Cuba bajo sus propios números: las estadísticas oficiales que esconden más de lo que muestran

Las estadísticas oficiales esconden más de lo que muestran

Sumario

  • Durante décadas, el régimen cubano ha convertido sus estadísticas en parte de su legitimidad política. El problema es que muchos de esos datos siguen siendo difíciles de auditar, comparar y verificar de forma independiente.

El problema de las estadísticas oficiales cubanas no es solo lo que dicen, sino cómo se producen. Reclasificaciones, definiciones propias, series incompletas, indicadores que dejan de publicarse y una escasa capacidad de verificación independiente dificultan saber cuánto describen la realidad y cuánto responden a la lógica del sistema que las genera.

El economista cubanoamericano Carlos Martínez conversó con ADN Cuba sobre las dificultades de trabajar con las estadísticas oficiales de la Isla y los desafíos que implica verificar, interpretar y comparar los datos que publica el régimen.

Durante décadas, el régimen cubano ha presentado sus indicadores sociales —especialmente los relacionados con salud, educación y empleo— como prueba de los resultados de su modelo. Muchas de esas cifras aparecen después en bases estadísticas y documentos de organismos internacionales.

Pero que un dato termine publicado por Naciones Unidas, la CEPAL, el Banco Mundial u otra institución internacional no implica necesariamente que haya sido producido o auditado de manera independiente fuera de Cuba.

La cuestión vuelve a cobrar actualidad estos días.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) publicó a inicios de este mes su informe "Evolución macroeconómica de Cuba en 2025 y perspectivas para 2026", en el que analiza indicadores como PIB, inflación, desempleo, déficit fiscal y cuenta corriente. En su principal cuadro macroeconómico, el organismo aclara que la información fue elaborada “sobre la base de cifras oficiales”.

Entre esos datos figura, por ejemplo, una tasa oficial de desempleo de apenas 1,7% en 2025, al mismo tiempo que la economía cubana se contrajo un 3,8% durante ese año, según las estimaciones de la propia CEPAL. Por otra parte, el oficialista Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC) aseguró que la economía cubana se contrajo un 5% en 2025.

El organismo internacional proyecta además una caída del PIB del 10,3% para 2026. El CEEC, en cambio, considera optimista la previsión oficial de 1% para 2026. Esta diferencia de cifras entorpece cualquier análisis para entender desde los datos lo que realmente sucede en Cuba.

El problema no puede reducirse a afirmar simplemente que el régimen cubano “inventa” todos sus números, comenta Martínez.

“Hay distintas razones por las que tú querrías mentir con los datos. Una puede ser por propaganda”, explica. Pero también existen incentivos para que funcionarios o profesionales cumplan determinados objetivos, incluso “si eso viene a costa de maquillar el dato”.

A eso se suma otra posibilidad: que el resultado esté condicionado por la propia definición utilizada para construir el indicador.

El precedente de la mortalidad infantil

Uno de los ejemplos más estudiados es la mortalidad infantil.

Un trabajo publicado en 2018 en la revista académica Health Policy and Planning, cuestionó las estadísticas cubanas tras detectar una anomalía en la relación entre muertes fetales tardías y muertes neonatales tempranas. Sus autores sostuvieron que la estructura de los datos era compatible con una posible reclasificación de recién nacidos fallecidos como muertes fetales, una modificación que reduciría estadísticamente la mortalidad infantil.

La distinción es decisiva: si un niño nace vivo y muere posteriormente, su muerte integra la mortalidad infantil; si el caso queda registrado como muerte fetal, no.

En los países analizados, la relación entre muertes fetales tardías y muertes neonatales tempranas oscilaba aproximadamente entre 1,04 y 3,03. En Cuba llegaba a 6, lo que convertía al país en un caso atípico. Los investigadores atribuyeron esa diferencia a posibles incentivos para reclasificar casos con el objetivo de cumplir las metas sanitarias impuestas por las autoridades.

Esta práctica también fue denunciada recientemente por el doctor Manuel Guerra, quien ejerció hasta 2022 como residente de Ginecobstetricia en la Isla y hoy vive exiliado en Estados Unidos.

“En Cuba esas cifras están manipuladas”, dijo Guerra a DIARIO DE CUBA en una investigación sobre el tema, titulada "Mortalidad infantil en Cuba: los niños que no encajan en el sistema".

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¿Miente Cuba con sus estadísticas?

“Porque si el niño respira al nacer, no se considera muerte fetal, sino que pasa a las estadísticas de mortalidad infantil. Son cosas que se comentan tras bastidores. A mí me cuesta hablar de esto”, dijo el doctor al diario.

Acusaciones sobre el tema y la manipulación de estadísticas en hospitales cubanos son habituales también en las redes sociales. En 2025 un caso llegó a levantar tal polémica que el propio régimen tuvo que explicar públicamente el suceso.

La denuncia de un doctor emigrado señalaba que a una doctora en un hospital en Villa Clara le habían recriminado haber practicado una cesárea de urgencia para salvar la vida de un bebé, y que durante una reunión con autoridades de salud le habrían dicho: “Ese bebé debía morir dentro del útero. Si muere ahora, va a mortalidad infantil. Pide que viva más de un año, porque si no, vas a tener un problema político”.

