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Caudillismo democrático


El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Populismo llaman algunos a esta nueva cepa autoritaria presuntamente interesada en el bienestar del pueblo. Yo prefiero llamarle caudillismo democrático.

Venezuela parece estar tomando un camino sinuoso que a juicio de experimentados analistas conducirá el país al comunismo. Yo no estoy completamente de acuerdo con esa premisa. Más bien pienso que la cultura del caudillismo está resurgiendo en Caracas y buena parte de América Latina, pero no en su forma original, sino como una variante fenotípica de su antiguo comportamiento político.

Una nueva cepa de su primitivo autoritarismo con una pretendida identidad marxista-leninista destinada a mejora su perfil y competencia para abogar por el denominado Socialismo del Siglo XXI: militarismo, centralización económica y continuismo político. Parece dudoso que tal mutación cultural pudiera haber ocurrido sin la hábil intervención de Cuba en la articulación de un proyecto regional absolutista con una cabeza de playa en Venezuela gracias a la providencial aparición de Hugo Chávez.

Populismo llaman algunos a esta nueva cepa autoritaria presuntamente interesada en el bienestar del pueblo. Yo prefiero llamarle caudillismo democrático, dado que la nueva versión del hombre fuerte hispanoamericano llega ahora al poder por la vía de las urnas, con el beneplácito de la comunidad internacional, aunque más tarde convierta en fraude el ejercicio electoral para eternizarse en el gobierno.

Con el nuevo ropaje marxista-cubanista desaparece la connotación política del caudillismo, elevando a jefe de Estado cualquier aspirante a gobernante vitalicio. Raúl Castro y Nicolás Maduro han dejado de ser usurpadores del poder para convertirse en presidentes de sus respectivos países, legitimados por la tesis de que hay varias formas de democracia no sólo una, según aducen algunos singulares intérpretes de las ciencias políticas.

Guiado por el marxismo-cubanismo, Venezuela parece estar en camino a una norma de conducta dictatorial perteneciente al siglo pasado. El modelo se va extendiendo poco a poco por América Latina: presidencia vitalicia y control absoluto de la legislatura. Al principio será una ley habilitante por tiempo limitado para guardar la forma, luego un sutil fraude electoral para controlar los municipios y así hasta que sea innecesario toda apariencia democrática, cuando el pueblo se acostumbre dócilmente a levantar la mano en gesto de aprobación.
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