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Tiburones sin pelo


Los tiburones del Estrecho de la Florida no son los mismos de hace 33 años, y los retos que acechan al neocastrismo en esta era de la globalización no son ni remotamente similares a los de 1978, cuando ni siquiera existía ese monstruo imperialista conocido como Internet.

Dyane Nad quiere intentar de nuevo el cruce del Estrecho de la Florida, desde Cuba hacia Estados Unidos, en la misma dirección que la Corriente del Golfo. A los 61 años, quiere terminar lo que no pudo hace 33 años, nadando dentro de una jaula de acero que la salvaguardó de los tiburones al acecho. En esta oportunidad gozará de otro tipo de protección, la acompañarán cuatro buzos y dos canoas con barras eléctricas para espantar a los escualos.

Lo que se antoja como una hazaña deportiva con ribetes de quimera tiene también un alto grado de sintonía con la realidad cubana, marcada por un nuevo esquema socio político del régimen que lo asemeja cada vez más a una burda dictadura tercermundista. Al igual que la sexagenaria nadadora, el castrismo pretende reinventarse al cabo de más de medio siglo aprovechando la corriente mundial a favor del libre mercado, con un ropaje de “economía de mercado socialista”, según palabras del neodictador Raúl Castro.

Tanto Nyad como Castro comparten epopeyas que parecen existir más en su imaginación que en la realidad que los rodea, marcada por el desgaste y el surgimiento de nuevas circunstancias que escapan a su control. Los tiburones del Estrecho de la Florida no son los mismos de hace 33 años, y los retos que acechan al neocastrismo en esta era de la globalización no son ni remotamente similares a los de 1978, cuando ni siquiera existía ese monstruo imperialista conocido como Internet. Ahora hay que pelear contra la corrupción, porque el enriquecimiento sólo es lícito para la familia Castro y sus acólitos.

Los problemas de hoy son bien claros y concretos, como un Hugo Chávez calvo y con espejuelos, que amenaza con echar por tierra todo el andamiaje del Socialismo del Siglo XXI, impulsado por los petrodólares de Venezuela. Curiosamente, el aprendiz de dictador caraqueño también habla de competencia contra su enfermedad, mientras las encuestas continúan mostrando su descenso en las preferencias del electorado.

El terreno de juego se ha transformado de manera radical en las últimas tres décadas, y los resortes de antaño no cuentan con la misma eficacia. El mundo está de vuelta de los discursos grandilocuentes, con epopeyas “revolucionarias” que se libran hoy en torno a necesidades concretas que van más allá de postulados ideológicos que la propia Historia se ha encargado de demostrar que sólo servían a las ansias de poder de algunos dictadores, del corte que sean y de cualquier lugar que provengan.

Egipto y Túnez no son más que la lógica consecuencia de un cambio de paradigma en la Humanidad que comenzó en Polonia, Ucrania, Serbia, Georgia, y cruzó la primera frontera hacia el mundo árabe en el Líbano en 2005, con la llamada “Revolución de los Cedros”. En Cuba, este cambio necesita concretarse en movimientos similares, puesto que la carencia de soporte ideológico del régimen genera una represión de corte más descarnada, sin ropajes ni sofisticación. El único antídoto ante este nuevo diseño de brutalidad es una demostración de fuerza cívica de grandes proporciones.

“No tenemos armas, no vamos a matar a los tiburones, sólo queremos alejarlos”, dijo sonriente Diane Nyad en una conferencia de prensa desde la Marina Hemingway. Lo mismo podría suceder en Cuba, si se logra finalmente articular una identidad nacional de oposición similar a la de otros ejemplos exitosos de transiciones de dictaduras a democracias. La lucha estratégica noviolenta no busca eliminar a los dictadores, sino a sus fuentes de poder, porque la cruda realidad es que nadie gobierna por sí mismo, sin tiburones no hay camada.

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