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Expertos: reglas de Trump sobre Cuba crean ansiedad, pero aclaran los límites


El stand de Pepsi en la Feria Internacional de La Habana.

Dos estudiosos de las relaciones económicas bilaterales, John Kavulich y Gustavo Arnavat, creen positivo que se haya definido la normativa de lo que sí pueden hacer con Cuba empresas e individuos de EE.UU. "El impacto no es tan tremendo", dijo Kavulich en la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pennsylvania.

Dos expertos en las relaciones económicas entre los Estados Unidos y Cuba están de acuerdo en que las medidas implementadas la semana pasada por la administración Trump con respecto a los viajes y el comercio con Cuba crean nuevas ansiedades en EE.UU. y dentro de la isla, pero también establecen algunos límites claros acerca de lo que continúa permitido, que es la mayor parte de lo regulado bajo la administración Obama.

John Kavulich, presidente del Consejo Económico y Comercial Estados Unidos-Cuba
John Kavulich, presidente del Consejo Económico y Comercial Estados Unidos-Cuba

John S. Kavulich, presidente del Consejo Económico y Comercial Estados Unidos-Cuba (USCTEC), y Gustavo Arnavat, asesor sénior del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, grupo de análisis con sede en Washington, DC., fueron convocados por la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pennsylvania para analizar las normas que rigen desde el pasado día 9 los cambios anunciados por Trump en junio en Miami.

"Las regulaciones de la administración Trump [sobre Cuba] fueron diseñadas para crear ansiedad y desalentar a los viajeros y las empresas de participar en negocios (con Cuba), y (en eso) han tenido éxito", opinó Kávulich.

Según Arnavat, quien también representó a EE.UU. en el directorio del Banco Interamericano de Desarrollo bajo la administración Obama, la política recién definida hacia Cuba parece permitir a empresas e individuos estadounidenses hacer negocios con entidades controladas por el gobierno cubano, a diferencia de aquellas que son propiedad de sus fuerzas armadas o sus servicios de inteligencia o seguridad.

"Creo que se está enviando un mensaje a los cubanos de que tal vez Estados Unidos estaría más dispuesto a negociar con ellos si reestructuraran las participaciones en las compañías de manera que menos de ellas fueran propiedad de los militares", opinó Arnavat. "No sé si al gobierno cubano le interese hacerlo, pero al menos esa posibilidad está abierta".

Las 180 entidades con las que han quedado prohibidos los negocios incluyen 83 hoteles, un centro comercial, un par de marcas de ron y una marca de refrescos llamada TropiCola. "La incertidumbre nuestra es [si las nuevas políticas] significan que las empresas estadounidenses no pueden tratar con estas empresas, o si significa que un visitante en Cuba no puede comprar una TropiCola o estos productos de ron en particular, dijo Kavulich.

Sin embargo, Arnavat valoró positivamente que la nueva política haya reducido la incertidumbre en lo tocante al enfoque de Estados Unidos hacia Cuba. "Sabemos ahora en términos de regulaciones cuáles son los límites", dijo. "Cualquier normativa tendrá que verse en la práctica, pero al menos tenemos una comprensión básica de los contornos [de la nueva política]", dijo. Señaló que Obama estaba "muy enfocado en el compromiso" con Cuba, y Trump no lo está. "Pero al menos la gente ahora sabe cuál es la posición de Trump; mientras que antes de su discurso de junio de 2017 [en Miami], definitivamente no sabían qué rumbo tomaría".

Si bien la nueva política limita lo que las empresas e individuos bajo jurisdicción estadounidense podrían hacer con Cuba, la realidad es que no cambiarán muchas cosas para medio centenar de empresas de los EE.UU. que ya están haciendo negocios allí.

“La administración Trump ha protegido a muchas empresas estadounidenses que ya están comprometidas con entidades militares cubanas, específicamente aerolíneas, líneas de cruceros y hoteles como Marriott, por ejemplo, de modo que el impacto no es tan tremendo. Tiene una óptica política. Crea ansiedad, pero ¿se le exige a alguna empresa de los EE. UU. que deje de hacer lo que estaba haciendo? La respuesta es no", apuntó Kavulich, y recordó además que “la gran mayoría de la actividad económica (en Cuba) permanece bajo la autoridad del gobierno".

Gustavo Arnavat, asesor del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales con sede en Washington D.C.
Gustavo Arnavat, asesor del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales con sede en Washington D.C.

Arnavat consideró que "la nueva normalidad" en la política de Estados Unidos hacia Cuba es "bastante positiva", ya que conserva muchas de las características diseñadas por la administración Obama.

