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En 1956, tras la entrada de los tanques soviéticos, 200.000 húngaros huyeron. Ahora, el 70 por ciento de la población rechaza a los migrantes de fuera de la Unión Europea.

Hungría ha vuelto a ponerse visible en el mapamundi, muchos años después de que compartiera imperio con Austria y también de formar parte del eje soviético. Para los cubanos, por razones de caprichos políticos, era fácil identificar ese país a través de los ómnibus Ikarus que, por cierto, ya no circulan. Los llevaron a la isla producto del intercambio comercial socialista con los países del CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica).

Algo más supimos de ese país por unos dibujos animados que servían de relleno en medio planeta, como transición, en horario de máxima audiencia: Gustavo, o Gusztáv en la lengua original. Este era un personaje sin idioma definido –no hablaba-, pero todos sabíamos que era, o es, húngaro.

Después de 1988, o lo que es lo mismo, después de la caída del Telón de Acero, ese país vivió al perecer tan tranquilo que pocas noticias tuvimos de él, hasta ahora. La crisis migratoria más grande después de la Segunda Guerra Mundial está utilizando Hungría como una de las puertas de entrada. Los migrantes, en su mayoría sirios que huyen de un conflicto bélico que parece no terminar nunca (millones de desplazados desde que comenzó la guerra hace cuatro años), tienen como destino final Alemania, principalmente, pero el paso por Hungría, donde deben abordar un tren, se les está haciendo complicado y algunos permanecen allí por varios meses.

El gobierno húngaro, además de alambradas en la frontera, habilitó un espacio debajo de la estación central. Según crónicas que llegan de ese lugar, ahí se ve de todo: niños jugando con un balón, gente herida en la travesía (que es larga y peligrosa), jóvenes tratando de conectarse a redes wi-fi de internet; en fin, lo que hace una sociedad normalmente para pasar el tiempo.

La diferencia con otras olas migratorias de gran magnitud que han ocurrido en el mundo contemporáneo es que esta gente está bien informada. Solo escapa de un país (o de países) sin futuro y con peligro para la vida, pero sus ciudadanos civiles saben manejar las nuevas tecnologías. Esto significa que son, talvez, un poco menos parias. Sí tienen claro que el final de sus días no será en donde, por desgracia, nacieron. Se arriesgan a todo, con la prole a cuestas. De ahí las desgracias que ocurren y que son fotografiadas y vistas en todas partes.

El caso de la reportera húngara poniendo traspiés –literalmente- a los migrantes en la frontera serbia, habla por sí solo del egoísmo al que puede llegar el ser humano cuando ya está acomodado. La reportera, Petra László, ha sido expulsada de su empresa y condenada por los internautas. Aunque ha pedido perdón, su actitud pudiera llevarla a los tribunales y ser acusada de vandalismo.

No obstante la negativa imagen de Hungría dada por Petra László, también llegan reportes sobre un sector minoritario de la población organizado para ayudar a los migrantes. Las ya mundialmente conocidas ONGs (Organizaciones No Gubernamentales) están ofreciendo comida, ropa e información de cómo seguir desplazándose sin tener muchos problemas con las autoridades. Esos sirios desean llegar a Alemania pero, según el Convenio de Dublín, los solicitantes de asilo deberán permanecer en el país por donde han entrado. Así que estas organizaciones recomiendan cruzar a pie la frontera con Austria y no tomar trenes.

La confusión es tal, comenta el investigador Sergio Tirado en The Huffinton Post, que el gobierno de Budapest está dejando salir trenes especiales “de cierto estatus administrativo” directamente hacia Alemania. Al mismo tiempo, Alemania confiesa estar desbordada.

Según Alexander Dobrindt, ministro alemán de Transporte, “Alemania alcanzó los límites de capacidad de acogida y esta señal debe entenderse sin ambigüedades por los otros países europeos”, agregó. "Alemania ha ayudado con el tema de los refugiados desde hace meses y en una amplitud mucho mayor que todos los otros países europeos", lamentó. La Unión Europea está estudiando la posibilidad de distribuir a los migrantes por países, de acuerdo con el Producto Interno Bruto de éstos, entre otros parámetros. Países como España están muy preocupados.

Se espera que al menos 850.000 personas atraviesen el Mediterráneo en busca de refugio en Europa este año y el próximo, dijo la Organización de Naciones Unidas recientemente, pero las estimaciones se ven conservadoras dada la situación del momento. Sabemos que el conflicto migratorio tendrá solución a la vuelta del tiempo; lo que no se sabe es cómo se manifestará en el futuro. Es de suponer, por experiencias anteriores, que los países necesitados de fuerza de trabajo salgan beneficiados, pero ahora estamos ante un fenómeno nuevo que es la diferencia cultural.

De todas maneras, lo que corresponde es ayudar con un voto de confianza en el futuro, no propagar la cacería de brujas por internet (no todos los musulmanes son radicales, eso hay que tenerlo en cuenta).

A los húngaros que ahora están cerrados en banda valdría la pena recordarles de dónde provienen. Provienen de una emigración multitudinaria. En 1956, huyeron 200.000 húngaros tras la entrada de los tanques soviéticos. Ahora, según datos, el 70 por ciento de la población húngara rechaza a los migrantes de fuera de la Unión Europea.

En 1968, el avance soviético originó la huida de 80.000 checos. Como consecuencia, el comunismo aplastó el movimiento reformista de la Primavera de Praga. Igualmente, ahora checos y eslovacos se oponen a la ola migratoria que vive Europa.

Tendría que llegar una Glasnots y una Perestroika en 1988 para que los húngaros se insertaran definitivamente en Europa, tuvieran su independencia de la URSS y dejaran de fabricar ómnibus para Cuba. Un agente externo les cambió la vida y vivieron tan felices que pocas noticias teníamos de Hungría. Hasta ahora.

Ante un crisis como la que vive Europa, los cubanos deberíamos no perder de vista que Estados Unidos absorbió de golpe 125.000 de nuestros nacionales, en 1980. La primera crisis de los balseros no fue fácil de solucionar y trajo problemas a políticos norteamericanos que en aquellos momentos gestionaban sus agendas. Hubo de todo, extremismos incluidos, pero los balseros no volvieron atrás.

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    Jorge Ignacio Pérez

    Nació en La Habana en 1965. Luego de ser tanquista en el servicio militar obligatorio, se graduó en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, en 1992. Trabajó como redactor y fotógrafo de prensa, columnista de teatro y editor en varias publicaciones de la isla. En 2001 se exilió en Barcelona, hasta el año 2012 en que se afincó en Miami, donde reside actualmente. Fue editor del portal on line de asuntos cubanos Cubanet.org. Desde 2007 lleva el blog personal Segunda Naturaleza. Además del libro de memorias Historias de depiladoras y batidoras americanas (Neo Club Press Ediciones, 2014), tiene otro inédito titulado Pasajeros en tránsito.

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