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Otro aniversario de una masacre inútil


Raúl Castro junto a la cúpula del gobierno cubano en el acto por el aniversario 63 del asalto a los cuarteles Moncada Carlos Manuel de Céspedes. EFE

El 26 de julio de 1953, los deseos de Fidel Castro de derrocar a Batista se convirtieron en una obsesión

Nunca, ni siquiera cuando a tantos nos deslumbró el triunfo de una Revolución que parecía eliminar todas las injusticias sociales, pude comprender por qué celebrábamos cada año la masacre ocurrida aquel 26 de julio de 1953, donde murieron inútilmente tantos cubanos en unas horas.

El ataque al Cuartel Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba, no se conoce aún en todos sus detalles, a pesar de que se trata de una historia demasiado contada, demasiada repetida durante más de medio siglo.

Resulta interesante la composición social de aquellos que integraron el grupo de asaltantes, carentes sobre todo de una ideología política y vagamente dos de ellos, familiarizados con textos comunistas. De los ciento cincuenta que tomaron parte del ataque, muy pocos eran estudiantes, mientras que la mayoría trabajaba por su cuenta: un relojero, un taxista, un dentista, un comerciante de libros, un deshollinador, tres carpinteros, un carnicero, un vendedor de ostras, dos cocineros y un enfermero.

Pocos eran de las provincias orientales y casi sesenta procedían de La Habana, aunque veinticinco habían nacido en otras provincias. Había una buena mayoría de menores de 21 años y muy pocos pertenecientes a la raza negra.

Señala el historiador Hugh Thomas que ninguno de los asaltantes ¨había estado ligado a Fidel Castro en su época de gangsterismo de la Universidad y ninguno había sido miembro de la UIR (Unión Insurreccional Revolucionaria) o del MSR (Movimiento Socialista Revolucionario), excepto ‘Pata chula’, quien desertó en el último momento¨.Otros trabajaban para empresas norteamericanas, como Santamaría, Montané, etc.

El propósito fundamental de aquella hazaña era -llamémosla así, precisamente hace poco Fidel Castro la consideró innecesaria en aquellos momentos-, capturar una gran cantidad de armas para lograr un levantamiento popular, algo que preconizan las viejas ideas anarquistas y que surgían, sabe Dios por qué, en la mente de Fidel Castro, quien a propósito escogió como bandera los colores rojo y negro del más rancio anarquismo trotskista.

En realidad, aquella llamada ¨generación del centenario¨, tenía como propósito basarse en los ideales de José Martí y el respeto absoluto hacia la Constitución de 1940, un proyecto que en ninguna de sus partes se mencionaba la compra de armamentos caros, para contribuir aún más a la industrializar del país.

El ataque tenía que coincidir con las fiestas santiagueras de ese día. Así muchos soldados y oficiales estarían embriagados de alcohol a las cinco y media de la mañana. Castro se aprovechó del factor sorpresa, pero aún así fracasó. Se trataba de una lucha muy desigual: 135 revolucionarios contra más de mil soldados, mucho mejor armados y entrenados.

Las armas de Castro no pasaban de ser tres rifles norteamericanos, seis viejos Winchester, una ametralladora antigua y fusiles de caza. Todo, según Fidel, incluyendo uniformes de sargentos de Batista que llevaban los asaltantes y transporte, a un costo de veinte mil dólares.

Precisamente por eso, nueve asaltantes se acobardaron, mientras que sólo seis estaban informados del combate. El doctor Muñoz se refirió a eso y dijo que era un crimen engañar a tantos hombres, en una acción que de seguro los llevaría a la muerte.

Mientras el asalto al Cuartel Moncada, como acción de guerra, se conociera al día siguiente como una verdadera masacre, los más destacados comunistas, de fiesta en Santiago de Cuba por esos mismos días, con el objetivo de celebrar el 45 cumpleaños de Blas Roca, su secretario general, eran detenidos y más tarde liberados. Nada sabían de los planes de Fidel. Incluso condenaron públicamente el ataque.

Muchas cosas ocurrieron, que apenas se dicen: la fuga de Fidel, el hecho de haber atropellado con su auto a varios soldados que portaban ametralladoras y por último, escondido durante días en un bosque y descubierto para ser llevado a juicio.

Sus deseos ese día de derrocar al tirano se convirtieron en una obsesión. Tal vez por eso estaba claro en su mente reemplazarlo, hasta convertirse en otro tirano, mucho peor.

[Este artículo fue publicado originalmente en Cubanet]

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