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Todos los caminos conducen a Cuba


Eduardo Chibás, entre Chicharito y Sopeira. Caricatura de los años cuarenta.

El autor estudia el mapa de una obsesión colectiva

La propensión del cubano exiliado a hablar de la historia reciente de su país está justificada: esa historia es una calamidad, y las calamidades ocasionadas por el hombre son sugestivas, sobre todo aquéllas que lejos de agotarse se reciclan ad infinítum, arrasando con todo lo que encuentran a su paso, desde el paisaje urbano y natural hasta las personas que presuntamente las sobreviven, gente funcional pero rota en lo interior.

El exiliado trata de explicarse qué sucedió, sucede y pudiera suceder en su país, y en el intento acaba yéndosele la juventud y luego, sin advertirlo, la vida, porque los responsables de la calamidad son diestros, carecen de escrúpulos y no sólo han contado y cuentan con la complicidad de más de un poderoso sino de un ejército de ignorantes y malévolos que infesta desde las grandes universidades hasta la chusma esbirra, tan presta a vociferar consignas en la plaza como a insultar y atropellar a quienes se arriesgan a disentir.

Nada más comprensible, pues, que el cubano exiliado no cese de hablar de Cuba, que hasta el más tímido, soliviantado por los efectos de una buena taza de café y el entorno locuaz, pruebe a erigirse en historiador, analista y oráculo. Lo que preocupa es que sólo eso interese, y que más de uno, a quien Cuba le importa un comino, esté dispuesto a aparentar lo contrario con el único propósito de hacerse de un corrillo, acceder a los medios de comunicación y, si está de suerte, ganarse la vida como leguleyo de la causa madre.

No hay conversación entre nosotros que no desemboque en Cuba; tampoco la hay entre cubanos y extranjeros que no lo haga. Cuba es la asignatura de rigor, pero casi nunca en su dimensión más honda y diáfana -aquélla que incluye a la nación y que podría, atenuando los efectos del espectáculo de la ruina, salvarnos de la desesperanza- sino en su avatar político, ese dislate perenne, cuna de zafios y oportunistas.

El periodista y el articulista cubanos que anhelan ganarse a los suyos recurren a Cuba. El poeta, el narrador, el dramaturgo y el ensayista, lo mismo. El pintor, el escultor, el actor, el bailarín y el músico, ídem. Que tengan o no tengan talento es indiferente; que sean o no sean sinceros, también, porque lo que se busca es el reconocimiento, y hablar de Cuba --es decir, de la calamidad en curso, no del país que la antecedió, la sobrepasa y alguna vez acaso la suceda-- suele facilitarlo. El temor a desaparecer si no se escribe o se habla de Cuba es tan grande como la inveterada ansia de protagonismo que nos caracteriza, un ansia redoblada por la prensa digital y las redes sociales.

Vivimos presos de Cuba porque sospechamos que sin ella somos nadie. Un viejo comediante y actor cubano fallecido en Miami se divertía recordando a un colega sudamericano que visitaba con frecuencia La Habana de los años treinta y cuarenta del siglo XX y que recurría a un ardid admirable cuando alguno de sus compañeros de escena amenazaba con robarse el aplauso durante el saludo final: el susodicho deslizaba una mano dentro de uno de los bolsillos interiores de su chaqueta, empuñaba una banderita cubana que llevaba oculta y la agitaba en el aire. La ovación estremecía a la capital y aplastaba a la competencia. No hemos cambiado.

Toda obsesión, por más noble que se antoje, implica un empobrecimiento. Mientras las diversas ramas del saber, las artes, la literatura y, quizás, la propia naturaleza rivalizan por ver cuál de ellas enriquecerá de manera más sustantiva la aventura humana, el cubano se mira el ombligo y cree ver en sus pliegues más recónditos la entrada y la salida de su laberinto, sin percatarse de que ese laberinto no existe más allá de sí mismo y que yendo y viniendo por él le sorprenderá la muerte.

"Todos los caminos conducen a Cuba", la frase que sirve de título a estas anotaciones, parodia una expresión célebre, reliquia de un vasto imperio: todos los caminos conducen a Roma. El nombre propio me devuelve a unos versos de Francisco de Quevedo que, también parodiados, podrían reflejar mejor que cualquier escarceo en prosa la situación del cubano a la hora de discernir entre los escombros que le rodean y conforman, además de las claves de su destino, las razones de su obcecación y su ineptitud para liberarse de ella. Ningún laberinto más difícil de abandonar que aquél que desaparece sin que el extraviado lo note, salvo aquel laberinto que, sin darse cuenta, el extraviado incorpora:

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas...

Es decir:

Buscas en Cuba a Cuba, ¡oh peregrino!
y en Cuba misma a Cuba no la hallas...

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    Orlando González Esteva

    Nació en Palma Soriano, Cuba. Reside en Estados Unidos desde 1965. Sus poemas, que al decir del escritor Octavio Paz hacen “estallar en pleno vuelo a todas las metáforas”, aparecen publicados en Mañas de la poesía, El pájaro tras la flecha, Escrito para borrar, Fosa común, La noche y los suyos y Casa de todos. Es también autor de los siguientes ensayos de imaginación: Elogio del garabato, Cuerpos en bandeja, Mi vida con los delfines, Amigo enigma, Los ojos de Adán y Animal que escribe. El arca de José Martí. González Esteva ha ofrecido lecturas de versos, charlas y talleres en Estados Unidos, España, Japón, Francia, México y Brasil, y ha desarrollado una intensa labor cultural en los medios literarios, artísticos y radiofónicos de Miami.

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