En marzo de 1995, tuve el privilegio de ser uno de los muchos periodistas que volaron en una de las misiones de rescate.
Muy temprano en la mañana, llegué al hangar de Opa-locka, al noroeste de Miami, donde me encontré con varios de los miembros de la organización y otros voluntarios. Me llamó la atención que allí no había solo cubanos o estadounidenses, también voluntarios de otras nacionalidades.
Tras completar los formularios, realizaron un procedimiento curioso: lanzaron una moneda al aire para decidir quiénes volarían ese día. Luego formamos un pequeño círculo y rezamos juntos por unos momentos.
Al acercarnos a las avionetas, me parecieron preciosas con sus emblemas, pero más me sorprendió al entrar en la cabina de una de ellas, el comprobar lo extremadamente pequeñas que eran en su interior.
Subimos a las naves algunas botellas plásticas con agua, porque no se sabía si más tarde serían necesarias. Minutos después arrancó el motor del avión, que emitía un ruido ensordecedor que solo podíamos atenuar al usar los auriculares con los que nos comunicamos los pilotos y acompañantes.
Así nos elevamos rumbo a las aguas del Estrecho de la Florida.
Las largas horas bajo el ardiente sol transcurrían lentamente. Pero si grande era cualquier incomodidad, mucho mayor era la esperanza de poder divisar alguna balsa y salvar una vida.
Creo que fueron unas tres horas más tarde cuando el piloto exclamó entusiasmado, señalando hacia abajo: “¡Allí, allí…!”. Yo, sinceramente, no podía ver absolutamente nada. Iniciamos el descenso mientras el acompañante confirmaba coordenadas y hablaba por radio.
En aquella ocasión no fue una balsa, sino una embarcación que llevaba varios días a la deriva. Al aproximarnos, volando mucho más bajo, fue cuando realmente pude comprobar su tamaño y observar la desesperanza que reinaba entre los tripulantes, que pronto comenzaron a hacer señas con los brazos y algunas telas.
Efectivamente, las botellas de agua fueron un gran alivio para aquellos pobres desamparados en el mar.
Desde ese momento, el piloto se comunicó con la Guardia Costera de Estados Unidos y permanecimos sobrevolando en círculo la zona hasta que reportaron que iban en su rescate, como era la forma habitual de proceder.
Como digo, aquella embarcación era casi invisible desde las alturas. No puedo imaginar cuán diminuta habría sido una balsa.
A nuestro regreso al hangar viví otro momento dramático. Varias personas esperaban allí noticias de familiares que habían salido de Cuba. Querían saber si habíamos visto algo, pero la descripción que dimos no coincidía con sus relatos.
Una balsa en el Estrecho es como una gota de agua en el mar, pero en ella hay una vida. No se trataba solo de rescates en el mar, se trataba del rescate de la dignidad humana.
Hay experiencias que transforman para siempre la manera de mirar el mundo. La mía, en marzo de 1995, es una de ellas. Después de vivir algo así, nadie puede permanecer indiferente ante quienes arriesgan todo por alcanzar la libertad. Y tampoco puede quedar impasible quien conoce aquel crimen cometido contra cuatro jóvenes que, unidos por su amor a Cuba, solo querían salvar vidas.
Después del derribo de dos avionetas de Hermanos al Rescate, el 24 de febrero de 1996, la distancia entre Cuba y los Estados Unidos fue aún mucho mayor que las 90 millas que les separan.
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