Sumario
- Mientras la isla registra el menor número de nacimientos de las últimas décadas y acelera su envejecimiento poblacional, cada vez más mujeres aplazan, trasladan o abandonan la maternidad.
- Detrás de las estadísticas hay embarazos interrumpidos, partos vividos en el exilio, niños que conocen a sus abuelos por una pantalla y una generación que no dejó de querer hijos, sino de creer que podía criarlos dignamente en su país.
Cuando Marleidy Muñoz recuerda el embarazo de sus hijos Isla y Lucas en Perú, no habla primero del parto ni del temor que sintió cuando uno de los bebés dejó de ganar peso. Habla de las manos que faltaron: las de su madre sobre el vientre, las de su abuela preparando la ropa y las de una familia que permanecía en Cuba mientras ella y su esposo, ambos periodistas, aprendían solos a convertirse en padres.
Su historia forma parte de una realidad que no aparece completa en las estadísticas. En 2025 nacieron en Cuba apenas 68.064 niños, la cifra más baja en décadas. En solo cuatro años, el país perdió más del 10% de su población, en gran parte debido a la emigración (más de 1,5 millones emigraron según cifras oficiales) que se ha concentrado especialmente en las edades en que suelen formarse las familias. En 2024, la mitad de quienes dejaron Cuba tenían menos de 35 años.
Muchos de esos jóvenes no renunciaron necesariamente a tener hijos; trasladaron ese proyecto al extranjero. El concepto de maternidad desplazada -usado por estudios literarios, migratorios y sobre mujeres desplazadas por conflictos- puede observarse también en las tendencias demográficas. Parte de la caída de los nacimientos se relaciona con que una proporción importante de la población en edades reproductivas ya no se encuentra en el país. Esos hijos no necesariamente dejaron de nacer; muchos nacieron o nacerán en Madrid, Miami, Santiago de Chile, Lima, Montevideo o cualquier otro lugar donde sus madres hayan encontrado las condiciones que no tenían en Cuba. Por solo mencionar un dato, en 2024, en Estados Unidos nacieron 32.315 niños de madres de origen cubano.
El país donde dejaron de nacer los hijos
Marleidy había decidido que sus hijos no nacerían en Cuba.
“Creo, desde un lugar de dolor, que Cuba es un país hoy de supervivencia, de vulnerabilidad total, es casi un no país, donde no hay garantías básicas, donde hay ausencia de todo, donde prevalece el dolor, la represión estatal y los márgenes para la felicidad, para el crecimiento, para la educación sana, apenas existen…”
Marleidy y su esposo Raúl, con sus hijos Isla y Lucas, en Perú
En Perú encontró una atención médica que le permitió estar informada y acompañada por su esposo durante el parto, pero la seguridad tuvo un costo emocional. “No pudimos compartir esa alegría y ese momento con nadie de la familia”, recuerda. La primera abuela que conoció a los gemelos lo hizo cuando ya tenían un año y ocho meses; una de sus bisabuelas murió en la isla sin haberlos abrazado nunca.
Aun así, Marleidy considera que la decisión protegió a sus hijos. “Creo que a quienes benefició en esencia fue a ellos”, afirma. Isla y Lucas crecen con agua potable, alimentos, atención médica y una escuela escogida por sus padres. También pueden dormir sin atravesar apagones de más de 24 horas y crecer sin el riesgo de que el trabajo periodístico de sus padres termine convirtiéndose en citaciones, vigilancia, cárcel o separación familiar. “Desde ese lugar guardo un poco de tranquilidad, porque los siento a salvo”.
Los mellizos conocen Cuba mediante canciones, fotografías y videollamadas; su hija lleva incluso el nombre que les recuerda ese chispazo de tierra en el mar. La emigración les ofreció seguridad, pero los dejó lejos de los abrazos familiares. Esa es la contradicción que atraviesa la maternidad desplazada: poder criar a salvo, a cambio de hacerlo lejos de casa.
Lucas, conociendo a la familia en Cuba desde Perú
La baja fecundidad cubana no comenzó con la crisis actual. Cuba permanece por debajo del nivel de reemplazo poblacional desde 1978, lo que significa que desde hace casi medio siglo las nuevas generaciones no son suficientemente numerosas para sustituir a las anteriores.
Sin embargo, el deterioro reciente ha acelerado la tendencia. Entre 2020 y 2025, el número anual de nacimientos en Cuba cayó en más de un tercio.
La tasa global de fecundidad -el número promedio de hijos que tendría una mujer a lo largo de su vida fértil- se situó en 1,29 hijos por mujer durante 2024 y se mantuvo en el mismo nivel en 2025. Es la cifra más baja de la serie histórica oficial iniciada en 1958 y se encuentra muy lejos de los aproximadamente 2,1 hijos por mujer necesarios para garantizar el reemplazo generacional. tasa bruta de reproducción fue de apenas 0,62 hijas por mujer; es decir, por cada 100 mujeres de una generación nacerían solo 62 niñas para integrar la siguiente, lo que indica que cada nueva generación femenina es considerablemente menor que la anterior.
