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En La Habana los cines "se caen a pedazos y las películas se ven mal"


Cine Yara, en La Habana.

"El sonido es pésimo, las butacas dejan huella y los baños dan asco. Pero ir al cine en la capital cubana, aunque decadente, es una fiesta: los cubanos ríen, hablan, gritan, ¡incluso bailan!", asegura el diario "El Mundo" en un recorrido por los cines de varios países.

¿Cuál es la diferencia entre ir al cine en Nueva York, Moscú o La Habana? Aparentemente, podría decirse que lo único que distingue a cada país es el idioma en el que se proyectan las películas, el precio de las salas o el tipo de filmes que se proyectan.

Sin embargo, ir al cine no tiene nada que ver dependiendo de la ciudad del mundo en que lo hagamos. Así lo ha comprobado el diario español El Mundo, que ha elaborado un mapa que describe las peculiaridades de cada una.

En su recorrido, el corresponsal en Cuba afirma que la característica de los cines de La Habana es que "se caen a pedazos, las películas se ven mal, el sonido es pésimo, las butacas dejan huella y los baños dan asco. Pero ir al cine en la capital cubana, aunque decadente, es una fiesta: los cubanos ríen, hablan, gritan, ¡incluso bailan!".

Afirman que esto sucede "ya sea en el famoso Yara frente al Habana Libre o en el Payret, levantado por un emigrante catalán en el corazón viejo de la ciudad. Ya sea al ritmo de los Van Van o a carcajada limpia con 'Contigo, pan y cebolla', de Juan Carlos Cremata, estrenada hace unos meses. Una comedia situada en los años 50 que refleja problemas muy parecidos a los actuales. Esperanza para el futuro, ¿pero cuándo llega ese futuro?, se cuestiona un personaje".

Pero la capital cubana no es el único lugar peculiar. En Moscú, por ejemplo, en las salas "se permite el alcohol, y hay manga ancha para hablar por teléfono. En lo único en lo que se esfuerzan los que controlan el acceso es en que no se cuelen espectadores borrachos", según El Mundo.

En otras partes del mundo, como Tailandia, lo más llamativo es que "antes de cada exhibición todo el público debe levantarse para escuchar el himno dedicado a la figura del rey local, y desobedecer tal requerimiento puede acabar en un serio incidente judicial".

En su recorrido por el mundo a través de un mapa virtual, se puede conocer también que en los cines de Irán "muchos de los espectadores son jóvenes parejas que aprovechan la oscuridad de la sala para tener una intimidad difícil de conseguir en otro lugar" o que "el 90% de las películas que se proyectan son de producción iraní".

En América, los cines de Caracas sirven para encontrar "cierto refugio en el interior de los mastodontes comerciales" dentro de la inseguridad de Venezuela –el segundo país más peligroso del planeta–, y las salas se convierten así en "pequeñas ciudades donde domina la cinematografía estadounidense aunque en los últimos meses se vive cierto auge del cine local".

En Estados Unidos, en cambio, los cines siguen siendo una seña de identidad del país, aunque hay variedad según las ciudades. Mientas en Los Ángeles "la oferta es inmensa para ver cine de todos los tiempos", en otras ciudades como Miami "han inventado una solución para la caída de espectadores salas de cine que, al mismo tiempo, son un restaurante" donde "uno se acomoda en una mesa con una buena butaca, consulta el menú y ordena una comida que le es servida por un mesero que sabe cómo moverse en medio de la oscuridad".

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