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Una Cumbre borrascosa y bochornosa


Leticia Ramos y Jorleuis García (Antúnez) son atacados por funcionarios de la embajada de Cuba en Panamá.

Algunos acusan a las autoridades panameñas y no consiguen entender por qué la policía, en lugar de apresar a integrantes de ambos grupos, cargara sólo con los anticastristas golpeados.

La Plaza de la Revolución, que de cívica sólo queda el recuerdo y algunos postes sobre los cuales descansan despintados pileus (gorros frigios) que otrora fueron distintivos de la libertad y sus logros, es hoy el centro de poder cubano. Allí se encuentra enclavada la sede del Ministerio del Interior, del MINFAR, el Comité Ejecutivo del Partido Comunista, del Estado y el Gobierno. Esa misma plazoleta ha servido muchas veces de ágora, en aquel lugar los cubanos han reído, llorado, bailado, rezado.

Fue por eso que cuando el general Raúl Castro decidió violar mis derechos y la ley, en claro y punible abuso de su cargo, después de enviar varias cartas a organismos competentes, me manifesté en esa Plaza con pasquines en la mano. Mis protestas no perseguían crear escándalo público, sino provocar la reacción que no se hizo esperar y, cabe aclarar, que cuanto más me manifestaba, más violenta era la respuesta que obtuve de las autoridades cubanas.

La embajada de Cuba en Panamá, tiene igual significado. Era imaginable que cuando un grupo de opositores al Gobierno cubano, en pleno ejercicio de sus derechos, decidió viajar a Panamá, poner una ofrenda floral y manifestar consignas anticastristas frente a un busto de Martí ubicado de cara a la misión diplomática y de los servicios secretos cubanos, sería recibido como un acto de provocación y serían reprimidos sin mediar tolerancia ni civilidad. 56 años viviendo la misma agresiva verbena es más que suficiente para esperar, de parte de los funcionarios cubanos, una reacción sin equidad ni respeto por la opinión divergente.

Algunos apasionados acusan a las autoridades locales y no consiguen entender por qué la policía panameña, en lugar de apresar a integrantes de ambos grupos envueltos en una bochornosa alteración del orden público, cargaran sólo con el grupo de anticastristas golpeados que, repito, únicamente estaban ejerciendo su derecho a manifestarse. Las razones no son justas; son razones:

1.- Porque en los planes de seguridad y contingencia que la embajada de Cuba debió entregar al Gobierno anfitrión, meses antes de la Cumbre, advertía a las fuerzas de orden interior panameñas que dicha sede diplomática, o miembros de su delegación, serían blanco de algún tipo de "provocación".

2.- Porque entre los que reprimieron la pacífica manifestación estuvieron funcionarios cubanos que viajaron a dicha ciudad con pasaporte diplomático y, como tal, permanecen protegidos por la inmunidad que mal usan; artículo 29 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas del 18 de abril de 1961.

Y claro, como decía mi abuela: "Ningún problema es tan grave que no se pueda empeorar". Después de tan execrable incidente, la oficialidad reaccionó como turba exacerbada que exportando su particular modelo "Acto de Repudio", por cada expresión de combate histérico-patriotero, recibiría como premio un televisor, un automóvil o un apartamento en el residencial Alamar.

Como de circo se trataba, nos manteníamos pendientes, a través de las redes sociales, de las incidencias. El diálogo entre cubanos, el debate respetuoso y el intercambio se desvaneció entre gritos, actuaciones ofensivas y otros comportamientos que, frente a la vista de millones, sólo demostraron mal gusto, ignorancia, desconocimiento absoluto de urbanidad y buenas costumbres, incapacidad de conversar, irrespeto y descortesía hacia la persona con la que se disiente y, por supuesto, deplorable educación.

No puede haber medias tintas para decir que episodios como estos, escenificados por ciertos miembros de la sociedad civil cubana en Panamá, nos pone en tela de juicio a todos los cubanos por igual y da sobrados argumentos éticos, morales, políticos y lógicos para que los 193 países restantes continúen pensando que los cubanos merecemos una dictadura porque somos una tribu irracional que sólo sabe bailar, jugar béisbol, tocar maracas y pelear. Vergüenza debería dar.

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