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Una campaña contra los vendedores ambulantes


Vendedores ambulantes en La Habana

La Cuba de Raúl Castro sigue siendo un modelo de lo que no se debe hacer para que una economía funcione.

Cuenta Pablo Pascual Méndez Piña en Cubanet que, allá por 1959, Ladislao Bencomo recorría la diario la barriada de Nuevo Vedado con su carretilla repleta de frutas y viandas, y que en la calle "La Torre", siempre le estaba esperando un joven e insaciable devorador de mamoncillos chinos.

Bencomo dejó de empujar su carretilla cuando se fue a trabajar con su asiduo cliente, el entonces comandante Raúl Castro, nombrado por su hermano ministro de las Fuerzas Armadas las demás carretillas de La Habana dejaron de circular cuando, por capricho del hermano de Raúl, "el viento huracanado de la Ofensiva Revolucionaria de 1968, las borró de la faz de la tierra".

Tuvieron que pasar más de 40 años para que los cubanos volvieran a experimentar la conveniencia de los carretilleros. Como dice Yoani Sánchez en un reciente post en su blog Generación Y, "para la mayoría de las mujeres trabajadoras, que llegan a casa después de las cinco a inventar un plato de comida, el pregón de '¡Aguacate y cebolla!' gritado en su puerta es una salvación".

También, agrega en Cubaencuentro el economista independiente Oscar Espinosa Chepe, para "el amplio sector poblacional en la tercera edad, que antes tenía en muchos casos recorrer largas distancias para poder comprar viandas, hortalizas y determinados granos".

Pero en las condiciones cubanas el que te vendan la mercancía en la puerta no es la única ventaja de comprarles a los carretilleros su mercancía, en lugar de concurrir a los Mercados Agropecuarios Estatales (MAE). Dice Chepe que estos últimos se caracterizan "por carecer de ofertas. Cuando las tienen, los productos son de ínfima calidad, sucios y deteriorados". Que muchas veces son "comercializados con largas filas de espera, por trabajadores que, mal retribuidos, no tienen apuro en atender a los clientes, y en ocasiones alteran el peso para procurar ganancias impropias, lo que el conocido escritor cubano Guillermo Rodríguez Rivera ha llamado "el descubrimiento de la libra de 8 onzas".

Bueno, en cualquier mercado del mundo los productos del agro limpios, frescos y de primera, con el valor agregado de un trato justo y correcto, son más caros. Por eso uno paga menos en el pulguero de Homestead que en Publix Supermarket. Pero en el mercado cubano, distorsionado por los subsidios, los controles estatales de precios y la doble moneda, a los consumidores les parecen demasiado caros. Y en términos relativos no les falta razón.

Expone Chepe que “ciertamente una libra de tomate a 6 pesos resulta cara para un trabajador medio y mucho más para un jubilado, si no cuentan con ayudas adicionales, particularmente alguien que envíe remesas desde el exterior”, en un país “con un salario medio mensual inferior a los 20 dólares (448 pesos o 18 dólares según cifras oficiales) y una pensión media mensual de alrededor de 10 dólares”. ¿Es culpa de los carretilleros? Apunta Yoani: “El hecho de que alguien deba trabajar dos días para comprar una calabaza no es expresión de la desmesura del vendedor, sino de lo paupérrimo de los sueldos”

¿Qué ha ocurrido? Pues que el gobierno de aquel joven devorador de mamoncillos chinos, que ya no necesita de los carretilleros para satisfacer sus antojos, ha aprovechado esa confusión de sentimientos de los consumidores para ponerle nuevas retrancas al curso natural del mercado.

Informa en Cubanet Orlando Freire Santana que después de varios días de estar los carretilleros en la mirilla de algunos consumidores y la prensa oficialista, el gobierno provincial de La Habana ha decidido que estos trabajadores ya “no podrán emplear carretillas de más de dos metros de largo, por 1,50 de ancho, y 1,20 de alto; les está prohibido utilizar las aceras, así como vender en las avenidas principales. Tendrán que desplazarse constantemente, y solo podrán hacer paradas momentáneas para efectuar la venta, cuidándose de no provocar aglomeraciones de público”.

“Por último, no podrán vender sus productos a menos de 100 metros de los mercados agropecuarios estatales, ni comercializar arroz, papas, chícharos y azúcar”.

Las medidas constituyen un nuevo paso en la aplicación de una política proteccionista que beneficia a los comercios del Estado imperial, el cual erige sucesivas murallas ante el empuje de las hordas bárbaras del cuentapropismo. Ya había sucedido otro tanto con los vendedores de ropa, zapatos y otra pacotilla.

Si se tratara realmente de regular precios ominosos, se pregunta Yoani por qué los preocupados reporteros del noticiero estelar no la emprenden “contra los excesos de las tiendas en pesos convertibles, donde para adquirir un litro de aceite alguien debe gastar todo lo ganado en una semana de trabajo”. “La diferencia entre los carretilleros y esas tiendas recaudadoras de divisas “–dice ella—“es que los primeros son cuentapropistas mientras las segundas son propiedad del Estado”.

Explica Espinosa Chepe: “Ahora se acusa a los carretilleros por la caída de las ventas en los MAE e incluso en los Mercados Agropecuarios de Oferta y Demanda, en los cuales también comercializan los privados, pero con impuestos más elevados”.

Otro economista cubano, Elías Amor Bravo, señala en Misceláneas de Cuba que no le sorprende el aumento de los que se dedican a esta actividad, la quinta con mayor número de trabajadores por cuenta propia. más los ilegales, que –dice-- no son pocos. Además de los impuestos más bajos, la necesidad de capital es escasa, y se presta un servicio fundamental a la población

El profesor de economía radicado en Valencia, España, se pregunta: “¿es que acaso el carretillero cuando se dedica a traer productos a los consumidores lo hace por algún sentimiento altruista y benefactor?”

“No –se responde--así no funcionan las cosas. En una economía de mercado, los agentes se mueven orientados por el beneficio, y dedican su tiempo, su esfuerzo, su tesón e ingenio y su capital, cuando lo poseen, a actividades que proporcionan un beneficio y unas rentas crecientes que posteriormente se reinvierten en los mismos negocios”.

Pero la Cuba de Raúl Castro sigue siendo un modelo de lo que no se debe hacer para que una economía funcione. Chepe lamenta que “insólitamente no se toman las medidas adicionales en la entrega de tierras en usufructo (…) Continúa sin permitirse la construcción de viviendas en las áreas recibidas; se mantiene el plazo de sólo 10 años para la tenencia de la tierra (prorrogable a 10 más); no se amplía la extensión de superficie a entregar, ni se facilitan recursos, mientras se siguen importando colosales cantidades de alimentos que podrían producirse perfectamente en el país, y hasta exportarse si se crearan las condiciones apropiadas.

Concluye diciendo Elías Amor en Misceláneas de Cuba: “Si la oferta se concentra en manos improductivas e ineficientes para su distribución, lo que llega a la población será limitado y de alto precio. La responsabilidad no será de los carretilleros, que son el estadio final de todo el proceso, sino de las autoridades del régimen, incapaces de poner fin a un modelo inservible e improductivo”.
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