En la práctica, resumió Martínez en una entrevista para ADN Cuba, la clasificación realizada en el registro médico termina modificando el indicador agregado.

La mortalidad infantil ha sido durante décadas uno de los indicadores más utilizados por el régimen cubano para proyectar internacionalmente la supuesta fortaleza de su sistema sanitario.

En 2024, Cuba reportó una tasa de 7,1 muertes de menores de un año por cada 1.000 nacidos vivos, frente a 5,52 por cada 1.000 en Estados Unidos, según los datos finales del CDC para ese mismo año. La distancia se amplió en 2025, cuando las autoridades cubanas informaron una tasa preliminar de 9,9 por cada 1.000. Aun así, La Habana continúa incorporando este indicador a su narrativa política: en junio Miguel Díaz-Canel afirmó que Cuba “siempre” había tenido una mortalidad infantil capaz de competir con la de los países más desarrollados y sostuvo que, pese al deterioro reciente, seguía siendo “competitiva a nivel internacional”.

El problema también aparece fuera de la salud

La falta de información comparable se extiende a otras áreas. Uno de los ejemplos más claros es la pobreza.

Mientras la CEPAL dispone de decenas de indicadores regionales sobre pobreza monetaria, pobreza extrema, distribución del ingreso y pobreza multidimensional, Cuba ha tenido históricamente importantes vacíos en este terreno. Un estudio de la propia CEPAL sobre la economía cubana señalaba expresamente que no existían estadísticas oficiales sobre incidencia de pobreza.

Esto es particularmente relevante porque Cuba atraviesa actualmente una profunda crisis de ingresos, alimentos, vivienda y servicios públicos, pero no dispone de una serie pública de pobreza comparable con las de buena parte de América Latina. Ni siquiera el Banco Mundial tiene datos de esta categoría en Cuba.

Aquí el problema ya no es necesariamente cambiar una categoría. Puede ser simplemente no medir, no publicar o no permitir una comparación homogénea.

En septiembre de 2026, un cartón de huevos en Cuba alcanzó los 5000 pesos. El salario mínimo mensual del país es de 3210 pesos.

Otro de los casos que destacó Martínez es la desigualdad.

“El índice de desigualdad se dejó de medir desde los años 90”, aseguró.

“Cualquier investigador que quiera dedicarse a trabajar sobre el tema de Cuba va a encontrar que cualquier idea [...] va a estar limitada única y exclusivamente por la falta de datos, porque no los hay”, agregó.

La ausencia resulta particularmente relevante en un país cuyo modelo político ha utilizado históricamente la igualdad económica como uno de sus principales argumentos de legitimidad.

Desempleo: cuando la definición importa tanto como el porcentaje

El mercado laboral es otro punto que merece atención.

Según las cifras oficiales recogidas por la CEPAL, Cuba terminó 2025 con solo 1,7% de desempleo. El dato contrasta con una economía en su tercer año consecutivo de contracción y con una fuerte caída de la actividad productiva.

El dato resulta especialmente llamativo cuando se compara con otras economías de la región: En 2025 Brasil presentó una tasa anual de desempleo de 5,6%; Chile de 8,6%; Uruguay de 7,5%; y República Dominicana de 5,0%.

La distancia con el promedio regional también es notable. La CEPAL estimó que la tasa de desocupación de América Latina y el Caribe se situó en torno al 5,3% en 2025, mientras que su Anuario Estadístico había registrado un promedio de 5,8% en 2024. Así, la tasa oficial cubana aparece no solo muy por debajo de economías como Chile, Uruguay o Brasil, sino que equivale aproximadamente a un tercio del promedio regional.

Eso no basta para afirmar que la tasa sea falsa. Pero sí obliga a mirar cómo se define quién está empleado, quién está desempleado y quién queda fuera de la población económicamente activa. Una definición distinta puede excluir determinados grupos y producir una cifra que no sea directamente comparable con la utilizada en otros países.

“El dato puede estar mal dado también por la definición que ellos opten”, argumentó el economista.

En contraste con los datos que emite la isla hacia organismos internacionales (1,7% de desempleo), otras declaraciones oficiales del régimen reconocen que existe “un problema serio” con la cantidad de personas desvinculadas laboralmente en la isla.

“Uno de los problemas serios que tenemos, que es esa cantidad de personas desvinculadas del estudio y del empleo, tenemos que seguir avanzando en que todos los adolescentes y jóvenes se vinculen al estudio, y aquellos que están en condiciones de trabajar, favorecer con esta medida, pagarles para que se preparen y se incorporen al empleo.”, alegó Manuel Marrero Cruz, Primer Ministro de Cuba en una sesión de Asamblea Nacional en junio de 2026.

Inflación: el precio oficial frente a la economía real

Existe también una dificultad particular con la inflación.

La CEPAL recoge para Cuba una inflación interanual del 14,1% en diciembre de 2025 (la ONEI daba una inflación de 14,07%), mientras reconoce al mismo tiempo la depreciación del peso en el mercado informal, la escasez de productos y otros desequilibrios de la economía. Para 2026 proyecta que la inflación vuelva a acercarse al 27%.