Sin embargo, Kavulich anticipó que las restricciones sobre los viajes individuales a Cuba perjudicarán a las aerolíneas de EE.UU., que habían registrado en los últimos dos años un aumento en el número de personas que viajaron a la isla. Las líneas de cruceros, por el contrario, se beneficiarán de la nueva política porque están mejor preparadas para viajes en grupo.

La administración Trump tomó en cuenta que se estaba abusando de esa categoría autorizada de viajes. Por ejemplo, algunos estadounidenses podían decir que estaban de visita en Cuba para reunirse con los cubanos, atendiendo a los requisitos oficiales, pero en lugar de eso se iban a la playa a hacer turismo y a pasar el rato, lo cual les está prohibido por la ley.

Kavulich enfatizó la importancia de las responsabilidades en lo que está ocurriendo. "Una de las razones por las que el presidente Trump pudo hacer lo que ha hecho es lo que los gobiernos de Obama y Castro no hicieron entre el 17 de diciembre de 2014, cuando anunciaron el restablecimiento de relaciones, y el 20 de enero de 2017, cuando Trump asumió la presidencia".

“La administración de Obama podría haber permitido más cambios regulatorios, autorizando específicamente la banca corresponsal directa, e importaciones desde Cuba más allá de las de carbón y café”, explicó Kavulich. Por su parte, el gobierno cubano podría haber hecho más para permitir que las iniciativas de la administración Obama tomaran cuerpo, "lo que básicamente no hicieron".

Arnavat estuvo de acuerdo con Kavulich en que "los cubanos pudieron haber sido mucho más creativos, más rápidos y más generosos en la concertación de acuerdos con Estados Unidos". Sin embargo, señaló que la administración Trump no ha revertido todas las iniciativas de la administración Obama, y dijo que eso debería significar algún alivio para las compañías estadounidenses, que temían algo mucho peor.

Kavulich señaló que 52 compañías estadounidenses tienen presencia en Cuba, entre ellas John Deere, que firmó un acuerdo para exportar tractores agrícolas; Caterpillar, cuyo distribuidor con sede en Puerto Rico está instalando un almacén y un centro de distribución en la Zona Especial de Desarrollo Mariel, y General Electric, que según se ha informado está interesada en instalar una planta hidroeléctrica en la provincia cubana de Matanzas. Sin embargo, esas compañías no tienen oficinas en Cuba, agregó. "Si el gobierno cubano hubiera permitido a las empresas estadounidenses vender productos directamente a los trabajadores autónomos, el sistema se habría arraigado de manera tal que a la administración Trump le hubiera resultado difícil contrarrestarlo".

Kavulich señaló que los ingresos globales totales de esas 52 compañías suman un billón de dólares anuales. "No son jugadores de ligas menores". Sin embargo, la mayoría de ellos, si están haciendo algo en Cuba, no emiten ningún comunicado de prensa. No quieren hablar de eso. Y eso es trágico", dijo.

Desilusión en Cuba

El presidente de USCTEC aseguró que la gente en Cuba no está contenta con la nueva política, “porque muchos de los que trabajan por cuenta propia o están inegrados en cooperativas que tratan con compañías estadounidenses sienten que son rehenes de un objetivo político mayor", agregó. "Y no ven cómo esto los puede ayudar".

Mencionó otros factores de ansiedad internos como la incertidumbre sobre la salida de Raúl Castro de la presidencia en febrero y la probable ascensión del primer vicepresidente Miguel Díaz-Canel; el temor a represalias de Estados Unidos después de que casi dos docenas de diplomáticos estadounidenses en Cuba repentinamente sufrieran problemas de salud; los problemas de Cuba con el menguante apoyo deVenezuela, enfrentada a sus propias cuitas económicas; los bajos precios de las materias primas y los altos precios de las importaciones, y también el mal tiempo: el huracán Irma tocó tierra en Cuba en septiembre. "Han sido fuertemente afectados", agregó Kavulich.

A diferencia de otros analistas, ninguno de los dos se mostró muy optimista respecto a que el cambio de mando en Cuba pueda representar nuevas oportunidades para las empresas de EE. UU. "No nos hagamos ilusiones. La revolución sigue su curso", dijo Kavulich.

Arnavat estuvo de acuerdo: "Quienquiera que se haga cargo va a dedicar su tiempo a proclamar su fe revolucionaria. De eso no hay dudas”, aseguró.

(Reseñado por Rolando Cartaya con información de la Escuela de Negocios Wharton)

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