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Un mar de cabellos náufragos


La importancia de las líneas paralelas al horizonte en el destino del escritor, de Cuba y del mundo...

Todo es ver más horizontes
Ramón Gómez de la Serna

Lo horizontal y lo vertical se disputan el mundo y cuando se entrecruzan lo crucifican o le hacen la vida cuadritos.

En la intersección de los dos maderos que forman la cruz está la clave de todo. No en vano la cabeza de Jesús se alzó e inclinó a esa altura. Hojear un libro de arte donde se reúnen algunas de las obras que lo retratan durante las horas que antecedieron a su muerte es verlo mover la cabeza.

La red de paralelos y meridianos que rodea al hombre explica su infelicidad: vive entre encrucijadas. No hay lugar del planeta donde no se vea forzado a escoger un rumbo. Aunque las líneas sólo sean visibles en los mapas, su influencia lo abarca todo y fomenta la incertidumbre. Las olas se encrespan y no se desplazan a mayor velocidad porque entre latitudes y longitudes se hacen un lío.

La otrora próspera intersección habanera de las calles Galiano y San Rafael está en todas partes. No sorprende su mala estrella: en una encrucijada, Edipo mató a su padre.

La planta rastrera contraría al árbol; el río, a la lluvia; la jirafa, al reptil; la cuerda floja, a la que sube al trapecio y baja de él; la columna vertebral, a la clavícula; el viaje por tierra, al viaje espacial; el historiador, al místico; el progreso (que tira siempre adelante) y el retroceso (que tira siempre hacia atrás), a la fe, que tira siempre hacia arriba; la plegaria, al discurso político; los amantes, al orador sagrado. Horizontal, sí, te quiero, le porfiaba Pedro Salinas a su musa.

Quien aspira a ser escritor debe apostar por la horizontalidad, ya que la escritura occidental no corre de arriba a abajo sino de izquierda a derecha, de un margen lateral del papel, o la pantalla del ordenador, al otro, y todo lo que la recuerde la propiciará. Hay que privilegiar los viajes de este a oeste (o viceversa), sobre los viajes de norte a sur (o viceversa).

De joven, solía escribir bocabajo, sobre la cama o el suelo, y advertía que esa postura favorecía mi gestión. Era una botella descorchada que al tumbarse dejaba fluir, acompasadamente, su contenido. Hoy la posición me resulta demasiado incómoda: no puedo permanecer largo tiempo en ella sin que me duelan los codos, el cuello, la espalda, la cintura y, al tratar de levantarme, todos a la vez y algunos por el resto del día. La inspiración mengua desde que me incorporé, y sólo a fuerza de tesón logro escribir sentado. Imposible volcar algo dentro de algo cuando la boca del envase lleno es incapaz de inclinarse sobre la del envase vacío.

Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama, admitía José Donoso. Marcel Proust no hubiera podido escribir “En busca del tiempo perdido” de no haber pasado los últimos años de su vida echado. Nadie sabe cómo Hemingway se las arreglaba para escribir de pie, a no ser que su inspiración fuera un pez aguja que saltara de la tapa de su cráneo, golpeara el cielo raso y cayera esparciendo sobre el folio en blanco todo lo que bullía en su persona.

Recomiendo a los poetas jóvenes la evocación de unos versos anónimos de “El Romancero viejo” excluidos de las grandes colecciones del siglo XVI por no atenerse a los gustos de la época ni a las categorías que luego se impondrían: épicos, legendarios, históricos, líricos, etc. Imposible adivinar por qué el autor recurrió a esta forma para dar consejo. Tan imposible como suscribir su confianza en el poder de lo lineal para generar poemas. Pero algo de verdad hay en ella: todo se corresponde y contagia:

Dondequiera hay unos versos

si el ojo sabe buscarlos:

entre las ramas que corren

de un lado al otro del árbol;

entre el horizonte real

y aquéllos imaginarios

que el hombre traza, inocente,

y emborrona año tras año;

entre la tela de araña

y las líneas de las manos,

y las que cruzan la frente,

y las que muestran los cuadros

cuando el loco del pincel

rehúsa ser atusado

y deja sobre la tela

un mar de cabellos náufragos.

Dondequiera hay unos versos

si el ojo sabe buscarlos.

La forma alargada y estrecha de Cuba, situada entre los 23º 17’, 19º y 50’ latitud Norte y los 74º 08’, 84º 58’ longitud Oeste, propicia el cultivo del verso. Nada tendría de raro que la numerología encontrara en el estudio de esos dígitos las claves de nuestro destino. La cuadrícula, aunque esférica, remite al ajedrez, y los jugadores coléricos suelen ensañarse al depositar sus piezas sobre algunos cuadrados. Tan pronto puede habernos estropeado la caída de una torre o la patada de un peón como la pataleta de un caballo.

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