La realidad cubana actual se concreta con una palabra que se ha vuelto omnipresente en el discurso de sus ciudadanos: sobrevivencia. Lo que alguna vez fue un sistema aspirante a las garantías básicas universales, hoy se enfrenta a una crisis integral que ha deprimido severamente la percepción de bienestar y ha sumido a la mayoría de la población en una precariedad sin precedentes.
Investigaciones recientes dibujan un panorama desolador: nueve de cada diez habitantes en la isla viven en condiciones de pobreza extrema. Esta cifra no es solo una estadística; se traduce en una erosión cotidiana de la dignidad humana. La crisis ha golpeado el núcleo más básico de la existencia: la alimentación.
Se estima que siete de cada diez cubanos han dejado de consumir al menos una comida al día debido a la falta de recursos. El acceso a servicios fundamentales como la salud, el agua potable, la educación y la vivienda se encuentra drásticamente bloqueado, evidenciando que el modelo actual es incapaz de sostener sus propias políticas sociales.
Para la socióloga cienfueguera Helen Ochoa, la fractura del tejido social es evidente. En una entrevista con Martí Noticias, la experta fue enfática al señalar que la noción de progreso ha desaparecido del imaginario cubano.
“La percepción social en Cuba no es ni de desarrollo ni de bienestar. La única percepción masiva que se respira en Cuba es la de sobrevivencia, una sobrevivencia extrema marcada por una precariedad que puede variar en matices, en dependencia de las posibilidades que cada familia tenga de recibir remesas”, afirmó.
Según la socióloga, incluso los intentos de emprendimiento privado-las pequeñas y medianas empresas-no son necesariamente señales de desarrollo económico interno, sino extensiones de la misma red de auxilio externo.
"Muchos negocios son impulsados o financiados desde el exterior por familiares o socios. Por tanto, eso es una manera de sobrevivencia", explicó.
A la carestía material se suma un componente psicológico y político: la creencia generalizada de que no existen espacios reales para la participación ciudadana o la expresión de críticas constructivas. Esta falta de válvulas de escape para el descontento está erosionando el consenso social y aumentando las desigualdades entre quienes reciben remesas y quienes dependen exclusivamente del salario estatal.
“Antes de la crisis, el criterio general, además por muchas décadas, es que de Cuba había que irse. En este momento te diría que sí empieza a haber una incertidumbre. La gente empieza a sopesar que, en caso de que se produzca el fin del castrismo, podemos quedarnos en Cuba, podemos vender la casa a un precio mayor o rentar porque habrá turismo y no habrá persecución estatal de las actividades privadas, podemos generar algún tipo de iniciativa empresarial con más confianza”, señaló a nuestra redacción, el historiador y cineasta Boris González Arenas, desde La Habana.
La vivencia de la ciudadanía coincide en un punto que es imposible revertir: la gestión económica actual es insuficiente. Para la búsqueda del bienestar, es ineludible un cambio estructural que permita la prosperidad real.
González Arenas subraya que el bienestar social se ve, además, socavado por un entorno de represión y vigilancia:
“Todavía en Cuba, la idea de un cambio político no está bien establecida. No es que la gente no sepa que esto se tiene que acabar, pero, fíjate, es que tiene que acabarse porque estamos tan mal que hace falta que esto se acabe; pero la idea de que el cambio político trae bienestar esa idea todavía no está”.
El castrismo logró sembrar un profundo temor a exigir cambios políticos de fondo. Por eso, muchos prefieren quejarse de la crisis económica actual antes que declarar abiertamente que el Partido Comunista debe dejar el poder y ser ilegalizado en Cuba.
El intelectual habanero considera que el castrismo logró sembrar un profundo temor a exigir cambios políticos de fondo. Por eso, muchos prefieren quejarse de la crisis económica actual antes que declarar abiertamente que el Partido Comunista debe dejar el poder y ser ilegalizado en Cuba.
“Yo creo que el castrismo fue muy efectivo poniendo el miedo al pronunciamiento alrededor del cambio político. La gente no se pronuncia con claridad alrededor de que el gobierno del Partido Comunista no puede ser el que rige en Cuba, no puede ser el que está al frente de Cuba, que el Partido Comunista hay que prohibirlo”.
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