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- Las madres y familiares de los internos son quienes sufren las consecuencias de estas políticas, enfrentando largos y costosos viajes para intentar mitigar la hambruna de sus seres queridos, muchas veces sin éxito.
En medio de una grave escasez de alimentos en todo el país, las cárceles cubanas se han convertido en focos de desnutrición extrema. Paradójicamente, las autoridades penitenciarias han decidido imponer severas restricciones al ingreso de alimentos por parte de los familiares, prohibiendo la entrada de sacos, bultos grandes y comidas elaboradas durante las visitas.
La comida provista por el Estado, compuesta casi a diario por caldos claros, porciones mínimas de arroz y un pedazo de mortadella, es entregada frecuentemente en estado de descomposición o rancia, según las denuncias de los presos.
Las madres y familiares de los internos son quienes sufren las consecuencias de estas políticas, enfrentando largos y costosos viajes para intentar mitigar la hambruna de sus seres queridos, muchas veces sin éxito.
Ana Luisa Rodríguez, residente en el municipio de Santo Domingo, debe viajar más de 45 kilómetros hasta Santa Clara para visitar a su hijo, Yandi Dita Rodríguez, quien se encuentra recluido en la prisión de hombres de Guamajal. Tras un enorme esfuerzo para llegar al penal, sufre el rechazo y decomiso arbitrario de los pocos alimentos que logra llevarle.
“Él está en Guamajal de hombres. Los reclusos se están quejando de la comida en las condiciones que está: la mortadella dice que está podrida, es una morcilla prieta que no hay quien se la coma y la ración de arroz es muy poquita, el caldo es un agua”, relató Rodríguez en declaraciones a Martí Noticias.
La angustia se multiplica cuando las autoridades recortan los suministros durante la revisión.
“Entonces nosotros los familiares les llevamos las cosas allí y nos las recortan. Nos devuelven cosas para atrás porque dicen que están pasados del peso. Hoy mismo, al mío me le sacaron azúcar, me le pasaron dos libritas de azúcar”, señaló.
Los mandos de los penales exigen que los escasos alimentos permitidos estén estrictamente racionados y empaquetados en envases pequeños, transparentes o sellados de fábrica. El objetivo oficial es facilitar las requisas y limitar el almacenamiento dentro de las celdas, pero para los reclusos esto representa una condena directa al hambre.
Sin embargo, los informes recientes divulgados por la organización Prisoners Defenders revelan que los reclusos sobreviven con raciones de entre 200 y 350 calorías diarias, una cantidad que equivale apenas a un 10% o 14% de los requerimientos nutricionales de un adulto promedio.
Para los internos, el impacto psicológico y físico de estas requisas es devastador. “Cuando mi hijo vio que le sacaron cosas del saco, se puso muy descompuesto. Imagínate, son 45 días pasando hambre”, concluyó la madre, evidenciando el drama humanitario que se vive tras las rejas.
Grupos de derechos humanos consideran que la privación deliberada de comida y agua se utiliza como método sistemático de tortura y control contra reos comunes y políticos
Dita Rodríguez fue condenado a 12 años de privación de libertad por hechos ocurridos a mediados de mayo de 2024, en el poblado George Washington, del municipio villaclareño Santo Domingo.
El Tribunal Provincial de Villa Clara lo encontró culpable del delito de Sabotaje, luego de que la fiscalía del régimen lo inculpara, según documentos judiciales, por lanzar, intencionalmente, un objeto contundente que rompió el cristal de la puerta del cine del pueblo, y de incendiar un retablo en honor a los mártires de la localidad.