En un movimiento que ha reavivado debates sobre la influencia cubana en el hemisferio occidental, el Departamento de Estado de Estados Unidos publicó el 21 de julio de 2026 el informe Cuba: The Capital of 21st Century Communism (Cuba: La Capital del Comunismo en el Siglo XXI). Este documento exhaustivo, de alrededor de 100 páginas, presenta a la isla como el epicentro ideológico de la izquierda radical global, que busca “socavar, degradar y desestabilizar” a Estados Unidos y los valores de la civilización occidental.
Presentado por el secretario de Estado Marco Rubio, el reporte recopila evidencia histórica y contemporánea sobre ocho vertientes del antiamericanismo esencial del castrismo, que delinean la amenaza persistente representada por el régimen cubano:
1) el rol histórico de Cuba como exportador de la revolución marxista y apoyo a guerrillas en América Latina;
2) las operaciones de espionaje y penetración de inteligencia en Estados Unidos y aliados;
3) las campañas de influencia y propaganda dirigidas a socavar instituciones democráticas occidentales;
4) el respaldo a regímenes autoritarios aliados como Venezuela y Nicaragua;
5) los vínculos con grupos radicales de izquierda y organizaciones políticas en EEUU;
6) el uso de diplomáticos y organizaciones de fachada para actividades subversivas;
7) la estrategia de “guerra híbrida” y desestabilización a largo plazo contra los valores democráticos; y
8) la continuidad ideológica del castrismo como “capital del comunismo del siglo XXI”, que combina ideología, crimen transnacional y operaciones de influencia para constituir una amenaza única a la seguridad nacional estadounidense.
Estos temas se entrelazan para demostrar que Cuba no es un actor residual de la Guerra Fría, sino un actor activo en una amenaza asimétrica. Críticos del régimen llaman al informe “neo-maccarthismo”; sus defensores ven en el documento la transparencia necesaria ante la amenaza híbrida.
Sin embargo, un elemento estratégico del antiamericanismo castrista —la implicación sistemática en el narcotráfico— aparece como un hilo conductor implícito que merece un escrutinio más profundo. Lejos de ser un crimen marginal o una desviación, el narcotráfico ha servido como herramienta financiera, logística y geopolítica para debilitar al “imperio” estadounidense, financiando al mismo tiempo la maquinaria revolucionaria.
En el capítulo titulado “Los hermanos Castro, el narcoterrorismo y Colombia”, en la segunda contribución de este periodista al libro Cubazuela Reloaded, publicado por Fundación para los Derechos Humanos en Cuba, documentamos la intervención cubana en Venezuela y su proyección regional, el fomento del narcotráfico desde Venezuela como zona de amortiguamiento, los lazos con el narcoterrorismo colombiano y la desestabilización de la democracia vecina.
Raíces históricas: del Bogotazo a la exportación de la revolución
La fascinación de Fidel Castro por Colombia se remonta al 9 de abril de 1948. Estudiante de derecho en Bogotá para una conferencia financiada por Juan Domingo Perón, Castro presenció el Bogotazo tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Entre 500 y 3.000 muertos, saqueos e incendios marcaron su visión. “Terminé aquel día empuñando un fusil Mauser”, relató luego. Regresó a Cuba transformado, convencido del poder de la violencia revolucionaria.
Tras el triunfo de 1959, Castro convirtió a Cuba en modelo y exportador de insurrección. En junio de 1961, Manuel Piñeiro “Barbarroja” asumió roles clave en inteligencia y “Movimientos de Liberación Nacional”. El Departamento América del Partido Comunista Cubano se convirtió en el brazo ejecutor de la subversión continental. Desde los años 60 hasta los 70, Cuba entrenó, armó y financió guerrillas en Argentina, Bolivia, Chile, Guatemala, Nicaragua, República Dominicana, Puerto Rico, Perú, Uruguay y, especialmente, Colombia: M-19 (donde militó Gustavo Petro), ELN y, en menor medida inicial, las FARC.
Estos grupos adoptaron métodos terroristas —atentados, secuestros— y criminales para financiarse: asaltos a bancos, extorsión y, crecientemente, narcotráfico.
El propio Castro inició el vínculo con las drogas en la Sierra Maestra, permitiendo cosechas de marihuana para adquirir armamento.
Para mediados de los 70, con Colombia vista como “madura para la revolución”, Fernando Ravelo Renedo llegó como embajador en 1975. En 1979, junto a Gonzalo Bassols, pactó con los narcotraficantes colombianos Johnny Crump y Jaime Guillot Lara: Cuba ofrecería refugio, combustible, radar y protección naval a cambio de transporte de armas para el M-19. La operación involucró principalmente metacualona y marihuana.
