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Con la visita maravillosa del papa Francisco a Cuba y su encuentro protocolar con Fidel Castro, salió a relucir el recuerdo del padre Llorente, porque uno de los regalos del Pontífice al ex gobernante cubano fue un libro sobre este sacerdote ejemplar que fue maestro de Fidel Castro.

Con el padre Llorente murió hace unos años en Miami un hombre de Dios que vivió a plenitud su espiritualidad, su lealtad a la Iglesia Católica y su pasión apostólica por servir a los suyos y a los otros, dentro de los parámetros de salvación concebidos por San Ignacio de Loyola y establecidos por Jesús de Nazaret.

Para la Iglesia Católica cubana, en medio de las turbulencias de violencias inusitadas que vivió el siglo pasado y vive el siglo XXI, la ausencia de un sacerdote formador de generaciones de la talla moral del padre Armando Llorente, fue una pérdida irreparable, por su fidelidad irrestricta al Cuerpo Místico de la Iglesia y a la Virgen María.

De la lista de hombres célebres de las generaciones de jóvenes cristianos que este jesuita español ayudó a formar en Cuba, tanto en la Agrupación Católica Universitaria (ACU) como en las aulas del colegio de Belén, durante la segunda mitad del siglo XX, tenemos que mencionar a Juan Antonio Rubio Padilla, Angel Fernández-Varela, José Ignacio Lasaga, José Ignacio Rasco, Melchor Gastón, Manuel Artime y Fidel Castro, entre tantos otros, que haría interminable esta lista.

En la excepción o punto negro de este conglomerado de celebridades, no podemos dejar de destacar al dictador cubano Fidel Castro, que persiguió a la Iglesia Católica, la maltrató sin misericordia alguna, expulsó de la isla a muchos de sus sacerdotes y fusiló en los muros de la Fortaleza de la Cabaña a algunos de sus hijos más queridos, que lo adversaron.

Pero a pesar de todo ese dolor provocado por Fidel Castro y su revolución comunista, el padre Amando Llorente, como buen alumno de Jesús de Nazaret y confiado siempre en la misericordia de Dios, murió esperanzado en la conversión de este dictador cubano.

La vocación religiosa es todo un misterio de la gracia especial que reciben algunos seres humanos, hombres y mujeres, para dedicar sus vidas al proyecto de servir a Cristo.

Cuando la inspiración jesuítica llegó a la vida del joven Amando Llorente, por su mente pasó la idea de ser misionero como su hermano mayor que se encontraba evangelizando a los esquimales en Alaska.

El Padre Llorente llegó a la isla cubana en 1942 con los dolores de la Guerra Civil Española empozados en su alma. Traía el designio administrativo de trabajar como maestrillo en el colegio de Belén. Y en las aulas de este colegio católico dejó su huella en cientos de estudiantes que fueron sus alumnos muy queridos.

Pasó entonces posteriormente el Padre Llorente a asumir la dirección de la Agrupación Católica Universitaria, una organización mariana integrada por jóvenes que se habían propuesto cristianizar el ambiente universitario cubano ante la secularización y la violencia imperante en sus predios y en algunos sectores del país.

El padre Llorente no demoró con su fortaleza moral, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y sus virtudes de joven sacerdote, apenas 30 años de edad, en impregnar un dinamismo evangelizador a todos los jóvenes integrantes de la Agrupación Católica.

Comenzó una época de crecimiento, evangelización y resultados apostólicos para la institución, que ya la historia cubana comienza con justeza a reconocer. Se inicia entonces en la historia de Cuba lo que se podría denominar su más de medio siglo de sombras y autoritarismos en el siglo XX, que se ha extendido hasta los albores del siglo XXI.

Y las distintas generaciones formadas en la Agrupación Católica Universitaria (ACU) ofrecieron sus esfuerzos y rebeldías liberalizantes con generosidad y sentido cristiano a combatir a las dictaduras de Fulgencio Batista (1952-1958) y la de Fidel Castro (1959-2015). Nadie puede dudar que los jóvenes de la ACU han cargado la cruz de estos años duros y llenos de tinieblas, con todo el estoicismo, disciplina y lealtad cristiana..

El recuerdo de los cuatro agrupados mártires de Guajaibón en diciembre de 1958 es inspirador: Julián Martínez Inclán, Ramón Pérez Lima, Javier Calvo Formoso y José Ignacio Martí Santa Cruz, fueron los últimos mártires de la dictadura batistiana. Con ellos muere también torturado, el campesino Manuel Zabalo Rodríguez.

Posteriormente ya con la traición de Fidel Castro al desviar la revolución cubana hacia el comunismo, mueren en el paredón de fusilamiento los agrupados Rogelio González Corzo, Virgilio Campanería, Manolo Guillot y Alberto Tapia Ruano, entre otros.

Durante el combate insurreccional en el intento heroico de frenar las instauración del comunismo en Cuba, mueren agrupados de la talla de Herman Koch y Juanín Pereira, entre otros, como muestra de que el compromiso por defender la Patria, no poníalímites al sacrificio. También decenas de jóvenes de la Agrupación Católica Universitaria padecieron maltratos y torturas en sus largos años de prisión política, como muestra ineludible del cumplimiento del deber patrio y cristiano.

Con la visita maravillosa del papa Francisco a Cuba y su encuentro protocolar con Fidel Castro, salió a relucir el recuerdo del padre Llorente, porque uno de los regalos del Pontífice al ex gobernante cubano fue un libro sobre este sacerdote ejemplar que fue maestro de Fidel Castro.

¿Por qué el papa Francisco regaló un libro del padre Amando Llorente a Fidel Castro?

No lo sabemos. Tal vez un recuerdo con intención evangelizadora o un motivo para prolongar la ilusión del padre Llorente de esperar por la conversión de su alumno descarriado. Aprovechemos para recordar con todo el cariño y el respeto merecido a este hombre de Dios que se llamó Amando Llorente…

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