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No matarás


Pero ¿cómo quiere mi buen amigo imprimir esas patas de mosca? José Martí

El autor agradece la aversión de un cubano a infligir daño a otros.

El perfeccionamiento del micrófono supuso un problema de conciencia para José Martí. El mecanismo ponía al descubierto un mundo ignoto: lo inaudible dejaba de serlo para explayarse con una vivacidad avasalladora. El murmullo se volvía fragor; el silencio, silbido, crujido, sonoridad recóndita. El micrófono significó para el oído lo que el microscopio y el telescopio habían significado para la vista, una revolución sensible, la certeza de que donde parecía no haber nada había algo, de que lo callado hablaba, y hasta chiflaba.

El hombre curioso comenzó a acercar el micrófono a los labios de todo, y aunque no todo parecía dispuesto a dirigirle la palabra, jamás volvería a dar por mudo lo que no pareciera capaz de emitir sonido; más bien aceptaría, a regañadientes, que no se trataba de una ausencia de éste sino de un exceso de sordera; la suya. No porque la música de las esferas de que hablaran los pitagóricos sobrepasara el oído humano había que darla por ilusoria: podíamos vivir inmersos en ella y no percibirla; ni percibirla y amplificarla el micrófono, ese aparatito en pañales al que sólo los años o los siglos permitirían documentar la existencia de esa música. Lo inaudible no era menos rico que lo invisible, y lo invisible no era poco: las emociones, los pensamientos, las almas, Dios.

Del problema de conciencia de Martí hay muestra en sus cuadernos de apuntes, pero la primera señal aparece en un artículo publicado en La Opinión Nacional de Caracas el 23 de febrero de 1882:

Se sabe que es el micrófono un instrumento que permite oír con claridad perfecta sonidos tan débiles que pudiera aparentemente haber derecho para negar su existencia. Merced al micrófono, un químico inglés ha llegado a demostrar que esas moscas infelices que miramos sin compasión, y que tan a menudo perecen a manos de niños traviesos, sufren tan vivamente como el más sensible de los mortales, y expresan su dolor en gemidos prolongados y angustiosos, que el micrófono transmite distintamente al oído, y que tienen la naturaleza del relincho del caballo.

No hay muchas moscas en la obra de José Martí, pero es obvio que el sonido amplificado de éstas, hostigadas o moribundas, lo conmovió. El vocabulario que utiliza para denunciar su infortunio y la alusión al caballo, animal de su predilección, dan fe de la empatía que sintió hacia ellas. La sola idea de que un relincho angustioso no fuera más que una variación a gran escala de los gritos de una mosca maltrecha tiene que haberlo abismado. Si la capacidad de sufrimiento del insecto no era inferior a la de ninguna criatura mayor que él ni a la nuestra, nadie que pretendiera matarlo o lo matara le parecería merecedor de disculpa, ni él mismo: Y si mato una mosca, me pongo a discutir con mi conciencia si he tenido el derecho de matarla.

No puedo sustraerme a la tentación de asociar, una vez más, el caudal de finura de espíritu de Martí al de Kobayashi Issa (1763-1827), cuyo interés en el comportamiento y la suerte de las criaturas pequeñas lo sitúan en un lugar aparte entre los poetas japoneses. En un buen número de haikus donde tan pronto saltan pulgas y piojos como revolotean abejas, mariposas y mosquitos, Issa se dispone a abandonar momentáneamente su hogar e invita a las moscas a aprovechar su ausencia para aparearse, preocupado porque su presencia las cohíba de hacerlo o seguro de que, a pesar de los apremios de la libido, aquéllas serían incapaces de incurrir en tamaño impudor delante de él; o las exhorta a disfrutar del canto del cuco; o las descubre en un templo frotándose las patas, como las personas juntan las manos y entrelazan los dedos cuando, embargadas por el fervor religioso, oran; o ve a una de ellas suplicando misericordia e intercede:

¡No, no esa mosca!
Se retuerce las manos,
los pies, implora.

¿No es ridículo un hombre persiguiendo una mosca?, se pregunta Martí. Pero no objeta que una flor aceche al insecto, le tienda una trampa entreabriéndosele y mostrándole sus encantos como una mujer lo hace a un hombre, y que, una vez dentro de ella, la flor lo aprese y devore: Y la dionea, la ostra de las plantas, que se abre traidora, enseñando a la mosca incauta el seno de carmín, y sobre la mosca presa cierra los dos pétalos verdes, con pestañas que se montan y aprietan como los dedos de las manos. La “trampa de Venus” llama la gente a la dionea, que es friolenta y menuda, y crece una con otra como chismeando y en rebaño. Nótese la identificación de la planta con un molusco; luego, con la diosa del amor; más tarde, con un grupo de gente murmuradora, y finalmente con un hato. Imposible salvar a la mosca.

Martí ve moscas en los lugares más diversos: en el árabe que trepa una pirámide en un cuento de Mark Twain; en la flecha que hiere a Menelao y no lo mata gracias a la intervención de una diosa, que desvía el arma al caer como cuando una madre le espanta a su hijo de la cara una mosca, y en las pequeñas embarcaciones que navegan por el East River de Nueva York y se mecen embobadas a los pies del Puente de Brooklyn. No se le escapará la mosca embustera que cuelga al final del hilo de pescar de Stephen Grover Cleveland, vigésimo segundo presidente de Estados Unidos, y decidido a detener la aniquilación indiscriminada del insecto amonestará sobre los riesgos que entraña participar en ella o alentarla: Cuentan que un oso quiso quitar una mosca de la nariz de su dueño dormido, e intentó sacudirla con la garra, con lo que dejó la nariz de su dueño mal parada.”

El escritor británico Roald Dahl (1916-1960) narra la historia de un hombre tan obsesionado con la naturaleza del sonido que inventa una máquina capaz de aprehender y amplificar las frecuencias que escapan al oído humano, y que apenas sale con ella al patio escucha gritos de dolor. No tardará en comprender que provienen de las rosas que corta su vecina: un grito por rosa. Incrédulo, hacha en mano, arremeterá contra un árbol: la hondura del gemido lo sobrecogerá. Martí no se percató de que el micrófono que le había enfrentado al drama de las moscas no era superior al que él mismo, amplificador humano, constituía: En el cuarto oscuro, a medianoche, las cejas, al rozar la almohada, hacían para mí que las oía el mismo ruido que las ramas del bosque en la tempestad.

Tampoco sospechó Roald Dahl que “la máquina del sonido” inventada por él tenía un precedente en la persona del poeta cubano: Me da angustia oír el crujido de las ramas sujetas a su tronco, porque así cruje a menudo mi alma sujeta a mi cuerpo.
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