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Alcohólicos, el ejército que crece en Cuba


Una vidirera de venta de bebidas alcóholicas en una tienda habanera.

Ella es una más de los tantos alcohólicos que pululan por la isla, esos que en la resaca prometen dejar el alcohol pero lo buscan desesperados cuando están sobrios.

LA HABANA. Existen los que no tienen grandes sueños y se conforman con una vida austera y nada más. La de Ella fue peor. A los quince años se casó y a los diecisiete ya era viuda y con una hija, con muy escasa preparación. Ella no fue más allá de la secundaria básica. A finales de los años ochenta y principio de los noventa la vida se hizo muy difícil para casi todos en la isla, pero en Oriente, en Guisa, era peor, y por eso se decidió por el viaje.

La Habana se convirtió en su sueño más grande. Suponía que la ciudad iba a darle todo lo que estuvo añorando, que el viaje la despojaría de su mala suerte, que conseguiría una mejor vida. Por eso salió de Guisa una mañana e hizo el viaje que, suponía, iba a regalarle todas las bondades de la urbe. La abuela se ocuparía de la nieta, que ya había cumplido cuatro años, hasta que Ella consiguiera el triunfo que buscaba.

Llegó a La Habana “con una mano alante y la otra atrás”, pero su hermano, que ya andaba por aquí, le consiguió un trabajo en una empresa constructora. Unos días después ya era vigilante nocturna, y tenía un albergue donde “vivir”. Las condiciones no eran buenas pero al menos tenía una litera con una colchoneta en un espacio que compartía con un montón de mujeres con historias parecidas a la suya. Fue allí donde Ella destapó su caja de Pandora.

Sería mejor escribir que destapó su botella de Pandora, la primera de todas. Según cuenta, todo fue culpa de la lejanía, de lo mucho que extrañaba a su hija, y de todas aquellas mujeres desesperadas que tampoco conseguían lo que se habían propuesto y la incitaban a olvidar. Ella no quería olvidar pero muy bien que lo consiguió esa noche, y también al día siguiente, y dos meses después llegaría el primer Él, quien le propuso olvidarse de sus angustias disfrutando de los placeres que llegarían cuando juntaran sus cuerpos. Ella aceptó.

Cada noche lo mismo: alcohol, sexo, y un largo día de resaca. Una de aquellas noches no consiguió sentir el camión que vino a recoger los materiales de construcción que nunca llegaron a su destino, pero si apareció su maltrecha firma asegurando que Ella, la custodio, había chequeado la carga. “Si algo se perdió después fue su culpa, por borracha”, así dijo Él, quien era jefe de almacén, y sus compañeras aseguraron que Ella había pasado toda la noche bebiendo… Quizá fue el alcohol quien la salvó de la cárcel, pero la dejó sin trabajo, sin albergue, y la zambulló más en el mismo alcohol.

Lo peor vendría después, y ya en la calle. Una noche aquí y otra allá, hasta que un pariente consiguió que unos ancianos la dejaran vivir en su casa a cambio de que hiciera todas las cosas que se hacen en una casa. Ella aceptó y siguió bebiendo, y en las noches, cuando salía a hurtadillas, se enredaba con alguien que le daba de beber y quizá algún dinero que juntaba, “pa’ mandárselo a mi hija”. Así pasó el tiempo, y Ella siguió en “las mismas”. Su botella de Pandora estaba abierta y no había manera de cerrarla.

Sus peripecias fueron infinitas y miles sus desgracias. Conozco muy bien su historia. Mucho hemos conversado desde que la conocí. Alguna vez hasta pensé recoger sus testimonios en un libro. Cada una de las botellas que vació estuvo acompañada de eventos escabrosos. Hace un año fui a verla a una sala de Psiquiatría, las puertas protegidas por balaustres de hierro, por un candado enorme y de inviolable apariencia. Esa vez apareció en una cuneta, junto a la autopista nacional. La creyeron muerta pero solo estaba borracha.

