierno norteamericano.

El discurso triunfalista del castrismo daba espacio a uno mucho más cauto, con críticas que nunca señalaban directamente la figura del nuevo mandatario. Frases como: el presidente no está bien asesorado, acompañaban las malas nuevas que llegaban del norte.

La posición del presidente se oficializó el 16 de junio en la ciudad de Miami, frente al exilio y algunos opositores de dentro de la isla. El régimen, antes bendecido y legitimado, era colocado ahora en su justo lugar, el de una dictadura cargada de crímenes y violaciones.

Tendenciosos analistas y voceros predecían que la política de Obama era irreversible, que los cambios de Trump serían solo cosméticos. Lo cierto fue que la etapa de todo a cambio de nada terminó.

El régimen consolaba a sus acólitos argumentando que las medidas y su aplicación no irían aparejadas. Sus agentes salían con discursos aparentemente antagónicos: por una parte, que era un regreso a la guerra fría; por otra, que las medidas anunciadas eran inocuas.

¿Por qué esa aparente contradicción? Definitivamente iban dirigidos a públicos distintos. Uno, para activar a sus aliados contra la nueva agenda; otro, para calmar sus tropas al interior de la Isla. La planificada transferencia de poder de Raúl Castro a sus herederos se desajustaba.

El marcaje de GAESA, como principal blanco de las sanciones, golpeó directamente los planes de garantizar el futuro de esa casta en el poder. Los militares, tanto los que pasarían a retiro como los nuevos que conforman la red del coronel Castro Espín, ya no podrán amasar los prometidos campos de golf, la gerencia y administración de marinas y hoteles desbordados por turistas americanos.

Al mismo tiempo, la presión y sanciones de la administración sobre la narcodictadura de Venezuela ha complicado aún más el escenario para el castrismo. Si bien el chavismo logró debilitar las multitudinarias protestas, la crisis económica no muestra solución posible y mantiene al país en un estatus volátil, cerrándose así para el totalitarismo cubano otra puerta de escape.

Para completar, se destaparon los ataques sónicos. Situación que quizás ha sido, en la práctica, el principal golpe a la política de deshielo. Una glaciación inmediata que culminó el trasiego de agentes de influencia que el régimen movía en ambos lados de estrecho de la Florida.

El régimen cubano muestra su vulnerabilidad ante una administración a la que teme, porque no le ofrece certidumbre alguna. Su experiencia y consejeros le recomiendan estar lo más quieto posible, dejar correr el tiempo para sobrevivir. Alimentar la ilusión de aliados y secuaces, convencerlos de que este es solo un mal momento transitorio.

Es importante remarcar la influencia que han retomado los actores opositores al régimen dentro y fuera de la Isla, así como el papel de los cubanoamericanos tanto en el ejecutivo como en el legislativo estadounidense.

Aunque el giro anunciado aún no se ha aplicado en toda su extensión y rigor —como explicara recientemente el director de políticas de la Casa Blanca Dr. Carlos Díaz Rosillo—, la política está viva y seguirá moviéndose en la dirección de beneficiar al pueblo cubano y no al régimen.

La nueva agenda ha servido también para afincar el esbozo de un mapa político fuera del castrismo, que por supuesto incluye a la oposición. Grupos y figuras antiTrump se desmarcan o guardan silencio sobre la nueva actitud hacia la Isla. Otros la acogemos porque se alinea con nuestras permanentes demandas de presión al régimen.

La dictadura, desesperada, ha salido a apelar ayuda de sus aliados. Una Federica Mogherini, con un discurso claramente antiTrump, finalizó recientemente una visita a la Isla. Sus palabras descubrieron el temor de sus anfitriones y la necesidad de escuchar mensajes de salvación.

El primer año de Donald Trump hacia Cuba se resume en un claro frenazo a la agenda neocastrista, un reencuadre de la problemática cubana y de sus actores políticos. En su segundo año enfrentará uno de los períodos más inciertos y definitivos para nuestra nación.

[Publicado originalmente en Cubanet]

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