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El autor estudia algunos ejemplares del bestiario martiano y ve una corazonada en la descripción del gusano.

El animal de José Martí presenta características tan excepcionales como el arca donde el muy confiado sobrevive una inundación pertinaz. El arca es la obra literaria; la inundación, el desinterés de la mayoría de los lectores por la espléndida fauna que esa obra alberga; lectores a quienes sólo interesan el patriota y el hombre de ideas, y no el escritor sensible e imaginativo, capaz de ver en la Tierra un hombre toro que orbita en un laberinto estelar, se desdobla en insecto volador y, ávido de luz, decae y fallece, quizás abrasado:

el mundo
De minotauro yendo a mariposa
Que de rondar el Sol enferma y muere.


Nada añadían los animales de Noé a los animales de Dios. El animal de Martí es un mutante: Un Don Quijote de los insectos: gris, recto como un canutillo; fino como una hebra de hilo, muy alto de cabeza, montado sobre ocho patas, como sobre zancos. Andar digno. ¿Cuándo tanta insignificancia encarnó al personaje de Cervantes y desplegó entre sus congéneres humanos y no humanos tamaña distinción? Nunca, hasta Martí.

Sólo él vio un molusco con posibilidades de vuelo: El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra.

Sólo él comprendió al quetzal, que se echa a morir de vergüenza cuando descubre la única pluma larga de su cola rota.

Sólo él descubrió en la mirada de dos orangutanes bebés, abrazados al talle de una mujer de la raza negra a quien algún desalmado exhibía y atribuía la maternidad de ambas criaturas, el drama de la luz y la inteligencia presas, y hasta el drama del hombre en cautiverio: se siente un malestar invencible, uno como dolor del juicio, cuando se ve el pensamiento caótico bajo aquel cráneo acocado, por aquellos ojos suplicantes y mortecinos, por aquel ademán con que se llevan la mano velluda de uñas carmesíes al cráneo casi mondo, como si quisieran aliviar en él la idea que pide vida: --¡así miran los presos! La elección del verbo “aliviar” indica hasta qué punto el entendimiento en desarrollo de los animales y su impotencia para darle forma y expresión cabales, pueden ser angustiosos. El párrafo de Martí anticipa un haiku de José Juan Tablada (1871-1945):

El pequeño mono me mira
¡quisiera decirme
algo que se le olvida!


Y trasciende uno de Masaoka Shiki (1867-1902):


El simio mira
largamente la luna.
Trata de asirla.

Sólo Martí admiró la prudencia de los gusanos, su afán de hacerse de un destino de altura, y adivinó el carácter emprendedor de miles de compatriotas suyos que a partir de 1960 serían identificados con estos animales y forzados a abandonar su país:

Yo he observado que los gusanos son cautos pero no miedosos.
¿Quién con menos punto de apoyo busca en el aire su camino?
Se asen por la cola, por la boca, por el vientre. Magníficos acróbatas los gusanos.

Adviértase la belleza y la desolación de esa línea donde se reconoce la aspiración de estos invertebrados a superar su sitio a ras de tierra y, solidarios, tirando los unos de los otros, ganar el espacio que se abre sobre sus cabezas, ascender, quizás, en la escala natural: ¿Quién con menos punto de apoyo busca en el aire su camino? No conozco mejor retrato de las primeras oleadas de exiliados cubanos que arribaron a Estados Unidos, aquéllas que, sin hablar inglés y sin más caudal que su espíritu de sacrificio y su laboriosidad, lograron, si no rehacer sus propias vidas, sí encausar exitosamente las de sus hijos ofreciéndoles un mundo de oportunidades.

Ni puedo leer la última frase de este apunte sin pensar en las maniobras que algunos de esos exiliados tuvieron que hacer para rescatar a los suyos durante los episodios de Camarioca y Mariel, y en las maniobras de los propios rescatados, hombres y mujeres de todas las edades y regiones del país que, con mayor o menor dificultad, luego de desplazarse hasta la costa, abordaban las pequeñas embarcaciones, algunos agarrados, para no caerse, a parientes y amigos. El recuerdo de la madre desesperada que, al último momento, puso a su hijo en brazos ajenos porque no quedaba lugar para ella en la embarcación que abandonaba la isla, aún estremece. Magníficos acróbatas los gusanos.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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