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Los vecinos de “la comunidad” no quieren flores


Un edificio de microbrigadas en Pinar del Río.

No alzan la voz cuando el gobierno comunista planta en sus narices una “microbrigada” de la construcción, con todo lo que duele ese despiadado fenómeno

Esta voz, “comunidad”, no se escuchaba en Cuba con tanta insistencia desde los años 80, cuando exiliados en los Estados Unidos pudieron, por fin, viajar a la isla luego de más de 20 años sin ver a los suyos.

-Vienen los de “la comunidad”-, decían en la calle en referencia a unas personas que olían bien y traían divisas al país. Eso sí: el “gobierno revolucionario” les sacaba hasta los dientes con tal de que pudiera reunirse la familia.

Luego instauraron los centros de cultura comunitaria, que sirvieron para poner en nómina una cantidad ingente de burócratas, además de recuperar tradiciones folclóricas provenientes de África y de la península española, que esto último sí estaba bien una vez al año. La mayor parte del tiempo, el cubano medio no tenía tranquilidad para pensar en tradiciones culturales al estar obligado –parece que fue ayer- a utilizar las pocas neuronas libres en conseguir algo para la mesa, algo mínimo, básico, aunque, como a los comunitarios “americanos”, cobrado a precios de oro.

Ahora los vecinos hablan otra vez de “la comunidad”, pero en condiciones de reclamación de un espacio que, según ellos, le ha sido usurpado por unas mujeres vestidas de blanco que van con flores en las manos, los domingos. Van, por ejemplo, al Parque Gandhi, en Miramar, una zona un poco menos deprimida y poco menos deprimente en la capital. El Parque Gandhi es un simple ejemplo. La reclamación de parques y plazas podría extenderse a otros confines de la isla.

Ahora hay vecinos molestos por reunión de mujeres pacíficas que reclaman justicia y libertad para los presos políticos, pero no alzan la voz cuando el gobierno comunista les planta en sus narices una “microbrigada” de la construcción, con todo lo que duele ese despiadado fenómeno.

Altavoces hasta que se pone el sol. Una música al uso, reguetonera, principalmente, penetra por las habitaciones del vecindario. No se puede escribir, no se puede si quiera pensar. Luego, aunque sea costumbre, la vulgaridad del lenguaje viene con el aire. No se respira seguridad en ningún momento, ni durmiendo, porque en las “facilidades temporales” se ha instalado un obrero que hace fiesta de noche. Y qué decir de la calle, llena de trastos, de cemento endurecido, llena de agua con residuos de comida, llena de gente que está allí para pasar el tiempo. Porque el edificio no avanza y al vecindario no se le ocurre solicitar una razón ante las cámaras.

Tal parece que les gusta la contaminación ambiental, la contaminación acústica. Prefieren este acoso. No gustan de las flores.

Esto es lo que parece, según los videos que ahora distribuye la Seguridad del Estado y en los que figuran algunos vecinos. Algunos que se prestan para montar una farsa ideada por el Estado, como parte de la campaña de desprestigio a la verdadera sociedad civil.

¿Quién se lo va a creer? ¿Algún despistado?

Pudiera ser. Aunque en realidad lo peor es la palabra, esa bella y a la vez desvirtuada palabra: comunidad.

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    Jorge Ignacio Pérez

    Nació en La Habana en 1965. Luego de ser tanquista en el servicio militar obligatorio, se graduó en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana, en 1992. Trabajó como redactor y fotógrafo de prensa, columnista de teatro y editor en varias publicaciones de la isla. En 2001 se exilió en Barcelona, hasta el año 2012 en que se afincó en Miami, donde reside actualmente. Fue editor del portal on line de asuntos cubanos Cubanet.org. Desde 2007 lleva el blog personal Segunda Naturaleza. Además del libro de memorias Historias de depiladoras y batidoras americanas (Neo Club Press Ediciones, 2014), tiene otro inédito titulado Pasajeros en tránsito.

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