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¿Elecciones para qué?


Nicolás Maduro, durante un acto político en la localidad de Margarita, Estado Nueva Esparta (Venezuela).

Desde hace mucho tiempo tenían a Nicolás Maduro en reserva como dirigente sin atractivo personal pero fiel y obediente a las consignas del Partido.

El 14 de abril los venezolanos irán a las urnas. Van a elegir un nuevo presidente que
ocupe el cargo vacante dejado por Hugo Chávez fallecido en La Habana o Caracas
(eso no tiene la menor importancia) por un cáncer calificado ya sin ambages de procedencia sospechosa empeñado en hacer quedar mal a la medicina cubana.

Los veteranos de estas lides presumen que el aparato cubano ya tiene alineados los
planetas para que no haya disparates ni sobresaltos. La Habana, sospechan, permanecerá al tanto del cómputo de votos desde Miraflores o vía cable submarino para mantener un control electrónico del sufragio.

La época golpista pasó de moda, ahora la cosa es más refinada desde que Fidel Castro y Lula da Silva convocaran al Foro de Sao Paulo con el fin de trazar las pautas para llegar al poder por la vía democrática y luego cambiar las reglas del juego. A partir de entonces el aparato castrista preparó la receta del guiso electoral.

Primero, utilizó a Hugo Chávez como punta de lanza para descarrilar el Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA, en la Cumbre celebrada en Mar del Plata, Argentina, en 2005.

Segundo, trazó las coordenadas de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA, mecanismo de apoyo crucial que desembocaría en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC. Y tercero, diseñó y armó una infraestructura político-militar destinada a instalar a Chávez permanentemente en el poder.

La muerte de Chávez, desde luego, alteró ese esquema, pero los analistas cubanos no son ajenos a los imponderables y sería un error subestimar la experiencia de individuos que conocen el oficio. Desde hace mucho tiempo tenían a Nicolás Maduro en reserva como dirigente sin atractivo personal pero fiel y obediente a las consignas del Partido.

Chávez propició que Cuba estableciera una cabeza de playa en América del Sur, pero su personalidad histriónica se había convertido en un obstáculo para las relaciones discretas y apacibles del happy hour. Ahora Cuba se dispone a promover la elección de Maduro haciendo uso de los mecanismos de poder consolidados a lo largo de toda una década engrasados con cientos o miles de millones de dólares. Le han apostado toda la plata al canelo, como en una valla de gallos, y es muy dudoso que se vuelva a repetir una derrota como la que sufrió Daniel Ortega a manos de Violeta Chamorro o un desplante a cañonazos como el de Augusto Pinochet.

Es dudoso, pero no imposible, que los venezolanos puedan evitar el desenlace que se avecina, pero puede que entiendan mejor lo que acontece no sólo en su país sino en toda la región si interpretan correctamente la Venezuela de Simón Bolívar.

En su obra Dictadores de América, el colombiano Pedro Juan Navarro nos da la clave de por qué a Hispanoamérica le ha resultado tan doloroso y difícil romper con su tradición antidemocrática institucionalizada por su principal figura, Simón Bolívar. "Con él desapareció el más grande dictador de la América del Sur y su figura más
enigmática. Se ha hecho de Bolívar el símbolo del hombre de estado republicano,
cuando es evidente que él soñó toda su vida con una dictadura imperial de vastas
tierras remotas".

Por consiguiente, si Bolívar se refirió a la democracia como "una cosa tan débil que el menor obstáculo la derrumba y arruina", entonces la alternativa de Castro y de Chávez (validada por El Libertador) no podía ser otra que un partido único y una
presidencia vitalicia.

Si El Libertador pensaba que "no debe dejarse todo al azar y a la aventura de las elecciones", entonces democracia y libertad no eran equivalentes sino antagónicas para Bolívar, como lo es para Castro y lo era para Chávez.

Si Bolívar creía que "el gobierno democrático absoluto es tan tiránico como el despotismo", entonces nadie debería sorprenderse que los discípulos del castrismo y el chavismo quieran llevar a Nicolas Maduro a la presidencia para que gobierne desde la plaza (sin legislativo ni judicial) a imagen y semejanza de El Libertador.

Lo que sucede en Venezuela debe interpretarse como un proceso y no como un mero acontecimiento que puede terminar con las elecciones presidenciales del 14 de abril.

Ese proceso marca un regreso al caudillismo decimonónico de Hispanoamérica actualizado con una dialéctica azucarada que llaman populismo y una técnica represiva científica que dejaría perplejos a Juan Manuel de Rosas y Mariano Melgarejo.

Ese, desgraciadamente, será el legado de Cuba.
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