La caída de los nacimientos no solo se observa en las cifras anuales. También está modificando, de forma silenciosa, la estructura de la sociedad cubana.
Los menores de 35 años representan actualmente solo el 38,4 % de la población cubana, y el grupo de 0 a 4 años es el de menor peso demográfico. Por el contrario, la cohorte más numerosa dentro de la población joven es la de 30 a 34 años, precisamente una de las edades centrales para la formación de familias y también una de las más afectadas por la emigración.
Cuando esos jóvenes se van, no se pierde únicamente fuerza laboral: también se desplazan al exterior los matrimonios, los embarazos y los nacimientos que habrían ocurrido en Cuba.
Ese desplazamiento no puede calcularse con exactitud. Un niño nacido en Chile de una madre cubana no aparece en la estadística de nacimientos de Cuba. Tampoco aparece la mujer que dejó de intentar un embarazo hasta conseguir una visa, ni la que llegó a otro país cuando su edad o sus condiciones de salud ya dificultaban la concepción. Los registros muestran la ausencia final, pero no el proceso que condujo hasta ella.
Es en esa zona invisible donde aparece la maternidad desplazada: el deseo de tener hijos que no necesariamente desaparece, pero es empujado hacia otro momento, otro país o una renuncia definitiva.
“No quería que la maternidad fuera otra forma de supervivencia”
Durante muchos años, Lissette Rosabal pensó que no quería ser madre. La maternidad no formaba parte de sus planes ni de la forma en que imaginaba su futuro. Su esposo Daniel sí deseaba tener hijos y ambos decidieron enfrentar esa diferencia con un acuerdo: esperarían cinco años. Si al terminar ese periodo ella continuaba pensando igual, se separarían para que ninguno tuviera que renunciar a un proyecto de vida fundamental.
No fue una amenaza. Fue la aceptación de que el deseo de tener o no tener hijos podía definir el destino de una pareja.
Con el tiempo, Lissette comenzó a comprender que su rechazo a la maternidad estaba relacionado también con las condiciones materiales y emocionales en las que vivía. “Para mí, tener un hijo allí nunca fue una opción”, afirma al recordar su vida en Cuba.
Según cifras oficiales, el déficit de la vivienda en Cuba supera las 800.000 unidades. Un estudio de 2025 de Food Monitor Program también alertaba que una persona en La Habana necesitaba al menos 10 salarios mínimos para cubrir una dieta apenas suficiente. Hoy esos números han aumentado considerablemente.
La mayoría de la población cubana pasa más de la mitad del día sin electricidad desde hace varios años y a finales de 2025, el propio primer ministro de la dictadura Manuel Marrero reconoció que alrededor de dos millones de cubanos y que solo se esperaba cerrar el año con un 67,2 % de la población recibiendo un servicio gestionado de manera segura.
Una madre que tiene que cocinar con carbón, lavar a mano, buscar jabón, cargar agua porque no llega por las tuberías o reparar objetos heredados dispone de menos tiempo y energía para acompañar emocionalmente a sus hijos. “No porque las familias cubanas no amen a sus hijos, sino porque el sistema las mantiene en un estado de emergencia permanente”, explica Lissette.
Lissette quedó embarazada mientras aún residía en la isla y decidió interrumpir aquella gestación. En su decisión influyeron su edad, sus circunstancias personales y la certeza de que no se sentía preparada para ofrecerle a un hijo la vida que consideraba digna. “Para mí, dar a luz y criar a un hijo en Cuba nunca había sido una opción”, explica. No se trataba únicamente de que no quisiera ser madre en aquel momento. También estaban ausentes las condiciones que le habrían permitido imaginar esa maternidad sin miedo.
Emigró en 2018 buscando seguridad, estabilidad y bienestar. En Chile, ella y su esposo consiguieron trabajo en la Universidad Gabriela Mistral y comenzaron a sentir que podían planificar más allá de la urgencia inmediata. Al cumplirse los cinco años acordados, Lissette se dio cuenta de que algo había cambiado. No solo había madurado: también había cambiado el entorno desde el cual debía decidir.
La llegada de Cecilia no fue accidental. Lo buscaron conscientemente y Lissette quedó embarazada en el primer intento.
Lissette y su esposo Daniel, con su hija Cecilia en EEUU
Vivir fuera de Cuba influyó completamente en la decisión. “Yo quería ser madre, pero no quería que la maternidad fuera otra forma de sufrimiento o supervivencia”, sostiene. Quería condiciones médicas dignas. No deseaba parir sin anestesia, lavar pañales porque no pudiera comprarlos ni vivir con la angustia permanente de no saber si tendría alimentos, medicamentos o productos básicos para su hija. “Quería poder concentrarme en cuidarla, conocerla y acompañar su desarrollo”.
