El legado de la inteligencia cubana: cómo La Habana exportó su modelo de seguridad en Latinoamérica

Ilustración/Diálogo Américas

Sumario

  • La muerte de Ramiro Valdés en junio cerró la era de los arquitectos del aparato de inteligencia y seguridad cubano creado tras 1959.
  • Cuba exportó a Latinoamérica un modelo de seguridad basado en integración civil-militar, contrainteligencia preventiva, control político y vigilancia poblacional inspirado en la KGB soviética y la Stasi.
  • La inteligencia actuó como multiplicador de poder regional de Cuba, permitiendo construir redes con cuadros políticos, militares y funcionarios de seguridad latinoamericanos sin requerir recursos económicos significativos.
  • Cuba adaptó su proyección regional hacia operaciones informativas, diplomacia política, redes transnacionales, institucionales y campañas digitales, utilizando instituciones como el ICAP y espacios como el Foro de São Paulo y ALBA.

La muerte, el pasado mes de junio, de Ramiro Valdés Menéndez, uno de los principales arquitectos del aparato de inteligencia y seguridad interna cubano, marcó la desaparición de una de las últimas figuras históricas vinculadas a las estructuras creadas tras la llegada al poder de Fidel Castro, el 1 de enero de 1959.

Durante casi siete décadas, la exportación de la revolución proporcionó el marco ideológico para difundir en Latinoamérica un modelo de seguridad basado en la integración de los aparatos civil y militar, la contrainteligencia preventiva, el control político de las fuerzas armadas y la vigilancia de la población.

Según el analista político cubano José Manuel González Rubines, codirector de CubaXCuba, un centro de estudios sobre Cuba con sede en Estados Unidos, en los países que adoptaron este modelo, inspirado en parte en la KGB de la Unión Soviética y la Stasi de Alemania Oriental, “el servicio deja de espiar o de funcionar para protegerse de un enemigo exterior o interior y empieza a espiar a cuadros propios, manteniendo la seguridad de la élite gobernante y convirtiendo al Estado en una especie de propiedad de quien lo dirige”.

El objetivo de La Habana ha sido doble: contribuir a la supervivencia de gobiernos aliados y construir una red de Estados y actores políticamente afines capaces de respaldar a Cuba en los ámbitos diplomático, económico y geopolítico.

Según un informe del Departamento de Estado de los Estados Unidos publicado en julio, “los cubanos entrenaron y armaron a decenas de miles de guerrilleros de izquierda, supervisaron violentas insurrecciones que sembraron el caos en varios continentes y respaldaron sangrientos ataques extremistas en todo Estados Unidos”.

Sin embargo, en un contexto latinoamericano marcado por el debilitamiento de algunos de sus aliados tradicionales y por una profunda crisis económica interna, La Habana ha adaptado progresivamente sus instrumentos de influencia. Hoy esa proyección se manifiesta cada vez más mediante una combinación de operaciones informativas, diplomacia política, movilización de redes transnacionales, vínculos institucionales y campañas de influencia digital.

La inteligencia como instrumento de proyección regional

Para un país con recursos económicos limitados y una reducida capacidad militar convencional, la inteligencia se convirtió como un multiplicador de poder. A través de la Dirección General de Inteligencia (DGI), —posteriormente denominada la Dirección de Inteligencia (DI)— y de los órganos de contrainteligencia del Ministerio del Interior, La Habana construyó durante décadas una red de relaciones con cuadros políticos, oficiales militares y funcionarios de seguridad latinoamericanos, que otorgó a la isla una influencia regional superior a su peso económico.

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Cuba también exportó modelos de seguridad, técnicas de contraespionaje y herramientas de control social que permitieron trasladar parte de su experiencia interna a las instituciones de países aliados.

“Es un sistema de intervención con un costo bajo y una rentabilidad alta. No requiere portaviones, no requiere que Cuba tenga bases, requiere simplemente cuadros formados, procedimientos, métodos”, explica Rubines a Diálogo.

Uno de los pilares histórico de este sistema son los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), una estructura territorial de movilización política y vigilancia vecinal presente en barrios de toda la isla. Con la expansión de Internet y de las comunicaciones móviles, esa capacidad de monitoreo también se trasladó al entorno digital.

Un informe publicado en enero de 2026 por la organización Prisoners Defenders, basado en testimonios de 200 personas, encontró que el 88 por ciento afirmó que las autoridades cubanas habían mencionado sus publicaciones o mensajes digitales durante citaciones, detenciones, interrogatorios u otros procedimientos. Casi la mitad declaró que comunicaciones privadas de mensajería habían sido interceptadas y posteriormente utilizadas por las autoridades.

“El modelo cubano no está construido para reprimir multitudes, sino más bien para que las multitudes no se formen. Es un sistema muy enfocado en el sujeto más que en el acto. El objeto no es castigar una conducta, sino más bien desarticular a una persona de un vínculo, utilizando mecanismos como el rumor, la calumnia, la sospecha de infiltración, ruptura de confianza dentro del grupo, empuja al exilio”, afirma el analista.

La exportación de este modelo encontró en Nicaragua uno de sus ejemplos más significativos. Tras la victoria del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1979, asesores cubanos contribuyeron a la construcción de las nuevas estructuras de seguridad del Estado.

Con el regreso al poder de Daniel Ortega en 2007, la cooperación con La Habana volvió a concentrarse en áreas de inteligencia, contrainteligencia y seguridad interna. Investigaciones periodísticas y testimonios de exmilitares nicaragüenses han señalado la presencia de asesores cubanos en instituciones como la Policía, Migración, Aduanas y el sistema penitenciario, una participación que, según esas fuentes, se intensificó tras las protestas de 2018, cuya represión dejó centenares de muertos.

