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Conociendo el brazo poderoso (y largo) que se manda el gobierno de los hermanos Castro, Rodríguez Rivera ejerce su crítica orgánica sin despegarse demasiado de las bases y como exige el general: en el lugar y el momento adecuados.

A instancias de la revista digital católica Espacio Laical, el académico y ensayista oficialista cubano Guillermo Rodríguez Rivera ha escrito un artículo sobre algunos males de la prensa oficial cubana, al tiempo que suscribe algunos estribillos de esa misma prensa.

La crítica no se ha publicado aún en Espacio Laical ni apareció esta vez en la web de la UNEAC, donde Rodríguez Rivera publicara un memorable análisis sobre el desastre que significó para el país la Ofensiva Revolucionaria de 1968.

Según él mismo explica, ese portal, después de la publicación de una crítica a la corrupción en las altas esferas por parte del académico Esteban Morales, que le valió la expulsión, luego sólo corregida a medias, del Partido Comunista, "se ha cargado de una prudencia que está a un paso del temor".

En su lugar Rodríguez Rivera ha preferido publicar a la sombra protectora de su amigo, el trovador también oficialista Silvio Rodríguez, en su blog Segunda Cita.

Conociendo el brazo poderoso (y largo) que se manda el gobierno de los hermanos Castro, Rodríguez Rivera ejerce su crítica orgánica sin despegarse demasiado de las bases y como exige el general: en el lugar y el momento adecuados.

Así, aunque cualquier coincidencia con personajes vivos es pura coincidencia, recuerda que fue Stalin, un maestro en descontextualizar, quien impuso a la prensa socialista en el poder las normas de sobrevivencia de la prensa socialista clandestina esbozadas por Lenin. Y de ese modo la primera se convirtió en la reina del secretismo y el decir lo menos posible, bajo una ley no escrita según la cual las noticias no existen hasta que sean aprobadas por la autoridad pertinente

Según el autor, los partidarios del "secretismo" han tratado de hacer creer que a una revolución no le hace bien airear lo negativo de su ámbito, pero a su juicio, los males deben conocerse para poder combatirlos y eliminarlos. Eso sí, agrega Rodríguez Rivera, se precisa que la caracterización de lo mal hecho se realice con honestidad y precisión, dos conceptos que no precisa y que son susceptibles de muchas interpretaciones.

Acerca de otro argumento del secretismo, el invocar la unidad de la revolución para ocultar el mal manejo de una administración o cualquier hecho de la vida civil, dice el intelectual cubano que pervierte peligrosamente y devalúa un principio sagrado, porque se le está usando para ocultar lo mal hecho y así, se le hace cómplice de ello. La defensa de la Revolución y de la patria no es la defensa de las administraciones que funcionan mal, deslinda el escritor santiaguero. Y a continuación se alínea del lado del general y contra la burocracia que se resiste a los cambios.

Más adelante, Rodríguez Rivera menciona, sin dar el santo y seña, un problema más medular de la prensa oficialista, al disculpar a quienes trabajan en los que llama "órganos informativos cubanos" por su complicidad en el silencio que hacen estos "órganos"ante muchas realidades negativas.

Razona el autor de "Receta de cocina del amor" que la autocensura es casi siempre la consecuencia de la censura. "Cuando a un periodista le rechazan continuamente sus artículos críticos -dice-- termina por aprenderse la lección: la dirección del periódico no quiere que se hagan esas valoraciones, así que lo mejor es ni escribirlas, porque estoy obligando a los jefes a censurarme y, no sólo lo harán, sino que además me culparán de ello. No dice Rodríguez Rivera que, como sí ha plasmado Eduardo del Llano en su cortometraje Brainstorm, los jefes de esos periodistas oficialistas también tienen que esperar en muchos casos para publicar una noticia anodina por orientaciones "de arriba", y que prefieren no jugar ni con la cadena porque le tienen terror a la ira del mono.

Un terror del que está impregnada la crítica de Rodríguez Rivera cuando entre dardo y dardo se alínea con el general culpable que culpa de sus errores y los de su casta a la burocracia; cuando llama régimen derechista y violador de derechos humanos al gobierno democrático de Sebastián Piñera en Chile; cuando afirma que el pueblo de Cuba "ha sabido asumir a fondo profundos sacrificios" y está hondamente identificado con "nuestra" revolución. Cuando decide decir algunas cosas, pero no, que el emperador, está desnudo.

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