Un arma secreta e invisible que habría provocado devastadoras lesiones neurológicas a decenas de funcionarios estadounidenses, alterando sus vidas para siempre; un gobierno señalado por presuntamente encubrir la verdad sobre esos episodios ocurridos en distintas partes del mundo y uno de los mayores enigmas del espionaje contemporáneo. Esa es la trama de El síndrome de La Habana, el libro de los productores del programa 60 Minutes de CBS, Michael Rey y Oriana Zill de Granados, que sale a la venta esta semana y del que el diario británico The Guardian ya ha hecho una reseña.
Fruto de casi una década de rigurosa investigación periodística, sustentada en historiales médicos confidenciales, testimonios de fuentes internas y documentos de inteligencia, el libro arroja luz sobre la tecnología que habría sido utilizada en los presuntos ataques y expone los esfuerzos de un gobierno estadounidense por minimizar su gravedad, desacreditar las denuncias de las víctimas y negar la posible existencia de una operación encubierta extranjera contra sus propios funcionarios.
La investigación, sin embargo, no se queda en la denuncia, sino que profundiza en la posible autoría detrás del misterioso fenómeno. Aunque Michael Rey y Oriana Zill de Granados admiten que aún falta la “prueba irrefutable” que vincule a Rusia con el síndrome de La Habana, concluyen que la información surgida en los últimos años refuerza esa tesis. El indicio más elocuente es un patrón que se repite en los casos reportados: varias de las víctimas eran altos oficiales de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que, como Marc Polymeropoulos, trabajaban en operaciones contra los intereses rusos o sufrieron ataques durante su estancia en países aliados de Moscú, como el caso de Cuba, o en naciones occidentales marcadas como objetivos del espionaje ruso a nivel global.
El periodista e investigador búlgaro Christo Grozev halló por su lado coincidencias entre los viajes de oficiales de la Unidad 29155 del aparato de inteligencia militar ruso (GRU), y varios de los "incidentes", incluida la presencia de un posible equipo técnico en Cuba cuando comenzaron los ataques masivos en La Habana, en 2016 y 2017.
Rey y Zill de Granados sostienen en su libro que el Kremlin estuvo detrás de al menos algunos episodios del Síndrome de La Habana y atribuyen el presunto encubrimiento de un gobierno de los Estados Unidos no a un complot orquestado, sino a una mezcla de disfunción burocrática, arribismo y temor político.
Otra pieza clave que refuerza la tesis de la implicación de Moscú es la adquisición, por parte del gobierno estadounidense, de un dispositivo portátil que emite microondas pulsadas no térmicas y que provoca síntomas similares a los del síndrome de La Habana. El aparato habría sido obtenido a finales de 2024, aunque su existencia no salió a la luz hasta enero de este año, a raíz de reportajes de CNN y The Washington Post.
En marzo, 60 Minutes de CBS reveló que el artefacto, fabricado con componentes rusos, procedía de “una compleja red ilícita rusa” y que fue adquirido en una operación financiada por el Pentágono, con un coste superior a los $15 millones y la participación de agentes encubiertos del Departamento de Seguridad Nacional. Desde entonces, el dispositivo habría sido sometido a pruebas técnicas y a experimentos con ratas y ovejas en un laboratorio militar secreto.
Estos avances abren un resquicio de esperanza para las víctimas, que llevan años reclamando que se las reconozca oficialmente como blanco de una potencia extranjera.
El libro de Rey y Zill de Granados podría, además, reavivar una de las preguntas fundamentales que siguen abiertas desde 2016: qué papel desempeñó Cuba, si es que tuvo alguno, en los ataques que afectaron a decenas de funcionarios estadounidenses y canadienses destinados entonces en La Habana.
Si los indicios sobre la autoría rusa se confirmaran, cabría preguntarse si una operación de esa envergadura pudo desarrollarse en la isla sin el conocimiento o la complicidad de los servicios de inteligencia cubanos, conocidos por su férreo control sobre la presencia y los movimientos de los diplomáticos extranjeros. El gobierno cubano ha negado desde el principio cualquier implicación en los incidentes. Pero, si Moscú estuvo detrás, ¿actuó La Habana por acción u omisión?
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