Una acusación federal de 1982 en Florida nombró a los dos diplomáticos y agentes del Departamento América, así como al jefe de la Marina de Guerra Revolucionaria, vicealmirante Aldo Santamaría, y a René Rodríguez Cruz, entonces presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, ICAP, un organismo de fachada de la inteligencia castrista. Testigos como Mario Estévez González detallaron distribuciones de cocaína y entregas de ganancias que involucraban al régimen de Castro.
La Habana desestimó las acusaciones como propaganda y reasignó a los “diplomáticos”. Pero el patrón estaba establecido: narcotráfico como medio para financiar la “exportación de la revolución”.
La época dorada: conexiones con el Cártel de Medellín
Los lazos con Pablo Escobar representaron el pico del pragmatismo criminal castrista. El investigador Joseph D. Douglass explicó en su libro de 1990 “Red Cocaine: The Drugging of America” el caso Ochoa de 1989 —el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa y el coronel Tony de la Guardia— como una purga para encubrir involucramientos más profundos. Douglass expone que, en Medellín, arrestos posteriores al ajusticiamiento de Escobar revelaron la presencia allí de más de dos decenas de cubanos con pasaportes falsos.
El jefe de seguridad de Escobar, Jhon Jairo Velásquez, alias “Popeye”, proporcionó detalles de la conexión cubana en sus memorias “El verdadero Pablo, sangre, traición y muerte”: Escobar contactó una vez a Fidel usando al Nobel Gabriel García Márquez como mensajero. La ruta de la cocaína: desde Buenaventura en el Pacífico colombiano a México, luego a Cuba por avión, custodiada en la isla por militares controlados por Raúl Castro, y de ahí a EEUU en lanchas rápidas. La Habana recibía 2.000 dólares por kilo transportado y 200 por kilo almacenado. Según “Popeye, Escobar valoraba la “seriedad” de Raúl Castro para hacer negocios.
Los narcos cubanoamericanos Reynaldo y Rubén Ruiz confirmaron en la serie televisiva Cuba and Cocaine (PBS, 1991) operaciones de tráfico en Varadero, protección naval y pistas militares. Rubén describió lujos y autorizaciones de vuelo codificadas.
El fundador del Cártel de Medellín Carlos Lehder vinculó a Raúl Castro con el narcotráfico en su testimonio en el juicio a Manuel Noriega (1991). Luego relató en sus memorias una breve reunión con el menor de los Castro en Cuba y la asignación de Cayo Largo del Sur para sus actividades. “Necesitamos todos los dólares que podamos conseguir”, le dijo Tony de la Guardia según Lehder, quien envió a EE.UU. cientos de toneladas antes de su extradición.
Juan Reynaldo Sánchez, exmiembro de la escolta del dictador cubano, relató en “La Vida Oculta de Fidel Castro” cómo escuchó una conversación de Castro con el entonces ministro del Interior José Abrantes sobre un narcotraficante que pagaría 75.000 dólares por unas vacaciones familiares en Cuba. Abrantes fue condenado en la “Causa 2 de 1989” pero murió pronto en prisión.
Robert Vesco, financista fugitivo de la justicia estadounidense, actuó como facilitador en Cayo Largo del Sur, conectando con Lehder para operaciones. Acusado en 1989, Vesco terminó preso en Cuba por fraude y murió en prisión.
Tras el escándalo sobre sus relaciones con Escobar, Cuba evitó el tránsito de la droga por territorio propio, pero redirigió su participación hacia el uso de Venezuela como zona de amortiguamiento y el apoyo a guerrillas colombianas de las FARC y el ELN, que intensificaron su rol en la producción y trasiego de estupefacientes.
Las guerrillas colombianas: narcoterrorismo como financiamiento
Las FARC, inicialmente reticentes a la tutela cubana, abrazaron el narcotráfico. Oficialmente “cobraban vacunas”, pero Insight Crime estima ganancias de al menos 200 millones anuales en los 2000, incluyendo producción, procesamiento y exportación de cocaína. Operaciones militares como la lanzada contra el Frente 16 (“Negro Acacio”) decomisaron toneladas del polvo blanco; Otra comandante, “Sonia”, fue condenada en EEUU por tráfico de drogas.
El ELN, otro aliado cubano, expandió su presencia en Venezuela después de la desmovilización de las FARC tras los acuerdos de paz de 2016. Hasta hace poco operaba en 12 estados venezolanos, como aliado del Cártel de los Soles, Hezbolá y cárteles brasileños, controlando rutas a Europa vía África.
Los acuerdos militares secretos Castro-Chávez (2007) facilitaron el ingreso masivo de altos oficiales de las FAR y la inteligencia y contrainteligencia cubanas a Venezuela, reformando los servicios venezolanos para control interno y facilitando la actividad del Cártel de los Soles (encabezado por generales de la FANB como Clíver Alcalá). El capo colombiano de las drogas Walid Makled compitió inicialmente con el organismo criminal venezolano, pero los militares se impusieron.
