El Ministerio de Salud Pública de Cuba volvió a reconocer la circulación de varias enfermedades transmisibles en la isla tras meses sin ofrecer detalles sobre su evolución y con un discurso que minimiza la gravedad de la situación.
Según declaró a medios oficiales la viceministra de Salud Pública, Carilda Peña García, actualmente circulan en el país caribeño variantes de COVID-19, influenza, dengue y chikungunya, además de un aumento de las infecciones respiratorias y las enfermedades diarreicas y hepatitis.
La funcionaria atribuyó este comportamiento a factores estacionales, las lluvias y el incremento de mosquitos transmisores, aunque admitió también problemas en el saneamiento ambiental, el tratamiento de las aguas y la recogida de desechos. Sin embargo, las autoridades no divulgaron cifras actualizadas de contagios ni precisaron la magnitud de los brotes.
El reconocimiento oficial se produce mientras aumentan los reportes de casos febriles y sospechas de dengue y chikungunya en distintas provincias, entre otras enfermedades transmisibles agravadas por problemas de insalubridad.
Cuba acumula 7,133 casos de dengue en lo que va de 2026, una cifra que supera ampliamente los niveles habituales para esta época del año, según los datos actualizados del Global Dengue Observatory (GDO), de la London School of Hygiene & Tropical Medicine. En agosto se contabilizaron 3.214 casos, un salto de 32 por ciento respecto a los 2.173 de julio.
Según el GDO, el pico de casos de dengue ocurre históricamente en Cuba en octubre, por lo que lo peor estaría por venir.
A principios de septiembre, la Embajada de Estados Unidos en La Habana emitió una alerta sobre un aumento significativo de enfermedades diarreicas en todo el país. Entre los patógenos detectados figuran E. coli, norovirus, Shigella y otros agentes gastrointestinales.
Organizaciones independientes y especialistas han cuestionado reiteradamente la falta de transparencia del gobierno cubano en materia epidemiológica y señalan que problemas estructurales como la escasez de agua potable, la acumulación de basura y el deterioro de los servicios públicos han contribuido al resurgimiento de estas enfermedades, cuya dimensión real sigue siendo difícil de conocer por la escasa información oficial disponible.
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