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Una novela surgida de grandes agonías


El relato-otros lo llamarían novela corta-fue escrito en Cuba en 1995, en el vórtice mismo de lo que el régimen llamó eufemísticamente Período Especial, y aborda no sólo la catástrofe económica del país en ese momento, sino sus implicaciones en la esfera ideológica y el reajuste en la tabla de valores morales de la sociedad.

La obra, publicada en 2009 por la editorial Iduna, con sede en Miami, cuenta con un prólogo del también escritor cubano, radicado en México, Félix Luis Viera, quien apunta que "trascender lo local, lo personal, ha sido siempre una de las divisas del arte literario; quien no lo logre, no ha escrito, o ha escrito para sí mismo". Y a renglón seguido señala que "en Mañana es navidad, la máxima se cumple con creces".

Y explica luego Viera que "por momentos resulta casi increíble que Pacheco, de la nada prácticamente, de una situación baladí, levante el vuelo hasta llevarnos a los más intrincados vericuetos de un intenso drama humano". Y es que básicamente, la gran literatura parte de la experiencia personal para, cuando alcanza dimensión de arte, ser recreación de la experiencia general.

La historia, que pudiera ser engañosa porque parte de la relación que se establece entre un hombre, la familia de ese hombre y un cerdo que alimentan para fin de año, se desarrolla en un pueblo de provincia donde la vida cotidiana pudiera presentarse de manera localista o pintoresca pero la profundización en el mundo interior de los personajes es lo que posibilita que la narración cobre un aliento de drama más allá del anecdotario simplista.

Se sabe que no son las virtudes precisamente las que eclosionan en las épocas de crisis. El ser humano puesto a prueba por las precariedades y vicisitudes tiende a enajenar sus valores éticos y se hunde en un marasmo de actitudes malsanas que puede perderlo. Pero si a esa crisis la antecede una promesa quimérica incumplida, el conflicto moral es doble porque la persona tiene que luchar contra una realidad hostil-las más de la veces con métodos ruines-y contra una concepción idílica de lo que se esperaba que fuera esa realidad y el comportamiento humano.

Ese es el entramado en que se desenvuelve Alberto, el personaje protagónico de Mañana es navidad, un futuro que se insinuaba promisorio convertido en un presente congelado en su circularidad hostil e insoluble, que lo induce a la negación de toda su anterior estructura ideológica y lo enfrenta con su propia cosmogonía.

El mundo donde se afincaban sus concepciones se ha venido abajo y con él toda promisión. Su lucha ahora es por la supervivencia diaria más que por la edificante proyección hacia un provenir mejor.

"Este tiempo le estaba sacando al hombre cuanto de malo y de perverso había en él, como si todos se hubiesen vuelto enemigos de la noche a la mañana". Esa es la circunstancia real. Alberto la palpa cuando, tras ser sustituido de su cargo de Jefe de Cátedra en una escuela en el campo por razones-para él injustificadas, pero fundamentadas en sus descuidos profesionales generados por el desasosiego que le produce enfrentar una circunstancia de precariedades para las que no estaba preparado-reacciona violentamente contra sus superiores y colegas y cae en la cuenta de que, tal vez, estuviera enfermo. Tan enfermo como su amigo el panadero que termina suicidándose.

Y realmente estaba enfermo. Muy enfermo. De una enfermedad sin remedio porque se reciclaba cada día. Estaba enajenado, como toda la sociedad, bajo el peso de una realidad alienante. Su vida era un círculo vicioso que dañaba hasta las relaciones familiares sin que tuviera una explicación o una solución. Perecería que de un momento a otro comenzaría su transformación samsámica, que de un momento a otro comenzaría a esperar por un vapor que no traía cartas para él, que de un momento a otro sería atacado por tiburones famélicos que lo harían regresar al puerto con el esqueleto de lo que fue un gran pez dorado.

Y es aquí, exactamente, donde se produce lo inusitado en la narración. Mientras Gregorio Samsa va a la metamorfosis y queda sin salida. O el Coronel responde a su esposa que comerán excrementos. O el viejo Santiago se queda dormido en un camastro con las manos desgüasadas y el pecho roto soñando con leones marinos, a Alberto le llega la solución.

Pero una solución exógena. Aunque ajena a él mismo y a sus gestiones pero generada por crisis cíclicas de una realidad que es el verdadero personaje sin salida: la familia dividida por razones ideo-política, y cuya parte había sido excretada como un germen dañino para la sociedad del futuro, regresa como tabla de salvamento y, a nivel de particularidad, salva la parte entrampada en una realidad que niega pero frente a la cual se siente impotente porque el daño psicológico producido por tanto años de inducción, aún en la asfixia, lo hace creer en ella y no rebelarse para hallar una solución endógena y general.

Es entonces que Alberto, ya libre de la presión de esa realidad mutilante, gracias a la ayuda que le llega del exterior, se refugia en su inconsciente daño antropológico, y dice a su mujer: -No te angusties, las cosas van a mejorar. Los cubanos de afuera, gente buena como tu papá, nos van a echar un cabo. Y esa noche, mientras las sombras de un apagón envolvían al pueblo, él bajo la blanca luz de un farol nuevo, creyó que sí, que el Socialismo Real, era posible en su patria.

Sindo Pacheco (Cabaigüán, Cuba, 1956) ganó el Premio Casa de la América con su novela María Virginia está de vacaciones, obtuvo el premio Caimán Barbudo, el premio de la crítica de Cuba en 1998; su novela María Virginia, mi amor, fue publicada en Colombia tras ser finalista del concurso Norma-Fundalectura y en 2001 fue finalista del premio EDEBÉ con su novela Las raíces del tamarindo que luego publicó esta misma casa editora de Barcelona, España. Vivió algunos años en Costa Rica y actualmente reside en la ciudad de Miami.

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