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Venezuela también representó durante más de dos décadas uno de los principales pilares de la proyección regional del aparato cubano. Informes de organismos internacionales y testimonios de exfuncionarios documentaron la participación de asesores cubanos en áreas de inteligencia y contrainteligencia. Tras la detención de Nicolás Maduro a comienzos de 2026, esa presencia comenzó a reconfigurarse, junto con la relación de seguridad mantenida durante años entre Caracas y La Habana.

Para Rubines, esta estrategia ha amenazado la democracia en la región, al contribuir a la erosión institucional, la restricción de las libertades civiles y la consolidación de prácticas autoritarias. “Además de autoritarismo, este modelo cubano fabrica cerraduras donde la vía institucional se cierra y la presión se desplaza hacia la violencia o el exilio”, dijo.

Paradójicamente, el precio más alto ha sido pagado por los propios cubanos. Durante casi siete décadas, el régimen destinó enormes recursos al mantenimiento de un amplio aparato de seguridad y control social, en detrimento del desarrollo económico y de la mejora de las condiciones de vida de la población.

La guerra híbrida

Durante los últimos 25 años, La Habana ha adaptado sus instrumentos de proyección regional. El apoyo a movimientos armados, que caracterizó etapas anteriores, perdió centralidad frente a una combinación más amplia de influencia política, diplomacia, misiones profesionales, redes académicas y culturales, medios estatales y campañas digitales.

“Se ha pasado del cuadro armado al nodo político legal. O sea, la sustitución del guerrillero por el diputado, por el sindicalista, el catedrático, por la organización de solidaridad”, explica Rubines.

Pese a la crisis económica y energética, La Habana sigue apoyándose en una extensa infraestructura transnacional para proyectar influencia en la región.

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El Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), sancionado por Estados Unidos en junio, es considerado uno de los principales instrumentos de influencia internacional de Cuba. Fundado por Fidel Castro en 1960, promueve oficialmente redes de “amistad” y “solidaridad” con la isla. Exfuncionarios de la inteligencia cubana han sostenido que, aunque el ICAP no forma parte oficialmente de la DI, sus actividades y relaciones internacionales han estado históricamente sujetas a una estrecha influencia de los servicios cubanos.

Actualmente el ICAP está dirigido por Fernando González Llort, uno de los integrantes de la red de espionaje conocida como la Red Avispa, condenado en Estados Unidos por actividades vinculadas al espionaje.

Un estudio de monitoreo del centro de estudios mexicano Gobierno y Análisis Político (GAPAC) sobre 71 eventos realizados en Latinoamérica entre el 1.º de marzo y el 27 de abril de 2026 mostró la capacidad del régimen cubano para movilizar rápidamente sus redes de apoyo en momentos de dificultad.

México aparece como el principal nodo de esa estructura, mientras Colombia y Brasil destacan por la actividad de redes políticas, profesionales y de solidaridad vinculadas a la isla. Estas redes combinan campañas de apoyo, iniciativas políticas, intercambios culturales y programas educativos para sostener el respaldo internacional a La Habana y fortalecer vínculos duraderos con líderes, profesionales, organizaciones y funcionarios extranjeros.

La relevancia de esta infraestructura no radica necesariamente en cada actividad por separado, sino en su capacidad acumulativa para amplificar narrativas, movilizar actores y generar apoyo político o material cuando La Habana enfrenta presión internacional.

Paralelamente, Cuba utiliza distintos espacios políticos y diplomáticos para defender sus intereses. Entre ellos se encuentran redes partidarias como el Foro de São Paulo, plataformas políticas como el Grupo de Puebla y mecanismos intergubernamentales como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). En foros regionales más amplios, como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), La Habana procura promover posiciones favorables y contrarrestar su aislamiento diplomático.

El dominio informativo constituye otro pilar de la estrategia cubana. Medios estatales, plataformas digitales y redes de activistas promueven narrativas favorables a La Habana y a sus aliados, entre ellos Rusia, China e Irán. Al mismo tiempo, las restricciones al periodismo independiente han contribuido a trasladar al exilio parte de la cobertura crítica sobre la isla.

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“Cuba es la llave de entrada de actores antioccidentales”, sostiene Rubines. Según el analista, el valor estratégico de la isla para países como Rusia, China e Irán radica en las redes de influencia, los contactos políticos y las capacidades de inteligencia que La Habana ha construido durante décadas, permitiéndoles ampliar su presencia regional “sin necesidad de desarrollar desde cero sus propias estructuras”.

La creciente presencia tecnológica e infraestructural china en Cuba ha generado además preocupaciones por el posible uso de instalaciones ubicadas en la isla para recopilar inteligencia de señales. Análisis basados en imágenes satelitales y evaluaciones de funcionarios estadounidenses han identificado ampliaciones en sitios con capacidad potencial para monitorear comunicaciones y actividades militares en la región.

Sin embargo, para Rubines, el legado más duradero de ese sistema no se encuentra únicamente dentro de Cuba, sino en las estructuras de seguridad, las redes políticas y los métodos de control que La Habana ayudó a desarrollar durante décadas en distintos países de la región.

La muerte de Ramiro Valdés marca el final de una generación que diseñó ese modelo. Pero las instituciones, relaciones y mecanismos de influencia construidos durante casi siete décadas continúan proyectando sus efectos mucho más allá de las fronteras de la isla.

[Este artículo se publicó originalmente en Diálogo Américas]