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"La yerba, mensajera del olvido"


"Yo sé los nombres extraños / de las yerbas y las flores", José Martí.

El autor recuerda la soslayada belleza de un verso de José Martí.

El poeta que cede a la tentación de escribir versos de ocasión puede toparse con que éstos toman las de Villadiego y, entre ligereza y ligereza, le facilitan otros dignos de mejor contexto. Es una mezcla de contrariedad y felicidad muy íntimas: algo de lo mejor de su trabajo pasará inadvertido, mezclado con algo de lo peor o, cuando menos, de lo más susceptible a sufrir la descalificación de la crítica, que ve y no ve, porque apenas se huele que el poema es de ocasión lo desprecia, dobla la página.

José Martí, autor y editor de La Edad de Oro, revista infantil, presumía de contar con la colaboración de un mago cuya especialidad era asomarse al alma de las niñas y ver lo que ven los colibríes cuando andan curioseando por entre las flores. El propósito de la revista no podía ser otro, pues, que decir cosas así, como para que las leyeran los colibríes, si supieran leer. El ave decidió corresponder a la gentileza trayéndole al exilio lo más preciado: noticias de Cuba; noticias que Martí difundiría en un poema de ocasión dedicado a la joven María Luisa Ponce de León, hija de un gran amigo:

Me ha dicho un colibrí, linda María,

Que están todos colgados de azahares

Los tristes ¡ay! los mágicos palmares,

En que mi patria es bella todavía.

Me ha dicho que, de lágrimas cargado

De los que te queremos, el aleve

Mar va a llevarte lejos de la nieve,

En silencio, en silencio enamorado.

Yo no sé si el misterio de las almas

Sube, cual himno muerto, al aire vago,

Ni si en tanta viudez y en tanto estrago

Tienen aún penachos nuestras palmas.

Yo no sé si aún las aves hacen nido

En los árboles nuestros, ni si el cielo

Es como antes azul, y cubre el suelo

La yerba, mensajera del olvido (…)

La maravilla de este último verso no debe opacar el encanto de los anteriores. Martí ignora si la naturaleza cubana ha sobrevivido, indemne, los embates que sufre la isla, aunque el colibrí le asevere que las flores aún trepan los troncos de las palmas, árboles en cuya belleza el poeta ve sobrevivir, sobrevivirse, la patria toda, pero cuyo estado de ánimo no es distinto del suyo: Los tristes, ¡ay! los mágicos palmares / En que mi patria es bella todavía. Si todo a los pies o en torno de estos árboles se estropeara, la existencia de ellos bastaría para resumir, íntegra, a Cuba.

La idea de un palmar descabezado por la brutalidad de quienes se oponen a la independencia de la isla –o la renuencia de las propias palmas a echar hojas, en solidaridad con la pesadumbre que embarga a su paisanos– abruma tanto como la posibilidad de que las aves, asimismo solidarias, hayan dejado de procrear y el cielo, abismado ante el drama que se desarrolla ante él, haya dejado de ser azul.

El colibrí informante no olvida describir el carácter del mar: astuto pero lastrado de lágrimas; silencioso y enamorado, él también, de María Luisa; el mar que la transportará lejos del invierno neoyorquino para devolverla a una patria que el poeta y sus compañeros de exilio temen muy distinta a la que todos añoran. Los versos recuerdan el inicio de "Domingo triste", otro poema de Martí:

Las campanas, el sol, el cielo claro,

me llenan de tristeza, y en los ojos

llevo un dolor que compasivo mira,

un rebelde dolor que el verso rompe

¡y es, oh mar, la gaviota pasajera

que rumbo a Cuba va sobre tus olas!

Vino a verme un amigo, y a mí mismo

me preguntó por mí; ya en mí no queda

más que un reflejo mío (…)

El drama cubano desfigura a todos por igual, tanto a las palmas que pueblan la isla como a quienes, desde el destierro, les echan de menos y ven pasar los años sin que el reencuentro con ellas se materialice.

Llamar a la yerba mensajera del olvido es admirable: subraya la facultad de ésta para hacerlo desaparecer todo, desde las raíces y la base del tronco de los árboles derribados que una vez la aventajaron en la conquista de la altura, hasta las ruinas, las tumbas y los restos de animales y seres humanos que se deshicieron a la intemperie, entre ella misma, sin dejar vestigio.

La poesía japonesa abunda en haikus donde el autor advierte esa diligencia de la hierba para borrar los rastros –e incluso la memoria de una parte de sí mismos– de aquéllos que aún se alzan sobre ella:

Ya no recuerda

el sauce sus raíces

entre la hierba.

Yosa Buson

Pero ningún haiku más afín al verso de Martí que uno de Matsuo Basho, quien, contemplando un antiguo campo de batalla reverdecido, donde yació y se desintegró una multitud de cadáveres, escribe:

Hierba estival.

Del sueño del guerrero

no queda más.

Martí, que reconoció la solicitud de esta planta para dar cuenta de todo, no olvidó su poder para infundir vida a los espacios que habita la muerte y, lejos de desentenderse de ella o condenarla, la tuvo por modelo de su poesía y de sí mismo:

Mi verso crecerá: bajo la hierba,

yo también creceré.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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