Por otra parte, las computadoras del político de las FARC Raúl Reyes, dado de baja por el ejército colombiano en 2008, revelaron los estrechos vínculos entre las FARC y Chávez, quien proporcionó a la guerrilla armas, refugios en territorio venezolano y financiamiento millonario.
Tras los acuerdos de paz de 2016, las disidencias de las FARC (Segunda Marquetalia, etc.) continuaron el negocio en la frontera disputándoselo con el ELN, con choques como el de la región del Catatumbo en 2025: el conflicto por control de laboratorios y rutas dejó 52.000 desplazados y decenas de muertos.
En una carta enviada en diciembre de 2025 al presidente Donald Trump desde su prisión en Texas, el exjefe de inteligencia militar venezolano, Hugo "El Pollo" Carvajal, denunció que el régimen de Cuba fue el cerebro detrás de la estrategia deliberada para usar el narcotráfico como un arma de desestabilización contra Estados Unidos. La misiva dice textualmente:
“Yo personalmente fui testigo de cómo el gobierno de Hugo Chávez se convirtió en una organización criminal que ahora es dirigida por Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y otros altos funcionarios del régimen”.
“El propósito de esta organización, conocida ahora como el Cartel de los Soles, es utilizar las drogas como arma contra Estados Unidos. Las drogas que llegaron a sus ciudades a través de nuevas rutas no fueron accidentes de corrupción ni simplemente obra de narcotraficantes independientes; fueron políticas deliberadas coordinadas por el régimen venezolano contra Estados Unidos”.
“Este plan fue sugerido por el régimen cubano a Chávez a mediados de la década de 2000 y se ha ejecutado con éxito con la ayuda de las FARC, el ELN, operativos cubanos y Hezbolá. El régimen ha proporcionado armas, pasaportes e impunidad a estas organizaciones terroristas para que operen libremente desde Venezuela contra Estados Unidos”.
El caso Petro
La elección de Gustavo Petro en 2022 materializó, en parte, el “sueño colombiano” de Castro. Exmiembro de la guerrilla M-19, Petro ha sido criticado por una política antidrogas permisiva que disparó la producción de cocaína.
El Departamento del Tesoro de EEUU lo incluyó en la Lista Clinton, citando su ineficacia y el aumento de exportaciones de drogas.
Trump, en su red Truth Social (octubre 2025) y en ruedas de prensa, acusó a Petro de liderar el narcotráfico, y amenazó con cortar la ayuda estadounidense y destruir las “fábricas” de cocaína en territorio colombiano. La Operación Lanza del Sur materializó esta escalada.
El noveno clavo
El informe del Departamento de Estado enfatiza el rol ideológico de Cuba: capital del comunismo contemporáneo, patrocinador de radicalismo, con historia de apoyo al M-19, las FARC, Tupamaros, Sandinistas y Chavismo. Destaca el espionaje en EEUU y la “guerra de desgaste” cultural.
El narcotráfico complementa y potencia esta estrategia. No contradice el reporte; lo enriquece como dimensión criminal-económica del antiamericanismo.
Mientras el informe se centra en la subversión política e ideológica, la evidencia histórica muestra al narcotráfico como financiador pragmático: dólares para armas, desestabilización social en EEUU (sobredosis) y alianzas con regímenes aliados. Es la concreción de la promesa de Castro de “hacer pagar caro” a los americanos.
El reporte menciona apoyo a grupos armados colombianos; el narcotráfico explica cómo se sostuvieron. En Venezuela, la inteligencia cubana ayudó a estructurar el Cártel de los Soles.
El narcotráfico castrista no fue anécdota. Evolucionó desde los plantíos de marihuana en la Sierra Maestra a rutas transatlánticas, integrándose en el crimen organizado transnacional con el ELN, disidencias de las FARC, Cártel de los Soles y Hezbolá. Sirvió para debilitar a EE.UU. internamente.
Bajo la segunda administración Trump, las respuestas incluyen sanciones, operaciones militares y designaciones. El informe de la cancillería estadounidense provee marco doctrinal: Cuba no es una reliquia de la Guerra Fría, sino un actor activo en una amenaza asimétrica.
Añadir esta dimensión criminal sería un clavo más en el ataúd del antiamericanismo castrista. La historia —indictments, testimonios de desertores, computadoras capturadas, testimonios como los de Popeye, Lehder, los Ruiz y Sánchez— es irrefutable. Colombia bajo Petro, Venezuela como santuario y flujos récord de cocaína demandan una acción sostenida.
Cuba sigue siendo, como afirma el informe, la capital del comunismo en el siglo XXI. Su rol en el narcotráfico revela la profundidad del compromiso antiamericano: no solo ideas, sino balas, bombas y polvo blanco.
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