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El rostro de Estados Unidos en el extranjero

Una bandera de Estados Unidos
Una bandera de Estados Unidos

Sumario

  • Nuestra era moderna requiere grandes estadounidenses que luchen por alcanzar el ideal presentado por Franklin, que estén impulsados en lo más profundo de su ser por el amor a la patria, y que también pongan su intelecto, su talento y su determinación al servicio de nuestra nación.
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Cada año, cientos de estadounidenses responden a la llamada para representar a su país en la escena internacional como funcionarios del Servicio Exterior. Al hacerlo, se convierten tanto en herederos como en protagonistas de una de las tradiciones más ricas y singulares de la historia humana de la conducción de asuntos de Estado.

Los funcionarios del Servicio Exterior de Estados Unidos son el rostro de Estados Unidos en el extranjero. Destinados en embajadas y consulados de todo el mundo, tienen la tarea de gestionar las relaciones con naciones extranjeras, negociar con gobiernos extranjeros, analizar el impacto de la dinámica política cambiante en la posición de Estados Unidos en el mundo y defender los intereses estadounidenses tanto ante aliados cercanos como ante adversarios acérrimos. Es una vocación con riesgos sin precedentes.

Los diplomáticos estadounidenses de hoy en día navegan por las rivalidades entre grandes potencias, desactivan crisis globales y protegen a los estadounidenses y sus intereses en todos los rincones del mundo. Sus predecesores han forjado milagros, han evitado el apocalipsis y han transformado a Estados Unidos de ser una incipiente república agrícola a ser la nación más poderosa de la Tierra.

Esta labor fundamental sitúa a los funcionarios del Servicio Exterior en la histórica tradición de la diplomacia estadounidense, una tradición que ha demostrado ser indispensable para la seguridad, la prosperidad y las ambiciones globales de Estados Unidos desde su fundación hasta nuestros días.

Esta vocación es tan antigua como el propio Estados Unidos. A principios de 1776, el Congreso Continental envió en secreto a Silas Deane a Francia para comenzar a negociar el apoyo a la causa de la independencia estadounidense. Seis meses después de que Estados Unidos declarara formalmente su independencia de Gran Bretaña, Benjamin Franklin viajó a París en un intento por conseguir apoyo para la naciente causa estadounidense.

Los franceses apoyaron en secreto a los estadounidenses al principio, y luego firmaron tratados en 1778 reconociendo formalmente a Estados Unidos. El espíritu de 1776 triunfó en 1783 con la firma del Tratado de París, en el que la corona británica reconoció a Estados Unidos como un Estado soberano.

Sin diplomáticos como Deane y Franklin, Estados Unidos no existiría. La historia de la diplomacia estadounidense es inseparable de la historia del propio Estados Unidos.

La diplomacia estadounidense consiguió el territorio que convertiría a Estados Unidos en una potencia continental, negoció acuerdos comerciales que darían lugar a la mayor economía del planeta y estableció alianzas que, en última instancia, convirtieron a Estados Unidos en la nación más poderosa del mundo. Desde la doctrina Monroe hasta la reafirmación del liderazgo estadounidense en el Hemisferio Occidental, los diplomáticos han estado en el centro de los momentos más decisivos de la historia de Estados Unidos.

Pero a medida que Estados Unidos se erigía como superpotencia mundial, el enfoque de nuestra política exterior se alejó de nuestro interés nacional. Tanto los responsables de la elaboración de políticas como los diplomáticos se obsesionaron con el multilateralismo y la gobernanza global.

Enamorada del canto de sirena del “fin de la historia”, la clase política estadounidense perdió de vista el propósito de nuestra política exterior y, con ello, el propósito de nuestro Servicio Exterior.

El interés nacional de Estados Unidos sucumbió bajo el peso de instituciones internacionales que no rinden cuentas, la diplomacia pragmática fue sustituida por un idealismo exaltado y los dogmas ideológicos extremos se impusieron al mérito. Nuestra clase política permitió que el Servicio Exterior de Estados Unidos se atrofiara, mientras nuestros competidores estratégicos se esforzaban por erosionar progresivamente el orden unipolar.

La historia no ha terminado. Se sigue escribiendo, y el Servicio Exterior de Estados Unidos debe estar a la vanguardia de la construcción de un futuro en el que Estados Unidos mantenga su fuerza, su soberanía y la confianza en sí mismo para perseguir sin complejos su interés nacional.

El momento actual requiere una política exterior que haga a Estados Unidos más seguro, más fuerte y más próspero, respaldada por un cuerpo diplomático de élite unido en una misión común. Con el presidente Trump, esta misión es clara: poner a Estados Unidos primero.

Por eso el Departamento de Estado ha emprendido iniciativas para fortalecer la captación de personal para el Servicio Exterior y perfeccionar el proceso de selección, con el fin de garantizar que nuestra misión diplomática esté preparada para dar la respuesta de Estados Unidos a los desafíos más acuciantes, desde la reorientación de las cadenas de suministro hasta la migración masiva y mucho más.

Con el presidente Trump el Departamento ha eliminado los excesos en materia de diversidad, equidad e inclusión (DEI) de la contratación para el Servicio Exterior y ha reorientado nuestras pruebas de acceso para evaluar mejor la capacidad intelectual y los conocimientos pertinentes. A los nuevos funcionarios se les enseña historia diplomática seria, conducción de asuntos de Estado y una política exterior basada en el principio “Estados Unidos primero” en lugar de hacerles pasar por el tedio burocrático. Los funcionarios con alto rendimiento pueden ascender a puestos de liderazgo a una edad más temprana en lugar de quedarse estancados en las entrañas de la burocracia. Estamos construyendo un cuerpo diplomático que aproveche el poder estadounidense para obtener resultados para nuestro país en cualquier parte del mundo.

Puede que Franklin fuera uno de los primeros diplomáticos de Estados Unidos, pero las virtudes que encarnaba son las mismas por las que deben esforzarse hoy en día nuestros funcionarios del Servicio Exterior. Franklin era sabio y discreto, carismático y persuasivo, decidido pero paciente. Sus compatriotas destacaban la confianza y la serenidad inquebrantables de Franklin incluso en las situaciones más delicadas. Lo más importante es que Franklin poseía un compromiso inquebrantable con la causa de Estados Unidos, lo que le otorgó la fuerza para poner estas muchas virtudes al servicio de un país naciente que algún día lo llamaría padre fundador.

Nuestra era moderna requiere grandes estadounidenses que luchen por alcanzar el ideal presentado por Franklin, que estén impulsados en lo más profundo de su ser por el amor a la patria, y que también pongan su intelecto, su talento y su determinación al servicio de nuestra nación. Unirse al Servicio Exterior no solo significa formar parte de esta rica historia, sino también, al igual que Franklin, convertirse en el rostro de Estados Unidos y actuar en la historia a medida que se va forjando.

Marco Rubio prestó juramento como el 72.º Secretario de Estado de Estados Unidos el 21 de enero de 2025. El Secretario está creando un Departamento de Estado que coloca a Estados Unidos en primer lugar, “America First”.

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