Lo que estamos viendo en esta postemporada, en la que tres de los equipos de más baja nómina en todas las Grandes Ligas se encaminan hacia la Serie Mundial, causa grietas por igual en los argumentos de quienes exigen un tope y un piso salarial, en medio de las tensas negociaciones de un nuevo convenio laboral colectivo.
La propuesta de limitar, por un lado, el gasto de los llamados equipos ricos, en aras de igualar la competitividad entre todos los equipos de las Mayores, queda sin defensa, al ver cómo los Cerveceros de Milwaukee, los Rays de Tampa Bay y los Guardianes de Cleveland han dejado en el camino a otros mucho más poderosos desde el punto de vista económico.
La rebelión de los pobres
De los cuatro equipos que aún quedan con vida en la postemporada, uno, Tampa Bay, juega en el mercado más pequeño de todo el béisbol y ocupa el lugar 28 con la nómina en efectivo más baja.
Cleveland gasta incluso menos y es el 29 entre los 30 equipos, mientras que Milwaukee, a punto de eliminar a los poderosos Dodgers de Los Angeles, está en la segunda mitad de la lista, con el puesto 20.
Entre los Guardianes (74.4 millones), los Rays (98.5 millones) y los Cerveceros (143.7 millones), no llegan al gasto de los Dodgers, quienes ocupan el primer lugar con 340 millones.
Si Milwaukee finalmente elimina a los Dodgers, la suma de las nóminas de los dos equipos que disputen la Serie Mundial, ya sea Cleveland o Tampa Bay, será la más baja desde que se enfrentaron en 2011 los Cardenales de St. Louis y los Rangers de Texas.
La posición de los dueños
Entonces, ¿por qué es imprescindible el techo salarial, cuando la vida ha demostrado que el dinero no compra campeonatos?
Además, ¿qué tipo de tope salarial buscan los dueños? ¿Uno estricto, rígido, como en la NFL? ¿O uno flexible, como en la NBA?
En la National Football League, las franquicias no pueden pasar del límite impuesto , so pena de fuertes multas económicas, cancelación de los contratos que exceden ese tope y pérdida de selecciones en el draft amateur.
En el baloncesto, los equipos que violen el límite, deberán pagar impuesto de lujo, tal como ocurre hoy mismo en el béisbol, donde, tácitamente, ya hay una suerte de tope salarial.
En todas las ligas deportivas del mundo hay equipos ricos, pobres e intermedios. Y es cierto que existe una disparidad, en el sentido de que los poderosos pueden adquirir a los mejores jugadores a golpe de billete, mientras que los otros tienen que trabajar más duro para identificar y desarrollar las piezas que ajusten en su engranaje, en pos de las victorias.
El dinero no compra campeonatos, pero ayuda. Sin embargo, año tras año, en MLB vemos a los Rays y a los Cerveceros batidos de tú a tú con grandes como los Yankees de Nueva York, los Medias Rojas de Boston o los Cachorros de Chicago, por citar sólo tres de las mayores plantillas.
Los dueños que ahora exigen un tope salarial son los que se han puesto solos la soga al cuello, cuando conceden pactos absurdos en cuanto al monto de dinero, y, sobre todo, al tiempo de duración, con lo que hipotecan el futuro financiero de sus franquicias.
¿En qué cabeza cabe darle a alguien un contrato por más de diez años, cuando está prácticamente garantizado que la última parte de ese tiempo será dinero botado al caño, cuando el implacable tiempo haga mermar la producción de los jugadores?
El entusiasmo inicial de esos contratos se diluye cuando un pelotero veterano sea incapaz de descifrar la velocidad cada vez más endemoniada de los lanzadores de hoy.
O cuando los pitchers envejecidos ya no puedan lanzar con la misma fuerza del principio y sean presa fácil de los bateadores.
La posición del sindicato
Por otro lado, el sindicato de jugadores pide a gritos que los equipos impongan un gasto mínimo obligatorio, que superaría las cifras actuales de Cerveceros, Rays y Guardianes.
Ello, dicen, ampliaría las opciones de los peloteros para firmar contratos más jugosos con cualquier equipo y no limitaría los mejores pactos sólo a aquellas franquicias con la capacidad de pagar.
Pero los propietarios de Milwaukee, Tampa Bay y Cleveland derrumban este argumento con el ejemplo: no necesitamos gastar más para ganar.
Por supuesto que el problema es mantener la competitividad. Cuando los mejores hombres se acercan a la agencia libre, son canjeados inevitablemente, porque no hay con qué retenerlos.
Toca entonces desarrollar el reemplazo prácticamente desde cero y es por ello que muchas franquicias viven eternos procesos de reconstrucción. A algunos, como a los Rays, les sale bien, pero otros se limitan a completar el calendario regular y tratar de pasar de la marca de .500.
El actual convenio laboral colectivo expira el 1 de diciembre y, de momento, las negociaciones están estancadas.
Los propietarios proponen un tope máximo de 245 millones y un mínimo de 171, en busca de corregir la disparidad competitiva, a lo que el sindicato se opone rotundamente, al considerar que ello provoca un desequilibrio salarial aún mayor que el actual.
Por lo pronto, hay que disfrutar las emociones que quedan de aquí a la Serie Mundial, pero cuando caiga el último out y se proclame un nuevo campeón, deberíamos empezar a preocuparnos en serio sobre qué pasará a partir de ahí.
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