Sostener un embarazo exige una alimentación variada y rica en nutrientes, pero en la isla el acceso cotidiano a proteínas, frutas, vegetales y suplementos es cada vez más difícil. La FAO ya advertía en 2003 que la anemia por déficit de hierro era frecuente entre las mujeres en edad fértil y, en 2014, un estudio realizado en La Habana encontró deficiencia de ferritina en el 66,3 % de las participantes, niveles bajos de zinc en el 36,2 % y anemia en casi una de cada cuatro.
Resultados publicados posteriormente por Food Monitor Program mostraban carencias importantes incluso antes del agravamiento de la crisis actual. Para muchas cubanas, la maternidad desplazada también comienza en la mesa: en el temor de no poder alimentarse adecuadamente durante la gestación ni garantizar después lo indispensable para un hijo.
“Muchas mujeres cubanas no han dejado de desear la maternidad; han dejado de sentir que pueden ejercerla en condiciones dignas”, asegura. Entre las razones menciona la falta de vivienda, los salarios insuficientes y la ausencia de una perspectiva real de futuro. Algunas mujeres, dice, posponen la maternidad mientras esperan emigrar o alcanzar unas condiciones que dentro de Cuba parecen cada vez más lejanas. Otras terminan renunciando completamente.
Su percepción coincide con lo que comienzan a reconocer incluso los especialistas vinculados a instituciones oficiales. El Centro de Estudios Demográficos ha señalado que la calidad de vida, la vivienda y la percepción del futuro influyen en el comportamiento reproductivo.
La diferencia entre criar en Cuba y hacerlo fuera no radica, para ella, en la ausencia de problemas. En cualquier país existen dificultades económicas, cansancio y sacrificios. La diferencia es poder planificar. Tener opciones. Dedicar tiempo a la educación, las emociones y los intereses de una hija, en lugar de concentrar cada jornada en conseguir lo indispensable para que sobreviva.
El reloj biológico no espera una visa
La maternidad desplazada ocurre en la geografía, pero también en el tiempo. Una mujer puede posponer la decisión durante años mientras espera una vivienda, un empleo estable, una reunificación familiar o la salida del país. El problema es que el cuerpo no sigue el calendario económico ni migratorio.
Mientras una pareja espera una visa, ahorra para un pasaje o intenta establecerse en otro país, la edad reproductiva continúa avanzando. El aplazamiento puede terminar en maternidades más tardías, dificultades para concebir o renuncias que nunca fueron del todo voluntarias. Son consecuencias difíciles de medir porque la estadística registra el nacimiento cuando ocurre, pero no el número de años que una mujer esperó hasta sentirse segura para buscarlo.
El Fondo de Población de las Naciones Unidas ha propuesto analizar la caída de la fecundidad desde los obstáculos que impiden a las personas tener la cantidad de hijos que desean y en el momento que prefieren. Bajo ese enfoque, una baja tasa de natalidad no prueba por sí sola que las mujeres ya no quieran ser madres. Puede revelar también una distancia entre el deseo reproductivo y las condiciones económicas, familiares, laborales o políticas para materializarlo.
En Cuba, esa brecha está atravesada además por la emigración. El país mantiene desde hace décadas una fecundidad inferior al reemplazo, pero ahora pierde simultáneamente a una parte considerable de las generaciones que podrían tener hijos. La combinación produce un efecto acumulativo: hay menos mujeres en edad reproductiva dentro del territorio y, entre las que permanecen, muchas enfrentan mayores obstáculos para formar una familia.
La crisis demográfica tampoco implica que todas las cubanas vivan la maternidad del mismo modo. Los datos muestran una aparente contradicción: mientras la fecundidad general alcanza mínimos históricos, la tasa de fecundidad adolescente continúa siendo elevada. En 2024 se registraron 47,1 nacimientos por cada mil adolescentes de entre 15 y 19 años. Los especialistas han vinculado este fenómeno con las uniones tempranas, las desigualdades territoriales y de género y las limitaciones en el acceso a información y métodos anticonceptivos.
Así, mientras unas mujeres retrasan la maternidad durante años por falta de condiciones, otras llegan a ella demasiado pronto y en contextos de vulnerabilidad. Ambos extremos revelan una pérdida de libertad reproductiva: no poder tener un hijo cuando se desea y no poder evitar o aplazar un embarazo cuando todavía no existen condiciones para asumirlo.
El hospital que cambió una decisión
Mayli Estévez siempre quiso tener hijos. Su conflicto nunca fue con la maternidad, sino con el lugar donde tendría que vivirla.
