El destino final para las cenizas de Fidel Castro

Cementerio Santa Ifigenia en Santiago de Cuba.

En un futuro enojados cubanos optaran por impedir esa romería castrista y como los residentes de Wunsiedel en Alemania, propondrán exhumarlo para incinerarlo y esparcir las cenizas en cualquier lugar.

Durante el verano del 2001, en la localidad alemana de Wunsiedel, por orden del alcalde fueron exhumados los restos de Rudolf Hess, en su tiempo el número dos del partido nacional-socialista nazi. Hess se suicidó en 1987 cuando cumplía cadena perpetua en una cárcel de Berlín Occidental. Fue enterrado según su testamento, pero la tumba se convirtió en un centro de peregrinación neonazi. Miles de admiradores del jerarca nazi viajaban hasta Wunsiedel para rendir tributo.

En el 2005 una corte alemana prohibió las reuniones de los neonazis en esa localidad. La tumba fue demolida, el cuerpo incinerado, y diseminadas las cenizas sobre un lago cercano.

El cadáver de Adolf Hitler nunca apareció y teorías de su escape a Latinoamérica siguen vigentes. Iosef V. Stalin está enterrado en la muralla del Kremlin y ni en Georgia, su país natal, hacen intento para pedir los restos. Solo unos cientos fanáticos comunistas visitan la tumba en diciembre y marzo para recordar el natalicio y la fecha de su muerte.

Tal como lo deseo en vida, Francisco Franco descansa en el Valle de los Caídos en San Lorenzo de El Escorial, junto a correligionarios y enemigos. El dictador paraguayo Alfredo Stroessner fue enterrado en Brasilia, y Anastasio Somoza reposa en el cementerio Woodlawn Park de la Pequeña Habana. Mobutu Sese Seko, el dictador de Zaire, fue enterrado en Marruecos, donde estaba exiliado, y el germanoriental Erich Honecker recibió sepultura en Santiago de Chile, donde terminó viviendo. Unos pocos saben ahora donde se encuentra el cadáver del dictador librio Muamar el Gadafi.

Fidel Castro fue en vida una pieza de museo para los invitados extranjeros que iban a Cuba. Todos querían un minuto con el sujeto para una foto de álbum. Lo mismo un escritor de teorías de las conspiraciones hasta el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa. El último que estuvo en la foto fue el gobernante de Vietnam. Y era que aunque separado de los cargos le creaba problemas a su hermano menor.

Los preparativos del funeral de Fidel Castro fueron como su salud, un secreto de Estado. Con ironía en Cuba decían que la despedida del duelo a Vilma Espín, esposa del ahora gobernante, en el 2007 y al general Julio Casas Regueiro, ex ministro de defensa, en el 2011 fueron los ensayos para el gran funeral.

Se anunció que lo cremaban y por todo el país se firmaría un “solemne juramento” de fidelidad. Las cenizas irían de La Habana a Santiago de Cuba. La Habana siempre le fue ajena, lejana, vista solo desde el asiento del auto. Urbe irreverente, llena de conspiraciones y desafectos, listos a recibir a otro gobierno como le recibieron en enero de 1959. El centro y occidente del país fueron territorios donde mayormente había cubanos alzados en armas. Y le queda solo Oriente, ahora dividida en cinco provincias; pero ya Raúl dijo que iba a dormir en la eternidad para el Segundo Frente, en Guantánamo.

No escogió su natal Birán, se decantó por Santiago de Cuba. Aunque la ciudad de Santiago no es su terruño, y al natal Birán no le gustaba ir. En el Cementerio de Santa Ifigenia, donde está el Mausoleo a José Martí, ya existe el llamado Retablo de los Héroes, donde se colocaron los restos de los asaltantes al Cuartel Moncada. Allí irán sus cenizas, cerca de José Martí, su eterna excusa.

Las interrogantes sobre el destino final de las cenizas vendrán después. En un país de derecho, ninguna localidad deseará tener en su suelo al autor de más de cinco décadas de totalitarismo, miseria y subdesarrollo. Vendrán las propuestas para exhumarlos y lo mismo enterrar en otro lugar o esparcir sus cenizas.

Existirán sus fanáticos que con camisetas estampadas con la imagen del Che Guevara prefieren peregrinar a la tumba y lanzar allí consignas antiestadounidenses, contra la globalización de la economía, contra las multinacionales y pedir el fin del capitalismo.

En un futuro, enojados cubanos optaran por impedir esa romería castrista y como los residentes de Wunsiedel en Alemania, propondrán exhumarlo para incinerarlo y esparcir las cenizas en cualquier lugar. Siempre ha sido Castro partidario de aquella frase de Luis XV – aprés moi, le déluge. Una traducción libre a buen castellano sería algo así como que se jodan los que vienen después.

Para evitar ese futuro debate es mejor que sus cenizas sean ahora dispersas al viento o lanzadas a la fosa de Bartlett, a los pies de la bahía santiaguera.