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El autor invita a poner los puntos sobre las íes.

Que todo es punto lo sabe cualquiera: nada, antes de ser plenamente, es otra cosa, y nada, luego de ser, será más.

Si reuniéramos los puntos ortográficos de toda la literatura existente veríamos surgir una playa de arenas negras por la que deambularían desorientados, en busca de sí mismos, todos los personajes de ficción que el hombre ha creado.

El verdadero punto ortográfico no se deposita: se siembra. De un punto y seguido germina la frase posterior; de un punto y aparte, el nuevo párrafo; de un punto final, el texto futuro; de los puntos suspensivos, toda clase de suposiciones.

Dos puntos debe de haber utilizado el ángel al dirigirse a María y antes de comunicarle el propósito de su aparición; un punto y coma, Dios, a medida que creaba el orbe.

Los dibujos de trazo punteado no fueron extraños al artista prehistórico, y mucho menos a los miembros de una escuela de pintura: el puntillismo. Quien da puntadas puntea, y quien puntea da vida, como advirtió Gerardo Diego:

Yo he visto una mujer
modelando su hijo
con una máquina de coser.

Luego de cubrir de puntos una hoja de papel en blanco, me la he metido en un puño y al llevármela al oído y dejarla libre he distinguido -a medida que la hoja luchaba por enderezarse- el jadeo de alguien a punto de nacer.

Las pecas son puntos que pasan por pintas.

Wassily Kandinsky observó que el pájaro carpintero es un adicto a los puntos, y que esa adicción es compartida no sólo por los dedos de las manos de la mecanógrafa y el pianista, sino por los dedos de los pies del bailarín. Puntilloso, no vio en la línea sino el rastro que el punto deja en su movilidad: un punto a la carrera.

Pablo Picasso recordaba su ira al descubrir, al día siguiente de su regreso a España, que su madre había cepillado el polvo que cubría sus ropas y zapatos, el polvo de París. Un grano de polvo es un punto; un punto es el principio de una línea; una línea, el principio de un esbozo, y un esbozo, el principio de un cuadro. Quién sabe lo que hubiera pintado Picasso con aquella película de polvo parisino, y quién sabe lo que con ella, ya dispersa y contagiada de su aura genial, habrán pintado otros.

Sin puntos no habría números decimales, ni hora en punto, ni punto muerto, ni punto de apoyo, ni punto en boca, ni puntos de vista, ni puntos cardinales. Los cirujanos no sabrían cómo remendar las incisiones y nada alcanzaría a explicarse punto por punto.

La desaparición de los puntos de contacto perjudicaría las relaciones humanas y nadie podría poner los puntos sobre las íes, de manera que todo regresaría al caos.

La arquitectura cubana perdería uno de sus emblemas por antonomasia: el arco de medio punto; el país, sus puntos filipinos, es decir, sus habitantes más traviesos, y ante la imposibilidad del almíbar de estar a punto, ni el caramelo subsistiría.

Somos una constelación de puntos, pero tan maciza, que sólo quien ha metido la mano entre los restos incinerados de un ser querido tiene idea de su propia puntualidad.

No llueve agua sino puntos.

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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