Sumario
- En el hospital Juan Bruno Zayas de Santiago de Cuba, donde los insumos escasean pero las excusas sobran, la muerte de un querido vecino de Nuevo Bamba expuso la realidad de un sistema sanitario al borde del colapso.
Lo que debió ser una intervención quirúrgica de urgencia para salvar una vida se convirtió en un viacrucis de indolencia, fallas administrativas y escasez extrema: La muerte de Leonardo Orué Calderín, un vecino de la localidad de Nuevo Bamba, en Santiago de Cuba, conocido por su constante labor como donante voluntario de sangre, ha puesto una vez más al descubierto el profundo colapso del sistema sanitario en la isla.
El calvario comenzó cuando el enfermo ingresó en un policlínico de Palma Soriano, con dolores agudos en la madrugada. Como señala el análisis del doctor Yonardo Fonseca, un especialista consultado sobre el caso.
"El dolor ese tan intenso, eso puede ser justificado fácilmente con una úlcera perforada. Es frecuente que las úlceras se perforen en esos horarios, casi siempre comienzan estos casos llegan casi siempre a cuerpo de guardia de noche, ya tarde en la noche o por la madrugada", explicó.
De acuerdo con el relato de la hija, Danieyis Orué, residente en Estados Unidos, a pesar de que el cuadro clínico era evidente, la familia se tropezó con una cadena interminable de obstáculos institucionales y demoras injustificadas. Desde el primer momento en el policlínico hubo retrasos con la decisión de remitirlo, a lo que se sumó la lentitud del transporte.
“El médico en una videollamada conmigo, siempre salvó su responsabilidad y me lo dejó claro que ellos habían hecho lo que lo que estaba en sus manos, que había desde el primer momento reportado la ambulancia, pero que ya no dependía de él. O sea, salvando responsabilidad porque sabía que las cosas con mi padre estaban bastante complicadas. Lo remitieron a Santiago de Cuba”.
Ya en el Hospital Clínico Quirúrgico Juan Bruno Zayas, las excusas institucionales se acumularon y la falta de previsión se hizo evidente.
"Lo vestían de verde, se lo llevaban hasta la puerta del salón, lo volvían a sacar, pues llegaban personas más complicadas que él. El jueves deciden entrarlo al salón y entonces cuando lo van a operar, no hay el grupo de sangre de él. El mismo camillero que saca a mi papá del salón se brinda a vendernos la sangre pero solo podía dar una bolsa, mi papá necesitaba mínimo dos bolsas, conseguimos la otra. A las 6:00 de la tarde lo meten por fin al salón, y, efectivamente, lo que siempre se pensó, una peritonitis !de cuántos días!", lamentó la hija.
La situación se agravó por los criterios médicos previos a la cirugía: los galenos decidieron primero transfundir al paciente debido a sus bajos niveles de hemoglobina, algo que, según expertos, aunque responde a un protocolo lógico para evitar riesgos con la anestesia, terminó estirando peligrosamente los tiempos de espera en un cuadro que no toleraba demoras.
"¿Cómo vas a planificar una cirugía que tienes desde el martes, el miércoles vas a llevar la persona, vas a querer ya ponerle anestesia y te vas a dar cuenta que no tiene que no está el grupo de sangre de ese de esa persona? Eso es algo inhumano".
Cuando finalmente se decidió la intervención quirúrgica de urgencia, los cirujanos se encontraron con un panorama desolador: el abdomen presentaba un cuadro severo de infección avanzada y acumulación de pus debido a las horas perdidas de espera. Aunque inicialmente los partes médicos intentaron calmar a la familia asegurando que la operación había sido "un éxito", la realidad postoperatoria demostró lo contrario.
“Que hubo demora, sí hubo, lo que hay que ver la situación real, qué es lo que estaba sucediendo en cada lugar. Primeramente, llevarlo al policlínico, hubo demora con la decisión de remitirlo, la ambulancia también demoró. Pero lo que sí llama la atención es en el hospital, esa demora tan grande desde que se hizo el diagnóstico hasta que se decidió operarlo”, señaló el galeno.
La falta de medicamentos elementales como el metronidazol, que debió ser conseguido de manera desesperada por allegados, y la escasez crítica de equipos de soporte evidenciaron la vulnerabilidad absoluta en la que se encuentran los hospitales de la isla.
Horas más tarde, tras un nuevo colapso orgánico y una agonía silenciosa en la madrugada, el paciente falleció. Para la familia, el dolor de la pérdida viene acompañado de la indignación: la certeza de que una vida pudo haberse salvado si la emergencia médica se hubiese tratado con la prontitud y humanidad que exige la profesión, y no con la fría burocracia que impera en los centros de salud.
Martí Noticias intentó comunicarse con el hospital para obtener su versión de lo sucedido, pero nadie constestó el teléfono.