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Lo primero es garantizar la unidad -en la diversidad- de la mayoría de los actores que trabajan para edificar una nueva Cuba, próspera y democrática.

La imprescindible unidad de los integrantes de la oposición pacífica cubana tiene que materializarse cuanto antes. Lo exigen las condiciones de esclavitud moderna en que ha sobrevivido nuestro pueblo las últimas cinco décadas.

Para lograr este propósito es necesario que las agrupaciones disidentes se deshagan de los mismos factores negativos que empañaron la lucha emprendida en el siglo pasado por los próceres de nuestra independencia: el caudillismo, el regionalismo, el protagonismo y la creencia de que unos u otros son dueños de la verdad.

Cuba necesita cambios radicales para que los nacionales disfruten de los derechos y las libertades que son más que sagrados en los países donde imperan regímenes democráticos. Las esferas económica, política y social están inmersas en un singular inmovilismo que obliga a realizar urgentes transformaciones.

Es más que notable el hecho de que los disidentes, quienes en las últimas décadas han expuesto el pellejo para demostrar sus verdades, coinciden en la necesidad de que en el país se emprendan cambios profundos. Hasta la misma iglesia católica y la concertación cristiana Pastores Por el Cambio se han pronunciado en este sentido. Pero lo cierto es que muchos de ellos no se ponen de acuerdo a la hora de responder estas esenciales interrogantes: ¿Cómo realizar los cambios? ¿Qué hacer para materializarlos?

En esta necesaria empresa lo primero es garantizar la unidad -en la diversidad- de la mayoría de los actores que trabajan para edificar una nueva Cuba, próspera y democrática.

Ninguna coalición prevalecerá mientras se fundamente en la imposición de ideas, no se consulten desde la base las estrategias a implementar y los autodenominados demócratas no practiquen el diálogo respetuoso.

De lo que se trata es de crear, en lo posible, un rostro único de la disidencia que arrastre a la ciudadanía a apoyar a futuros gobiernos que respeten los derechos individuales consagrados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que sepan escuchar al pueblo y tener en cuenta sus necesidades.

Si quienes trabajan para alcanzar esa hermosa meta no son capaces de escucharse a sí mismos y respetar o tolerar las opiniones y proyectos diferentes, no podrán conducir a la nación al destino que realmente merece.

La referida unidad sólo se alcanza cuando los auténticos autores del cambio centran su actividad en los asuntos medulares que los une y no en las suplementarias diferencias que los separan.

Hay que saber negociar en la vida, sobre todo en la esfera de la política, para lograr sanos propósitos. Para ello, son importantes el pragmatismo y la humildad. Máxime si se tiene en el corazón a Cuba primero y se piensa en el futuro bienestar de todo un pueblo que ahora sufre las miserias engendradas por el castrismo.

Abogar por la libertad de todos los presos políticos, exigir la ratificación de los pactos internacionales de derechos humanos, modificar el extemporáneo ordenamiento político y jurídico vigente, el reconocimiento y respeto a las minorías, etc., son algunos de los asuntos que unen, no sólo a la disidencia, sino a todo el pueblo cubano.

Si esas ideas están claras y hay una población cansada de la pobreza, de la miseria espiritual, de la falta de libertades, de las arbitrariedades de un sistema policial y jurídico que mantiene en prisión a decenas de miles de cubanos, entonces, ¿qué esperan los líderes de la disidencia para conformar una fuerte coalición nacional?
¿Seguirán inmersos en la conveniente –para la dictadura castrista- piscina del inmovilismo? Mientras eso sucede, miembros de grupos opositores como la Unión Patriótica de Cuba, las Damas de Blanco, la Comisión de Atención a Presos Políticos y Familiares, el Movimiento Independiente Opción Alternativa, el Frente de Línea Dura y Boicot "Orlando Zapata Tamayo", la Coalición Central Opositora, entre otros, se inmolan en manifestaciones públicas reprimidas por la policía. Sus activistas son víctimas de aborrecibles actos violentos que no siempre son del conocimiento de la opinión pública internacional.

¡Qué diferente sería si la disidencia tuviera un rostro único que los demócratas del planeta y el mismo pueblo cubano pudieran identificar con facilidad y apoyar!
Una idea recorre hoy los círculos disidentes en toda Cuba. No es nueva, pero ahora que el régimen castrista se debilita ante el incremento del descontento popular, ha cobrado más fuerza que nunca. Dicho principio es palabra de orden para cada demócrata consagrado a la causa del bienestar de la nación: "Juntémonos de una vez".

Publicado en Primavera Digital el 4 de abril del 2013

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