La decisión comenzó a tomar forma cuando acompañó a una amiga a un hospital materno de Santa Clara. Había imaginado las maternidades como espacios destinados a proteger a las mujeres y a los recién nacidos. Lo que encontró fue deterioro, baños desbordados, suciedad, insectos y madres intentando recuperarse del parto en un ambiente que transmitía abandono.
Salió del hospital con una certeza: no quería que su hijo naciera allí. Aquel episodio no eliminó el deseo de ser madre. Lo desplazó. Mayli comenzó a relacionar la posibilidad de formar una familia con la necesidad de salir del país.
Con frecuencia en las redes sociales los cubanos denuncian las pésimas condiciones higiénicas y estructurales de los hospitales, entre los que se incluyen los dedicados a la maternidad.
Críticas condiciones higiénicas y constructivas en hospitales maternos de Camagüey y Güines.
Un análisis de la estructura de inversiones del país explica esta situación, ya que los presupuestos dedicados al sector salud y asistencia social son ínfimos, comparados con otros sectores como la construcción de hoteles y los servicios empresariales.
Estructura de la ejecución de inversiones por actividad económica 2023-2024.
Después de emigrar a España con su pareja, Mayli pudo casarse y acceder a un programa de reproducción asistida dentro del sistema sanitario. La maternidad que en Cuba parecía inaccesible, tanto por el deterioro de los servicios como por las barreras que enfrentaba una pareja del mismo sexo, se convirtió en una posibilidad concreta.
Su hijo nació en España. Allí recibió seguimiento médico, acompañamiento profesional y garantías que ella no había sentido en Cuba. Pero, al igual que Marleidy, descubrió que una maternidad más segura podía ser también una maternidad lejos de la familia. El niño conoce a parte de sus parientes a través de una pantalla. La pareja ha tenido que construir prácticamente sola una red de cuidados que en la isla habría estado formada por abuelos, tíos, primos y amistades.
Mayli no rechazó ser madre. Rechazó hacerlo en un país donde sentía que el nacimiento de un hijo estaría rodeado de demasiados riesgos y privaciones.
Mayli y su esposa Marlys, con su hijo Mateo en España
Su temor al deterioro de la atención maternoinfantil aparece en un momento en que varios indicadores sanitarios han retrocedido. En 2025, Cuba registró una mortalidad infantil de 9,9 fallecidos por cada mil nacidos vivos, frente a 7,1 en 2024. La mortalidad materna también aumentó de 40,6 a 44,1 por cada 100.000 nacidos vivos. Esos datos no permiten atribuir las muertes a las condiciones observadas en un hospital específico, pero sí muestran que dos indicadores utilizados durante décadas por el régimen como emblemas de su sistema sanitario atraviesan un deterioro verificable.
A la precariedad material se suma otro elemento que puede frenar o condicionar la decisión de dar a luz en Cuba: el temor a la violencia obstétrica. Una investigación del proyecto Partos Rotos, basada en testimonios sobre 514 experiencias de partos, documentó prácticas como la prohibición de estar acompañadas, la falta de información y consentimiento, episiotomías, tactos vaginales reiterados, maniobras para acelerar el nacimiento y separaciones inmediatas entre madres y bebés.
Aunque el Ministerio de Salud presentó en 2022 una guía para promover el parto respetado, el reportaje constató que sus recomendaciones no eran obligatorias y que, incluso en los hospitales seleccionados para un proyecto piloto, continuaban experiencias traumáticas. Para mujeres como Mayli y Lissette, el miedo no se limita así a la escasez de medicamentos o al deterioro de las instalaciones: también alcanza la posibilidad de perder el control sobre su propio cuerpo durante uno de los momentos más vulnerables de sus vidas.
Una Cuba reconstruida desde la palabra
Marleidy intenta que sus hijos no hereden únicamente la tristeza de sus padres. Quiere que conozcan la música, las historias, los colores y la fuerza de Cuba sin cargar desde pequeños con todas sus nostalgias.
Imagina que algún día podrán viajar a La Habana, Cienfuegos, Villa Clara y otros lugares que hasta ahora conocen por relatos. Espera que encuentren una nación distinta, capaz de hablar del autoritarismo, la pobreza y la separación familiar como partes de un pasado superado.
“Es una Cuba en mil pedazos que reconstruimos desde la palabra”, dice.
La crisis cubana no ha expulsado solamente a millones de personas. También ha desplazado sus proyectos, sus afectos y sus descendencias. Ha enviado los embarazos hacia otras geografías, ha obligado a postergar decisiones profundamente íntimas y ha convertido la posibilidad de criar un hijo en otro motivo para emigrar.
Porque cuando un país empuja a sus mujeres a marcharse para poder formar una familia, no pierde únicamente población.
Pierde también los nacimientos.
Y con ellos, una parte de su futuro.