El desafío consiste en determinar cuánto refleja un índice oficial de precios una economía en la que existen simultáneamente mercados estatales, privados e informales, diferentes mecanismos de acceso a divisas y bienes cuyos precios pueden variar radicalmente según el canal de compra.

En septiembre de 2026, un cartón de huevos en Cuba alcanzó los 5000 pesos. El salario mínimo mensual del país es de 3210 pesos.

Martínez sostiene que incluso los economistas encuentran dificultades para reconstruir exactamente cómo se elabora el indicador cubano.

“A día de hoy, incluso nosotros los economistas tenemos muchas preguntas sobre cómo ellos miden la inflación, porque es que no publican nada”, afirmó.

Y contrastó esa situación con los sistemas estadísticos en los que investigadores pueden consultar las encuestas, productos incluidos, procesos de recopilación y manuales metodológicos utilizados para construir un índice.

“Eso no es algo que está disponible para el caso de Cuba”, resumió.

Población y emigración: el denominador que cambia todos los demás indicadores

Existe, además, otro problema estadístico con enormes consecuencias: saber cuántas personas viven realmente en Cuba.

La emigración masiva de los últimos años obliga a recalcular población, estructura por edades, fuerza laboral, tasas de natalidad, consumo per cápita y prácticamente cualquier indicador expresado “por habitante”.

CEPAL explica que buena parte de sus indicadores demográficos no consiste simplemente en reproducir cifras nacionales, sino que utiliza estimaciones y proyecciones elaboradas por CELADE y la División de Población de Naciones Unidas.

Esto muestra por qué la calidad del dato de origen importa: cuando existen cambios demográficos extraordinariamente rápidos, las estimaciones internacionales necesitan corregir y modelar la información disponible.

Cuba daba como población oficial al cierre de 2024 unos 9 748 532 habitantes. Un estudio del reconocido demógrafo cubano Juan Carlos Albizu-Campos recalculó estos números y alertaba que para esa fecha, la población efectiva de la isla podría ser inferior a los 9 millones tomando en cuenta nacimientos, defunciones y saldo migratorio. Otros datos que no se ponen de acuerdo.

La población cubana ha descendido en los últimos años

El Censo de Población y Viviendas es otro ejemplo de cómo la falta de datos actualizados complica la lectura de la realidad cubana. La operación debía realizarse en 2022, pero el régimen la aplazó primero hasta comienzos de 2025 alegando “razones económicas” y dificultades asociadas a la crisis de combustible y, en agosto de 2026, autoridades provinciales todavía describían el proceso como “en fase preparatoria”, con un registro previo limitado al número de residentes y al nombre del jefe de hogar.

La demora resulta especialmente relevante en un país atravesado por una emigración masiva y rápidos cambios demográficos, porque deja a investigadores y organismos internacionales trabajando con estimaciones en lugar de un conteo actualizado. La explicación oficial de falta de recursos convive, además, con apoyos externos específicamente destinados al levantamiento censal: en mayo de 2023, México, a través de la Amexcid y el INEGI, entregó 8.000 tabletas a la ONEI cubana para la captación y procesamiento de información, acompañadas de capacitación técnica para funcionarios.

Publicado internacionalmente no significa auditado internacionalmente

Aquí está quizá la confusión más importante.

CEPALSTAT explica que recopila, sistematiza y publica información estadística sobre los países de América Latina y el Caribe. En algunos indicadores realiza estimaciones propias; en otros trabaja con las cuentas y estadísticas nacionales disponibles.

Por tanto, sería incorrecto afirmar que “la ONU certifica” automáticamente cada cifra que Cuba presenta.

Lo que ocurre es más complejo.

Los organismos internacionales combinan datos nacionales, estimaciones propias, modelos demográficos y metodologías de armonización. Pero la capacidad de corregir un indicador depende también de la cantidad y calidad de información de origen disponible.

Y ahí Cuba presenta una dificultad especial: el Estado controla la producción de las principales estadísticas nacionales y el acceso independiente a registros administrativos y microdatos es limitado.

¿Qué gana el régimen con sus estadísticas?

Para Martínez, el valor político de estas estadísticas está en la legitimidad que producen. Durante años, el régimen ha presentado determinados indicadores como evidencia de la superioridad de su modelo, mientras mantiene cerradas o poco accesibles muchas de las herramientas necesarias para comprobar cómo se construyeron esos resultados. La opacidad metodológica, la desaparición de algunas series y la dificultad para auditar otras hacen que el problema no sea solo qué número se publica, sino cuánto puede confiarse en él.

En el caso cubano, la estadística no es únicamente una herramienta para describir la realidad: también puede convertirse en una forma de administrarla y proyectarla. Por eso, más que aceptar o rechazar en bloque los datos oficiales, el reto está en someter cada cifra a la misma prueba: qué mide, qué omite, cómo fue calculada y quién puede verificarla fuera del Estado que la produce. Solo entonces es posible distinguir entre la Cuba que muestran las estadísticas y la Cuba que realmente existe.