Ella es una más de los tantos alcohólicos que pululan por la isla, esos que en la resaca prometen dejar el alcohol pero lo buscan desesperados cuando están sobrios. Ellos conocen muy bien lo que significa el rechazo, el desprecio de todos; de los psiquiatras y las instituciones de salud, de los médicos que te encierran en una sala enrejada y te dan una “trova que ni ellos mismos se creen”. Ella conoce muy bien de todo eso. Sabe, por ejemplo que pertenece a un enorme ejército de enfermos. Sabe que para las instituciones de salud en Cuba no es más que un número de una enorme cifra de enfermos.

Y se carcajea cuando la prensa oficial publica que la culpa del número creciente de enfermos es el alto nivel de vida, del dinero que les sobra. A Ella le parece ridículo que esa prensa asegure que si antes de 1959 se bebía menos, la causa era el bajo poder adquisitivo de los cubanos. Ella se molesta cuando esos periódicos, como el Granma, no cuenta con esos pobres borrachos que beben “‘mofuco’, ‘chispa e’ tren’, ‘bájate el blúmer’ o ‘pingutín’, que es como le llama al ‘preparao’ que se bebe en Guisa y en Manzanillo”.

Esta mujer tiene la certeza de que cuando así escriben solo están pensando en los borrachos de cuello blanco, en los que tienen puestos importantes y toman un trago escoltados por la imagen esculpida de Hemingway en el Floridita. Esta alcohólica cree que esa cifra de cuatrocientos mil alcohólicos que advierte el Granma es insuficiente, y que defender el sistema de salud para denigrar a los “borrachos” es asqueroso. Ella se pone a sacar cuentas y sonríe, le parece cínico hablar solamente de ochocientos mil bebedores en riesgos, y supone que son muchos más, como muchos son los que se drogan con psicofármacos, y cree que es tarada la prensa que asegura que el consumo de esas sustancias de prescripción facultativa crece en la isla por el aumento de servicios de psiquiatría que hay en la nación. “Eso es cínico”, dice Ella y sonríe, socarrona, “porque al discurso oficial solo le interesa hablar de ellos mismos y de sus falsas bondades”.

Mi amiga ha conseguido la sobriedad por un año enterito y está feliz, pero no quiere que el gobierno se crea responsable de esa salud que disfruta ahora. A ella no la salvó ninguna institución de salud cubana. Ella no está mejor porque se ocuparan de ella un grupo de trabajadores sociales, ese engendro que, supone, aportó gran cantidad de alcohólicos al país. “Esos muchachos creyeron que se comerían el mundo, y muy poco les duró la fiesta. Desaparecieron enseguida y nada resolvieron”. Y entonces menciona a los alcohólicos que conoce que antes estuvieron en esas filas de trabajadores sociales. Esos que repartían bombillos ahorradores y recogían refrigeradores viejos, los mismos que con notas excelentes soñaron con ser médicos e ingenieros y el gobierno les propuso “ayudar a la revolución”.

Muchos de ellos son alcohólicos hoy, y se van recuperando no por los programas de salud de la revolución. Muchos están hoy en Alcohólicos Anónimos. Ella se carcajea cuando habla de esto, porque dice que en la isla jamás se habla de esa organización, y supone que la razón no es otra que el hecho de que son independientes, que nada le piden al gobierno, que nada quieren de ellos, y también tiene la certeza de que si es tan exitosa esa “organización” es porque no reciben un centavo de nadie, para que no le exijan luego “compromisos”. Su ironía es descomunal e inteligente, es muy aguda esta mujer alcohólica que cree que cualquier día a las autoridades les da por prohibirlos. Luego explica, como si yo no me hubiera enterado, que los alcohólicos anónimos fueron creados por dos norteamericanos, y menciona a Bill y a Bob, el corredor de bolsa y el cirujano que fundaron esa maravilla. “Recuerda que son del Norte”, y menciona el World Learning y todo el “aparataje” que se armó hace unos meses.

Yo la acompañé cuando celebró su primer año sin beber, disfruté por un rato de las bondades de Alcohólicos Anónimos, y tengo la certeza de que funciona muy bien, mejor que muchas instituciones de salud, y creo que su éxito tiene que ver con su independencia. Ahora, mientras cierro estas líneas, pienso en los cubanos que se emborracharan durante estas fiestas, y que usarán como pretexto lo bueno que es olvidar la mala vida que sufren.

[Este artículo de Jorge Ángel Pérez fue publicado originalmente en Cubanet]

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