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Celular por pabellón, chantaje de un oficial de prisiones a esposa de recluso


Un recluso permanece en la puerta de su celda, en la prisión Combinado del Este, en La Habana. (Archivo)

A la creciente oleada de violaciones a los derechos humanos que acontecen en las cárceles cubanas se suman las vejaciones que sufren los familiares durante las visitas a los reclusos.

Desde golpizas programadas, traslados arbitrarios hacia centros penitenciarios alejados de sus provincias de origen, hasta muertes por negación de asistencia médica o bajo circunstancias no aclaradas, se encuentran entre las violaciones a que son sometidos los reclusos, tanto comunes como políticos, en las cárceles cubanas.

La reciente muerte de Reidel García Otero en la prisión de Valle Grande, las severas golpizas contra Yandis Francisco Vázquez Díaz—diagnosticado con retraso mental ligero—en el centro penitenciario de Melena del Sur, la negación de asistencia médica y represalias contra Félix Núñez Ibarra en la prisión de Santa Clara, y la corrupción e impunidad que han instaurado oficiales a cargo de Macondo, centro penitenciario para mujeres en La Habana, engrosan la lista de denuncias.

A esta creciente oleada de violaciones a los derechos humanos que acontecen en las cárceles cubanas se suman las vejaciones que sufren los familiares durante las visitas a los reclusos.

María Elena Carnesoltas Chappotin, vecina de Santos Suárez, en La Habana, asegura que en sus 57 años de vida “jamás había sufrido una humillación tan grande” contra su persona como la que cometieron los oficiales de la prisión de Pinar del Río conocida como “Cinco y medio”.

“Me humillaron como persona, como mujer y como negra, en una demostración de arrogancia, de codicia y de un abuso que solo resulta de alguien que se sabe impune”, contó esta mujer en referencia directa al comportamiento del mayor Osmany Carmona, jefe del área 3 de la prisión.

El pasado 29 de enero, María Elena acudió a la visita de su esposo, David Montalvo Díaz, quien cumple una sanción de 10 años de privación de libertad. En esta ocasión también disfrutarían ambos del beneficio de “pabellón”.

Cuando las visitas concluyen, las esposas de los reclusos tienen que esperar dos horas y media antes de bajar a la zona de los pabellones. Casi al llegar a la oficina de requisa, María Elena recordó que había olvidado dejar su teléfono celular en las taquillas.

“Pero la verdad es que me sentía realmente cansada para regresar, así que lo dejé en el fondo de mi bolso de mano”, relató, aún sin creer que su olvido, su cansancio y un celular [HTC] resultasen en el episodio más vergonzoso de su vida.

Sin escuchar sus explicaciones, el mayor Carmona, junto a dos oficiales mujeres, la acusaron de querer entrar el celular para ver “peliculitas pornográficas”, además de advertirle “con despotismo” que por ese hecho podía ser “empapelada completa”.

“De pena y vergüenza comencé a llorar y a pedirle disculpas, que era la primera vez que me había olvidado y que no volvería a suceder”, dijo María Elena. Ante la súplica, el mayor decretó que no habría pabellón, y que no podría entrar al centro penitenciario durante los próximos seis meses.

Ninguno de estos oficiales tuvo en cuenta el excelente comportamiento de su esposo, que en cada visita es felicitado públicamente por los propios reeducadores. Tampoco tuvieron en cuenta que jamás, durante ninguna visita anterior o pabellón, María Elena hubiese incurrido en incidente o falta alguna.

“Tú quieres el pabellón, entonces déjame el celular”, fue el trueque que le ofreció el mayor Carmona ante los ruegos de que su error no perjudicase a su esposo.

“Mi primer impulso fue acceder, pero mi dignidad fue más grande que el error que cometí. Le dije que de esa manera no”, dijo María Elena.

En lo adelante arreciaron las humillaciones y las amenazas no solo contra ella, sino además contra su esposo, ajeno al incidente. El mayor le comunicó que le permitiría dejar la jaba “porque era su derecho como preso”, al tiempo que la llamaban mentirosa y de advertirle que contra su esposo “también se aplicarían medidas”.

Cinco días después de este incidente María Elena pudo comunicarse vía telefónica con su esposo, quien le informó que no le habían permitido quedarse con casi nada de la jaba, ni siquiera con un par de botas nuevas, pues no tenía calzado.

“No es la primera vez, cuando tengo pabellón con mi esposo, que me tratan de manera despectiva y han hecho hasta alusiones peyorativas a mi manera de vestir”, dijo María Elena, aludiendo a una ocasión cuando el capitán Lázaro, orden interior del penal, le recriminó que llevara tanta comida al pabellón: “a ver si te da una embolia”.

“Pero no haberme hecho pasar por tan desproporcional humillación ni que se tomaran represalias desmedidas contra mi esposo por negarme a ser partícipe de la corrupción”, dijo María Elena, quien es consciente de la prohibición de no entrar celulares, incluso reconoce que debió existir una medida.

Ella asegura que llevará su queja a 15 y K (Departamento Provincial de Prisiones), al Consejo de Estado y Atención a la Ciudanía del Ministerio del Interior, “porque alguien tiene que frenar las actitudes que cometen esbirros como el mayor Osmany Carmona”.

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