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Los masones cubanos, supervivientes del sistema


Templo Masónico, Habana

Vestido impecablemente de blanco, con collarín y mandil, cruza las columnas de Salomón, sube los siete escalones simbólicos: Lázaro Cuesta es el primer negro que alcanza la dignidad de Gran Maestro de la Gran Logia de Cuba en 150 años. Se sienta escoltado por la bandera cubana y la de la colmena con siete abejas, la de la "institución".

Es 24 de junio, día de la masonería moderna, aniversario 300 de la Logia de Inglaterra. Se reparten copas de vino.

Cuesta levanta su mano derecha y hace el primero de siete brindis rituales. "Preparen armas, apunten, fuego", ordena el maestro de ceremonias para cada sorbo. Después los masones entrelazan sus manos en una "cadena fraternal" y proclaman "Libertad, igualdad, fraternidad".

A los 72 años de edad y 50 de masonería, Cuesta es uno de los sobrevivientes de una tormenta que estigmatizó a los masones desde el triunfo de la revolución de 1959 hasta 1990.

"Superamos una crisis en principio de las décadas de años 60 y 70 (...) una gran cantidad de hermanos masones decidieron dejar el país por una razón u otra, y la masonería quedó deprimida", dice a la AFP.

Colonos franceses llegados desde Haití a finales del siglo XVIII fundaron las primeras logias. Tuvieron un duro siglo XIX por su actividad independentista frente a la corona española y alcanzaron su esplendor en la primera mitad del XX.

Es una institución estrictamente masculina, pero admite como paramasónica la femenina "Hijas de la Acacia", fundada en 1936.

Ser masón en los 60, cuando la revolución abrazó el ateísmo, "era pecado", recuerda Juan Antonio Vélez, mulato de 90 años, con 55 en la masonería.
Soldado del régimen anterior, fue licenciado en 1959. Dos años después ingresó en la masonería.

En abril de 1961 Fidel Castro se declaró socialista, nacionalizó la enseñanza y promulgó una reforma urbana, cortando las fuentes de financiamiento de los masones y las iglesias.

Cuba fue el único país socialista "donde continuaron funcionando y trabajando los talleres masónicos", dice en su obra el historiador Eduardo Torres-Cuevas, director de la Biblioteca Nacional.

Ser creyente, masón, no era un delito, pero sí un estigma que limitaba el acceso a puestos del Estado, el empleador del 90% de los cubanos. "Muchos hermanos tuvieron que dejar la masonería, se les aflojaron las patas, porque si estabas en la masonería no podías trabajar", dice Vélez en su casa, rodeado de atributos de Shangó (Santa Bárbara).

De 34.000 miembros, la Gran Logia quedó en 19.500. Vélez montó un puesto de comida callejero hasta 1968, cuando la "ofensiva revolucionaria" terminó con los negocios privados. Cultivó café en un plan estatal, trabajó en una fábrica de tamales. En 1972 se colocó, gracias a un "hermano", como recepcionista en una "posada" (motel) hasta 1994, cuando se jubiló.

En 1991 el Partido Comunista (PCC, único) se abrió a los creyentes y miembros de fraternidades. "Fue liberada la fe", dice Cuesta. Masones, católicos, protestantes y cultos africanos vieron crecer sus filas, incluso con militares y militantes del PCC, los sectores más "duros". "Una gran cantidad de hombres jóvenes se interesaron en ingresar a la masonería (...) y ha habido un notable crecimiento", hasta llegar a los 27.800 actuales, integrados en 321 logias, señala. Pero el renacer no trajo recursos.

"Somos una masonería pobre", comenta Leonardo Hernández, economista jubilado de 82 años. Militan por un "reconocimiento social", ético y moral, y practican la solidaridad.

"Yo me enfermo y siempre hay un masón al lado mío", añade. La composición social y racial de las logias se parece más a la sociedad actual.
"Bueno, yo la logia cuando entro la veo más oscurita", bromea Vélez.

En el techo del salón están representados el día y la noche. El piso es blanco y negro, en alusión racial.

Hay estatuas de Venus (belleza), Atenea (sabiduría) y Hércules (fuerza). Una piedra sin labrar simboliza a los aprendices; una angulosa, a los ya formados.
El Gran Arquitecto, representado por un ojo omnividente, es el supremo hacedor y cada quien le rinde culto según sus creencias.

Cuesta, carpintero bajo y macizo, es también sacerdote de cultos africanos (babalawo), cuya gran deidad es Ifá. Hace unos años inició la reconstrucción del asilo masónico Llansó. Tocó muchas puertas como la del Historiador de La Habana, y encontró ayuda. También en Estados Unidos y Europa. "Un gran trabajo", dice Vélez.

Con el gobierno "son relaciones respetuosas (...) pero consideramos que pudiera existir una posibilidad mucho más amplia", opina Cuesta, quien confía en que la masonería cubana seguirá su remontada.

AFP

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