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“Turismo para miserables”


El paisaje a disfrutar son playas pedregosas rodeadas de desechos y barracas donde se expenden bebidas baratas y algunos comistrajos...

A pesar de que la isla está rodeada de magníficas playas, no todos los cubanos tienen acceso a ellas. Los bajísimos salarios, tanto de los obreros como de los profesionales, no les permiten pagarse unas vacaciones medianamente placenteras.

Varadero, los cayos del sur y el norte, los hoteles de La Habana y de las principales provincias, entre otras zonas especiales, son reservados para el turismo, la “dirigencia” del país y los poquísimos cubanos con alto poder adquisitivo.

Un baño improvisado para los cubanos en la playa Santa Lucía de Camagüey.
Un baño improvisado para los cubanos en la playa Santa Lucía de Camagüey.

Quienes no clasifiquen en ese grupo de élite deberán conformarse con permanecer en la casa aburriéndose con la programación televisiva, mandar a los hijos a jugar a la calle o, si cuenta con un ahorrito bien sudado, alquilar una cabaña destartalada en una base de campismo o aceptar, como estímulo por los esfuerzos laborales del año, el derecho a disfrutar de una casucha a la orilla de una playa insalubre.

En el Mariel, algunos obreros destacados “disfrutan” de una semana de estancia en un poblado levantado cerca del mar, aprovechando restos de contenedores en desuso y partes de ómnibus averiados que descartan las empresas donde ellos trabajan.

Mientras que los altos jefes y sus familiares son estimulados con largas estancias en los mejores hoteles del país, y hasta con viajes de recreo a Venezuela, Ecuador, Rusia y Angola, los trabajadores son obligados a horas extras bajo el incentivo de recibir como pago adicional esta especie de “turismo para miserables”.

Me acerco a varias familias que están en el lugar. No les pregunto mucho para que no tengan miedo al hablar, más cuando me ven tomar fotos. Eso pudiera perjudicarlos enormemente. Finjo que estoy interesado en alquilarme en la zona. Hablo con un señor que aparenta unos cincuenta años; es chofer de un carro de combustible para una empresa del Mariel. Me explica que las casas no se alquilan y de paso me cuenta que ha laborado horas extras durante todo el año para poder contar con ese lugar a donde llevar a vacacionar a su familia. Nos muestra el estado deplorable del lugar donde se supone debe descansar después de tantos meses de esfuerzos.

En otra de las casas cercanas, hago las mismas preguntas a un matrimonio. Los dos son personas mayores que aún trabajan. Ella es especialista en metrología de la misma empresa donde labora el esposo como custodio. Cordiales, sonrientes, me confiesan que ninguno de los dos recuerda la última vez que disfrutaron de una “playa decente”, a pesar de vivir cercanos a algunas muy buenas pero a las que no tienen acceso. Mientras me explican cómo obtuvieron la reservación y me aconsejan que busque otros lugares mejores para veranear, me cuentan que llevaban tres años optando por una casa. Finalmente disfrutan junto a sus nietos de una cabaña improvisada con chatarras.

El lugar es un verdadero “llega y pon”, donde cada cual ha construido a su antojo. Algunos locales carecen de baños y cocinas. La mayoría son chozas sin agua corriente, con escasos muebles y extremadamente oscuras y calurosas, debido a las paredes y techos de metal y a la poca ventilación. El paisaje a disfrutar son playas pedregosas rodeadas de desechos y barracas donde se expenden bebidas baratas y algunos comistrajos. Ese es el ambiente en el que deben vacacionar quienes son la “salvaguarda del socialismo”.

Este artículo del escritor cubano Ernesto Pérez Chang fue publicado originalmente en Cubanet.

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